Células madre, aborto y “asesinato”

dominio-20-03.jpgLos obispos confunden intencionadamente el concepto de vida y el de vida humana, la humanización es un proceso gradual; convendría recomendarles que moderen su lenguaje, una selección de embriones no es un crimen Público

 

La jerarquía de la Iglesia ha reaccionado con dureza ante el nacimiento de un bebé que había sido seleccionado genéticamente para donar a su hermano las células madre de su cordón umbilical, que le harán posible superar una grave anemia congénita. La condena de la Iglesia se fundamenta en la selección de embriones que implica este proceso: es necesario elegir los embriones adecuados para el transplante, eliminando o congelando muchos otros que no lo son. Según los obispos, esto constituye una “práctica eugenésica”, ya que para conseguir el nacimiento de un niño ha sido necesaria “la destrucción de sus propios hermanos, a los que se les ha privado del derecho fundamental a la vida”. En la misma línea, la campaña publicitaria de la Iglesia contra la revisión de la ley del aborto ha llegado a contraponer la protección de especies animales como el lince con “el asesinato de niños” que según ellos implica el aborto.

Sin duda, se trata de temas discutibles, como casi todos. Pero habría que pedir a la jerarquía de la Iglesia que en la discusión pongan sobre la mesa sus verdaderos argumentos, que suelen ocultar cuidadosamente para disfrazarlos bajo la apariencia de una supuesta “ley natural” de la cual serían intérpretes autorizados.

La argumentación de los obispos confunde –me temo que intencionadamente– dos conceptos distintos: el concepto de vida y el de vida humana. Nadie niega que el embrión es un ser vivo. Pero la atribución de carácter humano a ese conjunto de células implica incursionar en un terreno que trasciende los datos que la ciencia puede proporcionar y que la Conferencia Episcopal resuelve aplicando sus propios principios teológicos. Y como sospechan que tales principios no son compartidos por la sociedad en su conjunto, prefieren ocultarlos bajo el concepto general de “vida”, cuya defensa siempre parece digna de elogio.

La creencia que sustenta esta concepción del hombre, que los obispos nunca explicitan, consiste en que para ellos lo que otorga carácter humano al cuerpo es la infusión por parte de Dios de un alma espiritual, de lo que técnicamente llaman una “sustancia incompleta”, que unida a la materia da como resultado un completo ser humano. De tal modo que la humanización no puede consistir en un proceso gradual: se tiene un alma o no se tiene. Y como la doctrina que ha predominado en la teología católica sostiene que el alma la infunde Dios al cuerpo en el mismo instante de la concepción, ya tenemos los fundamentos por los cuales un embrión invisible es tan digno de respeto como un bombero. Los obispos tienen todo el derecho a sostener la concepción del ser humano que prefieran. Pero llamar “niños” y “hermanos” a unas pocas células indiferenciadas que no se pueden percibir a simple vista implica, al menos, un supuesto antropológico sumamente discutible.

Quienes no compartimos esos principios pensamos que, así como la aparición del ser humano en la historia natural fue el resultado de un largo proceso en el cual no existió un momento mágico en el que el animal adquiriera súbitamente la condición humana, la transformación de un microscópico cigoto en un sujeto digno de respeto ostenta el mismo carácter gradual. El ser humano se va convirtiendo en tal durante los meses en los cuales pasa de unas pocas células hasta su completo desarrollo, sin que pueda indicarse un instante en el que empieza a gozar de los derechos que le son debidos. ¿Dónde está el límite? Quienes no suscribimos principios teológicos o metafísicos pensamos que en el tiempo que media entre la concepción y el nacimiento debe darse una protección legal y moral creciente a ese ser en formación a medida que va adquiriendo las características fisiológicas y psicológicas que definen la condición humana. Proceso que culmina con el nacimiento, cuando el nuevo ser humano goza de la plenitud de sus derechos. Y por ello muchos consideramos aceptable la manipulación de embriones y abogamos por una ley de plazos en la legislación sobre el aborto.

Porque, así como nos negaríamos a disponer de la vida de un recién nacido por consideraciones utilitarias, cualesquiera que fuesen, también rechazaríamos poner en peligro la salud de una madre o un niño ya nacido por un supuesto “respeto a la vida” que unas pocas células o un feto aún no viable no se merecen.

Y de paso, convendría recomendar a los señores obispos que moderaran su lenguaje. Calificar de asesinato la selección de embriones o cualquier forma de aborto no ayuda a mantener un debate civilizado sobre temas tan sensibles. Y mucho menos presentando como exigencias universales de una supuesta ley natural lo que no son más que opiniones de una determinada concepción religiosa.

Augusto Klappenbach es filósofo y escritor

Ilustración de Miguel Ordóñez


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