Corrupción en la investigación científica, un problema estructural

La obtención y gestión de los recursos públicos para la investigación no es todo lo transparente que debería. ¿El mal uso de eso fondos lo podríamos considerar corrupción?

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La ciencia y la tecnología no son los temas que más interesen a la ciudadanía. Tan sólo un 16.3%, según la FECYT, por debajo de los viajes, y por supuesto los deportes. Sin embargo, más de un 60% de la población considera la ciencia como beneficiosa y sólo un 6% la considera más perjudicial que beneficiosa. Por tanto, se puede asumir que la población española considera que la investigación y el desarrollo, la I+D+i, está infravalorada y sobre todo infrafinanciada. No es para menos, en España se invierte alrededor del 1.2% del PIB, mucho menos del 2% de la media europea.

Ese 60% de la población considera que invertir más en investigación llevará a una sociedad más “avanzada” con una economía diversificada, competitiva y con empleos de calidad. Y eso es lo que vemos en los países europeos con un estado del bienestar más desarrollado. Sin embargo, en mi opinión, esta tesis que presupone una relación simple entre más inversión en I+D y una mejor sociedad es, cuanto menos, “cuestionable". Más bien parece una ensoñación socialdemócrata, que considera que aumentando la “productividad” (con la I+D+i) se conseguirán mejores condiciones sociales a la vez que se sostiene el libre mercado. Esa productividad derivada de las mejoras tecnológicas no significa otra cosa que aumentar la explotación a través de la extracción de plusvalía relativa, es decir, echar las mismas horas produciendo más.

De todas maneras, mucho o poco, España invirtió en el 2018 más de 6000 millones de euros en investigación civil y, como cualquier dinero público que va a manos de servidores públicos, este debe ser auditado y transparente en su uso, y cualquier malversación de esos fondos debería ser considerado corrupción, cosa que no suele ocurrir en investigación.

¿Cómo se consiguen fondos para la investigación?

A los investigadores ya establecidos se les evalúa no sólo el proyecto (su calidad, innovación, realismo, etc.) sino su credibilidad, en base al "peso" (factor de impacto, “calidad” y número) de esas publicaciones.

Formalmente, para recibir financiación, los laboratorios y los investigadores tienen que enviar proyectos que serán revisados por otros investigadores, por “pares”, o por comisiones de expertos de manera teóricamente imparcial y objetiva. La realidad es que, al no ser totalmente anónimos, tanto favoritismos como rencillas afectan cotidianamente a la concesión de esa financiación. Es común saber con antelación si te han concedido o no un proyecto; que se hagan llamadas para que se cambien a última hora los criterios de tal convocatoria pública; que el que evaluó aquel proyecto que te dio una plaza te diga al poco, “oye, muy bueno tu proyecto, no lo olvides”; o lo más típico, proyectos o convocatorias de plaza en universidades ad hoc, las llamadas plazas con bicho (convocatorias a la carta), como denuncia el colectivo de Transparencia universitaria, por ejemplo.

También es muy habitual que el capital privado financie a laboratorios públicos. Un ejemplo reciente es el del escándalo del médico José Baselga, que recibió millones de dólares de farmacéuticas y no declaró el conflicto de intereses. José Baselga pudo olvidar ese “pequeño” detalle porque es visto como algo burocrático. Pero no es de extrañar que apenas cuatro meses después de ser obligado por ese motivo a abandonar el Sloan Kettering termine dirigiendo la sección de oncología de la farmacéutica AstraZeneca, en una clara puerta giratoria científica. Por otro lado, es muy sorprendente que el escándalo se haya centrado en esa no declaración, cuando el problema viene de la financiación per se que sesga tanto los resultados de la investigación como la objetividad a la hora de prescribir un medicamento u otro. La financiación de la investigación está llena de “pequeños” detalles.

Entonces tenemos por un lado dopaje a través de financiación privada, que nunca será exclusiva en la investigación académica y, por otro, directa manipulación de los resultados, que permitirá a esos investigadores publicar antes y “mejor”, con el propósito de conseguir plaza y nuevos proyectos de investigación como veremos en los siguientes ejemplos.

Ejemplos de fraude en el sistema científico español

Esta manipulación, de una gran escala de grises, afecta a la calidad y reproducibilidad de los resultados, imprescindible para que las conclusiones sean sólidas. Por suerte, existen plataformas como Pubpeer que ayudan a desenmascarar los casos de falsificación de resultados más burdos que son probablemente solo la punta del iceberg. Si consultan Retractionwatch, Pubpeer o la página del periodista Leonid Schneider verán que son muchísimos los casos de fraude científico, de lo que no se libran incluso premios Nobel.

Por ejemplo, el Nobel Jack W. Szostak dijo haber descubierto una proteína que podría explicar un misterio del origen de la vida. Sin embargo, esto no pudo ser replicado, debido a que se habían "malinterpretado los resultados". ¿Cómo puede pasar esto? ¿No se supone que los controles en la revisión por pares debería impedir que eso pase? ¿Lo hicieron los investigadores a propósito?

La Dra. Sonia Melo hizo, como yo, la tesis en el Institut d’investigació biomédica de Bellvitge (IDIBELL), de carácter público, bajo la supervisión de Manel Esteller. En 2009, publicó un artículo de investigación en la prestigiosa Nature Genetics. En 2016 Nature retiró el artículo porque tenía unas figuras duplicadas. Aunque es un hecho bastante grave, según las investigaciones internas llevadas a cabo por la revista y el IDIBELL, “las conclusiones del trabajo son todavía válidas”. Siete años se tardó en detectar un error tan burdo. Varios artículos de Melo con Esteller, y de Esteller sin Melo, son sospechosos de manipulación y cuatro han sido retractados. Todos en revistas de gran prestigio.

"El centro de investigación le dijo al periodista Leonid Schneider que no iba a investigar el resto de artículos publicados por Melo y Esteller porque ella ya no trabajaba allí. Sin embargo, es el autor principal, Esteller, el que se estaba beneficiando por esas publicaciones. Esa publicación, y otras que estaban en cuestión, le permitieron a Melo ganarse un buen dinero y prestigio. Melo continuó su carrera investigadora en la Universidad de Texas donde publicó al menos otros cinco artículos con claros signos de “fallos” (manipulación y duplicación) en las imágenes."

Una de las publicaciones, en Nature, llevó a que su jefe de Texas, la universidad, y Melo recibieran, gracias a los supuestos descubrimientos de esa publicación, una inversión de 80 millones de dólares de una empresa. Los mismos coautores de la publicación reconocieron que habían manipulado algunos datos para que encajaran con los resultados esperados.

La EMBO, una organización para la investigación europea que aboga por la excelencia científica, inexplicablemente le concedió a Melo un proyecto de 50 mil € al año por 5 años. Todo por sus excelentes publicaciones científicas. Pero poco después EMBO atiende las acusaciones de manipulación de los datos y fraude, y le retira la financiación.

A pesar de todo esto, un instituto público (I3S) portugués le da una plaza en Oporto. Dos años más tarde, una multinacional farmacéutica, AstraZeneca, y la Sociedad portuguesa de oncología, le conceden un importante premio. Lo que, en palabras del periodista Leonid Schneider, “significa, que no solo la academia portuguesa, sino la gran industria farmacéutica internacional, confían en sus habilidades con el Photoshop”. En mi opinión, la ausencia de control que permite que los que hacen trampas publiquen mejor sin apenas consecuencias alimenta la bola de nieve.
Dicen las malas lenguas que en el laboratorio de Esteller se oye: “Enséñame los resultados de los que hablamos. ¿Qué versión, la original o la buena para el jefe?”

Otro caso de corrupción muy sonado fue el de Susana González, muy parecido al de Sonia Melo. La gran diferencia es que González sigue trabajando como funcionaria, ascendida a “Vicepresidencia de Investigación Científica y Técnica, dependiente del presidente del CSIC” como se relata en esta noticia de El País.

Otro escándalo más reciente ha generado mucho debate: el del investigador López-Otín.
En marzo del 2017 publiqué un artículo donde casualmente utilizaba como ejemplo de pensamiento mágico en la ciencia la reflexión de uno de los investigadores más prominentes de España, Carlos López Otín:

“La vida será muy distinta dentro de 100 o 200 años. Jugando con la imaginación, podemos decir que el ser humano tendrá los ojos mucho más grandes como corresponderá a una cultura visual; contará con menos memoria y dispondrá de unos dedos más estilizados para adaptarse a los teclados, a la digitalización del lenguaje”.

Este pensamiento es propio de charlatanes, creacionistas y curanderos, no de científicos. Pero es muy común. Demasiado. Y es que López-Otín parece que tiene mucha imaginación. Algo que ha llevado a que se le retiren 8 publicaciones en las que figuraba como autor principal. El motivo, según la revista JBC (en la cual fueron publicados), es que se habían encontrado algunas imágenes manipuladas o duplicadas de manera inapropiada. Todo un eufemismo para decir que durante más de una década su grupo de investigación había estado utilizando en 23 publicaciones distintas la misma imagen de un experimento.

Los investigadores dicen que los artículos retirados han sido fruto de una persecución y un error. Otros, que él no estaba al tanto y no puede controlar la veracidad de todo lo que se publica, que es algo normal en laboratorios tan grandes.

En realidad, resulta bastante común que en los laboratorios el jefe llegue con los resultados dibujados a partir de una hipótesis que se ha montado a partir de un experimento, que cuadra muy bien con una teoría más general, que has vendido estupendamente a la agencia financiadora de turno. Por ello, pides una y otra vez a tu investigador predoctoral o estudiante de máster (estos además pagan por trabajar) que repita el experimento “todas las veces que sea necesario” porque “¿no será que te has equivocado?”. Estos trabajadores saben que su carrera depende de esa “banda”, una mancha un poco más oscura en una radiografía. De ese resultado que se pide. Y hay mil formas de darle el gusto al jefe.

El culebrón López-Otín sigue de manera esperpéntica e inverosímil. Al mismo tiempo que esos artículos eran retirados por falta de credibilidad, el instituto de López-Otín en Oviedo sacrifica toda su colonia de ratones, 6000 en total, (algunos, modelos utilizados en todas esas publicaciones) por una infección, con un coste de cientos de miles de euros de dinero público, sin contar el despropósito ético que supone.

Con todo esto, la academia, en vez de denunciar y pedir explicaciones por esta competencia desleal, cerró filas en torno al investigador. El argumentario de sus “pares” fue: “Los errores no invalidan la ciencia”, “es un investigador de prestigio e íntegro” o “han ido claramente a por él”. Y cuando Otín volvió de su retiro en París lo recibieron como a un héroe. A Leonid Schneider, el periodista alemán, al que en la Universidad de Oviedo llaman “el ruso” y que destapó el escándalo, le intentaron sonsacar el nombre del informante y es que la represión hacia aquellas personas que osan desafiar al poder establecido es una constante en la ciencia española. Es importante citar este artículo del blog Investigadores en paro donde analizan más en profundidad el asunto.

Si piensan que esto es una de esas manzanas podridas, unos datos: Entre 1973 y 2012 se ha multiplicado por 10 el número de artículos retirados (del inglés “retracted” ), solo el 21% se debía a errores, el resto a fraude. El 2% de los investigadores admite haber falseado resultados y el 34% otras prácticas cuestionables. Y se calcula que el 70% de los investigadores no puedan reproducir resultados de otros o incluso propios.

Reflexión

Estos son ejemplos, no manzanas podridas, de un sistema tecnocientífico que está saturado. El cuello de botella es muy estrecho, son pocos los doctores que pueden terminar trabajando como investigadores. Además, la saturación y la mercantilización de la investigación en forma de publicación y patente llevan a una competencia feroz por ser el primero. Unos pelearán por un proyecto y otros por un contrato; y ambos lo necesitan para seguir empujando la rueda.
No se puede pretender que el trabajador de la ciencia resista toda esa presión únicamente con la ética. Esto no quiere decir que a los investigadores no les queda otra que ser corruptos. Pero el fraude es mayor de lo que se piensa y es de una amplia gama de grises. Se produce a través de una multitud de técnicas que van desde el maquillaje estadístico o la repetición de experimentos que consigue la obtención del resultado esperado, hasta el más puro y vil engaño.

Manipular un resultado para publicar mejor se llama fraude, pero cuando lo enfocamos desde fuera, desde la sociedad, se le debe llamar corrupción.

El modo de producción del conocimiento en la actualidad, mercantilista, reduce la calidad epistemológica al someter a sus trabajadores a una gran presión por producir y eso incentiva el fraude. El filósofo Javier Echeverría dice: “las teorías científicas devienen capital y el conocimiento y las innovaciones basadas en ciencia se convierten en mercancía.”

Así es: esa mercancía se materializa en el sistema público en forma de patente y/o artículo, que capitalizará el grupo de investigación que lo publica. Cuanto “mejor publicado” esté el artículo, más índice de impacto, más valor tendrá el artículo, más financiación recibirá el grupo, que podrá reinvertirlo en más medios de producción para seguir siendo el primero en publicar “mejor”. Además, se penaliza la publicación (socialización) de los resultados que no lleven a mejoras tecnológicas, quedándose en los cajones piezas imprescindibles para formar el puzle de la naturaleza.

La ciencia necesita controles de evaluación, pero los incentivos deben fundamentarse en el servicio público, el descubrimiento o el prestigio académico basado en la honestidad. Los incentivos deberían estar libres de mercantilización o presión económica. Y es que al presionar a los investigadores a que salgan únicamente los resultados que les van a dar más fama y financiación, estos trabajadores de la ciencia son obligados a dejar la vocación en pos del mercado minando la credibilidad del sistema científico en la sociedad.

 

Alfredo Caro Maldonado, Es doctor en biología celular, en @cienciamundana

https://www.elsaltodiario.com/paradoja-jevons-ciencia-poder/corrupcion-en-la-investigacion-cientifica-un-problema-estructural

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