Ciencia infusa: La capacidad de aprendizaje que proporciona un cerebro resulta asombrosa

Y posibilita a cada ser humano integrarse en el grupo social al que necesita pertenecer, adaptarse al entorno incierto y participar en el mantenimiento de esa memoria exenta que es la cultura. Estamos construyendo artefactos, que llamamos robots, que entre sus cualidades está la de que aprendenEstamos construyendo artefactos, que llamamos robots, que entre sus cualidades está la de que aprenden

La interacción es intervenir de algún modo en el entorno con el propósito de provocar una respuesta

Con nuestro cerebro imaginamos y diseñamos artificios que potencian las capacidades limitadas que tenemos por naturaleza
El ecosistema artificial que tejemos sin parar es una impresionante e interminable dilatación y amplificación de nuestra naturaleza
 

 

Hay tres vías, trenzadas, para que un cerebro se organice, y reaccione en consecuencia, de acuerdo a la información que le llega por esas vías. Una de ellas es la imitación. Se observa y se copia una acción que otra persona realiza. Para que se produzca esa atención al otro y la predisposición a reproducir lo que hace, debe haber un motivo de atracción, una “diferencia de potencial” que haga fluir, no la electricidad, sino la información de ese comportamiento, de una a otra persona: superioridad, autoridad, admiración…

Otra vía es la interacción. Intervenir de algún modo en el entorno con el propósito de provocar una respuesta. La intervención tiene sentido, y es provechosa, si hay incertidumbre de cuál será la respuesta del objeto sobre el que se actúa. De no ser así, no llega información al cerebro. Es, entonces, una acción mecánica, repetitiva, en la que la acción tiene una reacción previsible (la cotidianidad es una forma de reducir la incertidumbre del entorno personal, las acciones se hacen rutinarias y las respuestas, esperables. Y al cerebro le falta el riego de la incertidumbre). Se interviene en el mundo a través de la mano -desnuda o amplificada por incontables instrumentos, desde los de piedra a los más sofisticados de hoy-, de la palabra que pregunta y espera una respuesta incierta, de la mirada -también amplificada por un sinnúmero de artefactos- que hace que se revele el mundo que se ve…

Hay tres vías, trenzadas, para que un cerebro se organice, y reaccione en consecuencia, de acuerdo a la información que le llega por esas vías

Y la tercera vía es la transmisión. Una operación fabulosa de la comunicación humana. Este proceso se puede explicar bien con el caso de Ireneo Funes, el memorioso. El personaje de Borges retenía prodigiosamente toda la información de sus vivencias, de manera que se acordaba de todo lo que le había sucedido un día anterior cualquiera… pero necesitaba otro día completo para contarlo. La clave del aprendizaje está en que la experiencia obtenida de esas veinticuatro horas vividas por Funes se pueda transmitir, para aprendizaje de otra persona, en una hora; así que le quedan veintitrés para otros aprendizajes. Esta capacidad de contracción, de abstracción, es clave, pues si hubiera que emplear el mismo tiempo, igual esfuerzo, que todo el que ha habido que volcar en cualquier conocimiento que ahora asimilamos y que nos transmiten nuestros “maestros”, no habría posibilidad de aumentar los conocimientos, de aprender más.

Aun siendo magnífica esta capacidad natural de los humanos para la transmisión de información, no por eso la asimilación de quien la recibe deja de ser un proceso que exige constancia, esfuerzo.

Resulta perturbador darse cuenta de que a los robots se les puede infundir la información que necesitan para aprender

Los artefactos que construimos, desde nuestros orígenes hasta este mundo tecnológico en el que vivimos, cumplen la función de amplificar las capacidades que la evolución natural nos ha proporcionado. Con nuestro cerebro imaginamos y diseñamos artificios que potencian, hasta lo inconcebible, las capacidades limitadas que tenemos por naturaleza. Cómo podríamos de no ser así correr a la velocidad que nos movemos, levantar los pesos que ahora cargamos, oír y ver a la distancia que lo hacemos, trabajar sin fatiga, intervenir con una precisión imposible para nuestro pulso, memorizar todo lo que consiguen nuestras memorias exentas (de la escritura a la Red), calcular con tanta rapidez y fiabilidad…

El ecosistema artificial que tejemos sin parar es una impresionante e interminable dilatación y amplificación de nuestra naturaleza. Todo lo que poseemos naturalmente tiene su correlato artificial que lo intensifica.

Pues bien, estamos construyendo artefactos, que llamamos robots, que entre sus cualidades está la de que aprenden. Quizá la forma que en principio llama más la atención es ver que un robot aprende por imitación, observando las acciones de otro robot o de una persona.

También resulta impactante ver cómo interactúan con los objetos y las personas y corrigen sus acciones de acuerdo a la respuesta que reciben. Pero resulta más perturbador darse cuenta de que se les puede infundir la información que necesitan para aprender. Y eso significa que no hay un proceso más o menos costoso de adquisición y asimilación de una información para aprender a actuar de una manera, sino que se les infunde (con la velocidad con la que se carga un software) aquello que les hará aprender. No hay la fase de adiestramiento de un animal, ni la de estudio y práctica para aprender de un humano. No hay el esfuerzo de nuevas conexiones (y también desconexiones) que necesita el cerebro para que la información que le llegue reorganice su red neuronal. Es suficiente con la instalación de una ristra de ceros y unos. Y los robots no están aislados, sino en red, (una manifestación más del Internet de las cosas), así que la distribución de la información que necesiten recibir, la aportación e intercambio de sus aprendizajes particulares se infundirán por la Red.

Se llama ciencia infusa al “conocimiento no adquirido mediante el estudio, sino atribuido en algunas tradiciones a factores sobrenaturales” (DRAE). U. t. en sent. irón.

 

Foto. Pixabay

Antonio Rodríguez de las Heras, Catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid y director del Instituto de Cultura y Tecnología

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