“El saber, para quien lo necesita”

3382194934_d3cd7d9816.jpgEntrevista a Antonio Lafuente, investigador científico en el Instituto de Histioria del CSIC. La finalidad de la ciencia es el bien común

 

Público 

 

Ya lo advertía Hannah Arendt a propósito de la energía nuclear: los objetos científicos ya no caben en los laboratorios, todos somos conejillos de Indias en un sinfín de experimentos que suceden a cielo abierto y en tiempo real. Virus, genes, aire, piensos, átomos, semillas, embriones, huracanes, ozono, abejas… Entonces, ¿quién tiene derecho a hablar? ¿Quién decide?

¿Qué significa “autoridad expandida”?

Así me refiero a un enjambre heterogéneo y deslocalizado de experiencias que producen saber, contrastado y riguroso, fuera de los límites y las fronteras de la academia, fuera del laboratorio. Hay mil experiencias, en mil lugares diferentes, altamente interesantes y que demuestran la emergencia de algo a lo que vale la pena darle valor.

¿Por ejemplo?

A mí me gusta hablar de “tercer sector” del conocimiento. Y digo que, junto al mercado y al Estado, hay un tercer sector, basado esencialmente, aunque no exclusivamente, en la economía del don. Lo constituyen las ONGs, los movimientos antinucleares, pacifistas o ecologistas, el movimiento vecinal o los colectivos de afectados o concernidos (’concern‘), esto es, enfermos cuya identidad ha sido diseñada desde la ciencia y que se rebelan contra lo que parece más una sentencia que un diagnóstico, luchando por construir su propia identidad. La experiencia más avanzada, más reconocida, que constituye el buque insignia del tercer sector, es el movimiento hacker y todo lo que hay alrededor del sistema operativo GNU-Linux, no sólo el sistema operativo, sino también el navegador firefox, el apache y otras tecnologías no “for the people“, sino “by the people“. Quiero hacer una mención muy especial para los afectados por el SIDA que lucharon -y luchan- por conseguir un diagnóstico, un tratamiento y una consideración social muy diferente a lo que el mundo médico y también político les reservaba al principio. Todos ellos son, como yo digo, “expertos en experiencia”, expertos en lo que les pasa.

¿Se trata de un conocimiento alternativo o complementario al oficial?

Todas estas experiencias comparten un lugar dentro de la autoridad expandida, pero son muy diferentes. Por ejemplo, las comunidades de afectados son comunidades de extraños, no les hace falta ni conocerse. En el caso de las “enfermedades huérfanas”, esas enfermedades que afectan a un porcentaje minúsculo de la población, puede ser que sólo afecten a 5 personas y cada una viva en un extremo del mundo. Pero se conectan a través de Internet e intercambian experiencias, no se sienten reconocidos por lo que dictaminan las autoridades sanitarias de su caso. Otro ejemplo sería el movimiento ecologista, que tiene una identidad anti-sistema que acaba enfrentándoles a una parte significativa del apartato científico nacional e internacional, porque lo que acaban poniendo de manifiesto estos colectivos es que la verdad está muy repartida, que lo que tiene que decir un biólogo sobre el entorno no tiene nada que ver con lo que dice un ecólogo y menos un físico. Y que no está claro que si se pusieran a discutir entre ellos pudieran intercambiar sus experiencias porque lo que es un hecho para unos no lo es para los otros. Los ecologistas aprovechan las tensiones que hay dentro de la propia comunidad científica. Porque, ciertamente, los ecologistas hablan como científicos, hablan como si dispusieran de otra verdad que han sacado de otro laboratorio. De hecho, muchos de los que suministran hechos a los grupos ecologistas son profesores de universidad, académicos que cuando acaban de hacer “paper” se van a trabajar en una organización medioambiental. Los ecologistas dan cuenta de tensiones dentro de la “República de la Ciencia”. Luchan por un mundo diferente y, por tanto, dan valor a otros hechos, producen unos hechos de otra naturaleza. Ni mejores ni hechos, se trata de otra manera de buscar evidencias.

Las comunidades de afectados dicen por ejemplo que la medicina está muy bien cuando trata cuerpos normalizados. Pero tomemos ahora el caso de la “electrosensibilidad” [enfermedad provocada por la exposición a campos electromagnéticos]. Unos 13 millones de europeos la padecen, pero no les afecta a todos igual. Lo mismo ocurre con los celíacos, los intolerantes al gluten. La medicina ha hecho del corazón “el” corazón, no “tu” corazón, “mi” corazón, etc. Pero cada cuerpo es un mundo. Y esto no es una desgracia para la ciencia, sino una suerte para el conocimiento. Se está subvirtiendo la última utopía de Occidente, el paradigma civilizatorio de la ciencia. Y lo están subvirtiendo las víctimas de la civilización, unas por ondas, otras por gluten, etc. Hay tantos colectivos de enfermos civilizatorios que yo me pregunto: ¿pero hay alguien sano? ¿Y qué va a pasar cuando se conecten entre sí?

¿Qué papel ha jugado la Web 2.0. en todo esto?

Ya existían comunidades de afectados antes de Internet (pienso en el SIDA). Pero la Web 2.0 da la oportunidad de reunir cuerpos dispersos a coste cero. Eso es una novedad increíble. Un caso son los afectados por electrosensibilidad que decíamos, pero otro son los enfermos mentales (en genérico). Uno va al psiquiatra y le dicen: “tu eres histérico”, “tu eres neurótico”. ¿Pero eso qué es? Eso no es nada. Una simple manera de catalogar el sufrimiento, pero el sufrimiento humano es muy variado. Se conectan por la red, intercambian síntomas, terapias, tratamientos, evaluan juntos su cotidiano: ahí hay una enorme cantidad de experiencia y de saberes. Es todo un aprendizaje colectivo. Un estudio sobre una de estas comunidades (Brain Talk) demuestra que sólo un porcentaje de mensajes muy pequeño contiene saber equivocado o anticuado, el resto es información muy atinada. Esto es porque la gente sabe dónde encontrar la información, cómo analizarla, intercambia experiencias, lee. Los autores de ese estudio concluyen diciendo que esta es la segunda revolución médica tras la de Vesalio en el Renacimiento. Lo cual es emocionante porque esta revolución devuelve a los propios pacientes el control sobre el diagnóstico, el tratamiento, el cuidado de su enfermedad… Y no va contra los médicos, sino que ahora los médicos, para aprender de medicina, tendrán que ir a los chats, que es como decir que tendrán que escuchar a los enfermos. ¿Cómo hemos podido tardar tanto tiempo en descubrir una cosa tan simple?

En los espacios comunicativos más militantes pronto se dio un grave problema de ruido, provocaciones, infiltraciones, ¿pasa aquí algo así?

Hay muchos casos documentados de infiltraciones a sueldo de las corporaciones en las que se incita a los enfermos a tomar tales o cuales medicamentos, a tener hacia tal o cual experto una actitud favorable. Pero son detectadas. No tengo datos sobre el tiempo que tarda una comunidad en detectarlos.

Es algo distinto, pero en tu libro citas varios estudios sobre el rigor de la Wikipedia…

Sí, un estudio de IBM para saber cuál es el ritmo al que se depuran los contenidos erróneos en Wikipedia concluía que un error dura de media seis minutos. ¡Parece increíble! En lo que se refiere a la calidad, se han hecho dos grandes estudios para analizar la calidad de Wikipedia. El de Nature compara los contenidos de Wikipedia y los de la Enciclopedia Británica. Y llega a la conclusión de que el nivel de error es comparable, es decir, que la cultura de pago tiene la misma calidad que la cultura del don. ¡Una noticia magnífica! Este estudio de Nature concluye aconsejando a los cinetíficos: “ojo, tenéis que dar mucha más importancia a publicar en Wikipedia y a cuidarla, porque daros cuenta del enorme impacto de lo que allí se escribe”. El otro estudio, realizado por la Sociedad Americana de Historia, analiza los contenidos de Humanidades. Ahí el reto es gigantesco porque una enciclopedia, por su propia naturaleza, incluye un porcentaje elevadísimo de contenidos de humanidades, los contenidos científicos son una pequeña bolsa dentro de una enciclopedia. Este estudio comparó las biografías de Wikipedia y las de la Enciclopedia Americana de Biografías y concluyeron que los índices de calidad de Wikipedia son más que óptimos. Es decir, no es razonable una crítica a Wikipedia, una crítica a la totalidad, en esas materias. Wikipedia es una empresa cognitiva que da resultados más que óptimos.

Pero la “autoridad expandida” no deja de ser un proceso ambigüo, porque al lado de los E-pacientes están los que critican la teoría de la evolución, los escépticos sobre el cambio climático, los voluntarios que ayudan al ejército estadounidense a traducir documentos encontrados en Irak, los posthumanos que encuentran la solución a los problemas sociales en la recodificación posible de la especie, quienes se entregan alegremente su patrimonio genético para investigaciones privadas (biovoluntariado), etc.

Son inconsistencias dentro de la autoridad expandida. Está bien poner juntos todos esos casos, no lo había pensado nunca así. Pero también me gusta tratarlos por separado.

Los que apoyan la teoría del “diseño inteligente” y los escépticos sobre el cambio climático están asociados a lo que se llama “producción de incertidumbre” en la Red. Se trata de una gran industria sostenida por poderosos lobbys financiados por grandísimas corporaciones y que viene a repetir siempre el mismo mensaje: “no está claro, hay indicios de un cambio climático, pero evidencias no hay, por tanto cualquier límite al crecimiento industrial está de más”. La ciencia, bien entendida, siempre es provisional, tentativa, puede ser corregida, no produce enunciados para siempre. Pero los que producen incertidumbre no quieren trasladar al mundo el mensaje de que la ciencia no tiene la última palabra, sino evitar que se tomen medidas para corregir una tendencia sobre la que hay un consenso mundial.

Los posthumanos son algo distinto. Hay un biólogo muy importante del proyecto Atapuerca español que afirma que los seres humanos nunca han dejado de ser algo problemático y que ya ha llegado el momento de que nos dotemos de un cuerpo y de unos valores adecuados al momento, todo ello mediante una reescritura genética. Es decir, detrás de los movimientos posthumanos no sólo hay locos o visionarios. Habrá que aprender a convivir con todos estos fenómenos que irán en aumento.

Los que entregan su información genética para investigaciones son gente bienintencionada, amantes de la ciencia, comparables a quienes entregan tiempo de computación de sus ordenadores para proyectos como el SETI (detección de vida extraterrestre). Todo esto yo he querido verlo como parte del “movimiento amateur”, esto es, gente que admira a la ciencia, que le dedica su tiempo de ocio, comprando microscopios, telescopios, etc. Son formas nuevas de amateurismo científico, ambivalentes.

Luego está lo que ocurrió en Islandia: como es una comunidad que ha vivido siempre muy aislada, es muy fácil e interesante utilizarla como laboratorio porque es muy homogénea y si localizas alguna enfermedad o característica de la persona es muy fácil saber si tiene origen genético, mucho más fácil sin duda que en nuestras sociedades tan mezcladas. El Estado vendió el patrimonio genético de los islandeses a una multinacional. En la Comunidad Autónoma de Madrid, Esperanza Aguirre ha decidido también ceder todos los datos clínicos de los hospitales públicos a una multinacional francesa. Yo nunca he podido leer el contrato, así que me arriesgo a equivocarme. Pero creo que a cambio de que la multinacional gestione esa masa gigantesca de datos, que sería un servicio que darían a la comunidad (los médicos tendrían acceso a esos datos bien ordenados, etc.), podrían usar esos datos para experimentar con fármacos. En principio parece una relación simbiótica de externalidad recíprocamente positiva. Pero el asunto es si la Comunidad de Madrid puede venderlos, si es propietaria de los datos públicos. E igualmente, la discusión, en el caso de Islandia, es si el Estado es propietario del genóma de los islandeses. ¡Y no sólo ha vendido el de los vivos, sino también el de los muertos! Hubo una rebelión por parte de colectivos que se movilizaron y forzaron un debate y una votación del parlamento islandés, pero creo que la cosa sigue dando vueltas. Hay otros países que han llegado a acuerdos de esa naturaleza con multinacionales, por ejemplo Tonga. Y ya hay gente que se está organizando para defender un bien común como son los datos clínicos. Del mismo modo que algunos pensamos que los órganos, una vez que ya no están funcionando en el cuerpo, deberían pasar al procomún, yo también defiendo que los datos clínicos deberían ser parte del procomún.

Y el caso de Google books (la digitalización de fondos públicos de biblioetcas por parte de Google), ¿qué te parece? ¿Construye procomún o lo privatiza?

Google está reorganizando, jerarquizando, rankeando el conocimiento. Hay que tener una opinión sobre Google si uno quiere estar en el mundo en que vivimos.

Lo que dicen en este caso en Google es que ellos parten de un libro, pero que lo que ofrecen no es un libro. Como otros se basan en la madera, pero el resultado es una silla. Porque puedes hacer mil cosas más que con un libro: navegar por dentro, hacer búsquedas, etc. Seguimos pensándolo como libro, pero es debido a una pereza mental.

Para opinar sobre esto, yo parto de una consideración más general: creo que eso de ser autor está sobrevalorado. Todos bebemos de todas las fuentes, todos crecemos simultáneamente y todos respiramos el mismo aire, parte de ese aire es la cultura. Por eso soy partidario de decir que el autor debería ser “usufructuario de derechos” (ya veremos por durante cuánto tiempo, no demasiado), pero pasado ese tiempo la obra debería volver al aire que respiramos, es decir al procomún. Y por eso soy favorable a que Google haya hecho negocio con el procomún: por ejemplo, a mí me gusta mucho que en la calle, que es un procomún abierto a todos, haya terrazas. Veo Google books como construcción del procomún. Quizá en el futuro a Google le entren delirios de grandeza (aunque lo dudo porque su negocio es regalar) y la cosa cambie. Ya hay gente que inventa ensoñaciones sobre una Internet alternativa que sería la de Google. Si Google separase sus servidores, podría organizar una Internet de pago y el resto que se lo monten como quieran con los otros servidores. Pero claro, Google tiene toda la información en sus servidores y como la vida media de una web es de un año, si ahora mismo Google dijera que se pasaba a otro modelo de negocio se acababa Internet.

¿En qué se diferencia Google de lo que hacen las farmacéuticas con el genoma?

Es literalmente lo contrario. Porque el genoma ya es un procomún. Recuerda la carrera que hubo entre Celera Genomics (empresa privada) y el Proyecto Genoma Humano (público). Tuvieron miedo uno del otro y llegaron a un acuerdo, bendecido por Clinton y Tony Blair. Declararon que el genoma sería patrimonio de la humanidad. Es uno de los nuevos bienes comunes, muy emblemático. Está en servidores públicos accesibles desde varios lugares. No puede privatizarse. Hay empresas que intentar obtener de él un valor añadido: venden los datos organizados así o asá, con una interfaz tal o cual. Pero lo que sí se está privatizando es el vínculo entre determinado fragmento del genoma y una enfermedad, eso se puede patentar. Antes no se podía, porque se consideraba un descubrimiento. No se pueden patentar las leyes de Newton. Pero ahora sí. Ya hay dos quintas partes del genoma humano que están patentadas por esta otra vía. Lo que están haciendo las corporaciones farmacéuticas son dos cosas: 1) por un lado, cada vez que alguien se pone a investigar y ellos consideran que está cerca de hacer un descubrimiento, o bien le hacen una oferta para quedarse con el descubrimiento y obtener la patente; o bien le ponen un pleito por razones de propiedad intelectual para que detenga sus investigaciones hasta que los jueces decidan (y a los jueces todo esto les lleva mucho tiempo). Ahí se da entonces un efecto anti-commons gestionado e impulsado por las grandes corporaciones farmacéuticas. Y 2) por otro lado, esas corporaciones tienen masas gigastescas de información y no saben qué hacer con ellas. Llaman entonces a la computación voluntaria para que la gente ponga a su disposición el tiempo muerto de sus ordenadores disfrazando el gesto de grandes servicios a la humanidad (vacunas, remedios, etc.). Pero no tenemos claro qué pasaría si alguien descubriera con el tiempo muerto de su ordenador un remedio contra la malaria. ¿De quién sería la propiedad intelectual: de la comunidad, de mi ordenador, de la humanidad?

En tu libro vienes a decir que la autoridad expandida no es una ruptura, sino que de alguna manera la ciencia siempre funcionó así.

Cuando es viejo tiene más vidas que una. Y yo en una de ellas fui experto en el siglo XVIII. Cuando miras el siglo XVIII ves que no había profesionales de la ciencia. Nadie vivía de la ciencia. Había unos cuantos cortesanos que tenían puestos altos en el ejército o en la administración, pero la mayor parte del interés por el entorno era amateur, de artesanos, gente sin ningún reconocimiento. Más aún: los que detentaban un saber como las parteras, los yerberos, los navegantes o los campesinos eran sistemáticamente castigados, ignorados, calificados de supersticiosos, etc. Hay un movimiento importante dentro de la Ilustración que pretendía someterlos a una disciplina, la disciplina de estar obligados a tener una titulación para ejercer. Luego, en el siglo XIX empiezan las grandes batallas contra el intrusismo, cuando el Estado dice: “acabemos ya con tanto ‘practicón’”. Porque efectivamente la mayor parte del conocimiento en el que se sostenía la producción agraria e industrial, o la navegación, era amateur. No hay títulos, no hay reconocimiento, no existe un mercado de la reputación bien organizado.

En la misma Revolución Francesa hubo también debates muy intensos por la democratización del saber. Y se llegó a quitarles la palabra a los que habían detentado puestos en las academias. La misma Academia de París fue acusada de “gótica” y suprimida, dándose la palabra a todo este enjambre de “profesionales” de ámbitos distintos. Se podría escribir una historia de la ciencia en la que los protagonistas sean los amateus, todos esos actores que han desplegado sus saberes al margen de la academia, sin un título ni un reconocimiento. Todo lo contrario de lo que se ha hecho hasta ahora. Si uno mira la historia de la ciencia a veces aparece una sociedad de astrónomos o una sociedad patriótica en Teruel que leía a Lavoisier o Feijoo como algo gracioso, pintoresco, figuras carentes de protagonismo histórico. Yo creo todo lo contrario. He conceptualizado la revolución científica, no como una revolución epistemológica, sino como una “open science revolution“, es decir, un proceso de apertura a nuevos actores, nuevas instrumentos, nuevos soportes para al ciencia. Desde el punto de vista epistémico se ha exagerado mucho. La imagen está deformada si no atendemos a otros fenómenos: la emergencia de la prensa, de los salones, de las tertulias, de las mujeres, de los espacios públicos, de las primeras academias, de las bibliotecas… Sin todas esas nuevas formas de sociabilidad, no habría habido revolución científica. Es la socialización de la cultura lo que produce un cambio decisivo.

¿Por qué ha perdido credibilidad y legitimidad el sistema de los expertos?

Tenemos suficientes evidencias para decir que las prácticas de corrupción en la ciencia no son un fenómeno extraordinario, sino ordinario. Y cuando digo corrupción me refiero a varios fenómenos de adulteración del saber: el secretismo derivado de las lógicas de competencia, primero impuesto en el aparato militar y ahora extendido al aparato industrial, que obliga a los cientificos a no comunicar sus investigaciones mientras no estén garantizadas los derechos de propiedad intelectual sobre los resultados; el problema de los ensayos clínicos en el que se basan las moléculas que son introducidas al mercado como terapias para determinadas enfermedades: se sabe que sólo se publican los resultados que benefician a quien financia esas pruebas, las corporaciones; también sabemos que los científicos no reaccionan con sufiente energía frente a todas estas prácticas de corrupción y con frecuencia actúan corporativamente tratando de confundir a la opinión.

Los que eran supuestos paladines de una cultura colaborativa, abierta, cosmopolita, desinteresada y universalista de pronto se nos aparecen como todo lo contrario. Hay ya demasiadas evidencias. ¿Podemos vivir sin expertos? Cualquier movimiento en nuestras vidass, el aire que respiramos o lo que comemos, está impregnado por todas partes de ciencia. Si los expertos no defienden el bien común, estamos ante una crisis del modelo político de la ciencia. Es decir, una crisis de la democracia, porque sobre los expertos hemos depositado un enorme poder. ¿Cómo vamos a vivir ahora en un mundo en el que los expertos no son la solución, sino una parte del problema?

¿Qué propones?

Antes se decía: “la tierra para el que la trabaja”. Ahora hay que añadir: “y el saber, para quien lo necesita”. La crisis de los expertos pone de relieve la importancia de la política. Se trata de aceptar que la finalidad de la ciencia es la misma que la de la política, el bien común. Aceptar que en ciencia todo es también provisional, tentativo, revisable. Y darle una oportunidad a una segunda Ilustración que no se basaría ya en una lucha contra la superstición, sino contra la privatización del conocimiento (sometido a la gestión por las grandes corporaciones multinacionales) que ha distorsionado de manera dramática el papel de la ciencia y de la democracia. Las soluciones a los problemas que nos afectan no pueden ser tecnocráticas (tomadas por los juristas y expertos en la tecnología de la que se trate), sino que deben consensuarse entre todos los actores implicados. Una transformación que implica mayor transparencia y participación social en la información y en la toma de las decisiones.

¿No es iluso pensar que pueden consensuarse decisiones entre actores sometidos a lógicas tan distintas y en disputa?

Dos ejemplos: uno que te da la razón y otro la que te la discute. Reach, el acuerdo europeo sobre qué hacer con los sustancias químicas que vertemos continuamente al medio ambiente. Hoy nuestros cuerpos viven en contacto con un número desconocido y sin precedentes de sustancias químicas cuya existencia no tiene más de 40 años. Cosméticos, alimentación, vestido, materiales de las que están hechas las cosas con las que convivimos… El compromiso, que incluye el acuerdo de actores muy distintos (movimientos sociales, lobbys petroquímicos, instituciones europeas, intereses estatales), nos enfrenta a EEUU y es muy cuestionado en el resto del mundo. Se llega a acusar a Europa de estar secuestrada por ludditas y tecnófobos. Aquí los intereses contradictorios vuelven utópico pensar en un ágora donde todos libremente intercambiamos impresiones y tomamos acuerdos.

Segundo ejemplo: el Panel Intergubernamental del Cambio Climático. Tres grandes comités: uno que anticipa escenarios de futuro, otro que mide los datos que tenemos sobre el cambio para saber cómo puede evolucionar, apoyándose en 19 modelos simulados de cambio climático diferentes, y el último que analiza cuáles podían ser las consecuencias de lo que está ocurriendo. Han participado 40.000 científicos, muchos de ellos pertenecientes a organizaciones ciudadanas o medioambientales. El acuerdo final ha sido redactado por 300 personas y votado por 170 países entre los que EEUU tiene el mismo peso que Luxemburgo. Por supuesto, los países localizados en islas del Pacífico dicen que hay que actuar ya, mientras que EEUU opina que no hay que precipitarse. Pero el acuerdo ha sido aprobado por el G-7, el G-8, la ONU, etc. Se trata de un documento consensuado, no impuesto. Ciencia por consenso. ¿Ciencia por consenso? O es ciencia o es consenso, dirán algunos. Pues no: ciencia por consenso. O sea que mi respuesta a la pregunta inicial es sí y no.

¿Cómo puede (auto)organizarse ese tercer sector?

Empezando por tomar conciencia de que somos un actor político, de que representamos el 7% del PIB mundial y en algunos países como Holanda hasta el 14%. Entre ONGs, movimientos pacifistas, ecologistas o anti-nucleares, movimientos vecinales, comunidades de afectados, agrupaciones ciudadanas… Este tercer sector está pagado con fondos públicos en un 45% y el 55% es trabajo voluntario, economía del don. Somos un actor histórico. Tenemos que defender los derechos asociados a nuestra producción de conocimiento de calidad. Exigir un fondo nacional para ciencia ciudadana porque hay muchos problemas por los que los científicos no se interesan. Muchos problemas que no se traducen en “paper”: la electronsensbilidad, qué pasa con la gente que vive al lado de un aeropuerto, etc. No es ciencia de punta, no tiene un gran reconocimiento mediático. Sin renunciar a la heterogeneidad de las experiencias y los contextos donde el saber extrae su energía al mezclarse con formas de vida, se puede apostar por otro modelo de economía política para el tercer sector.

¿Y cómo imaginas las relaciones entre el primer sector (público-estatal) y este tercero?

Las relaciones van ser muy tensas. Habrá convergencias y divergencias, cooperación y conflicto. Y lo mismo pasará con el conocimiento privado, porque el segundo sector también produce conocimiento. La máquina de vapor fue el resultado de una iniciativa privada que cambió el modelo de producción industrial. O pensemos en la indsutria editorial durante los siglos XIX y XX…

El Estado puede regular el procomún, sin ser su propietario: por ejemplo, la gestión del sistema de donación de órganos en España. Primer sector y tercer sector convergen ahí. Puedo imaginarme perfectamete un espacio europeo de donación de órganos y de transplantes que superen las barreras estatales. Ahora bien, una vez hablando con una gran autoridad española que se mostraba interesada en la idea de un laboratorio del procomún, es decir, una institución que experimentase y protegiese a la vez los bienes comunes, yo le pregunté: “¿aceptaríais que os llevásemos la contraria? Porque allí vamos a producir otro tipo de evidencias, a hacer otro tipo de experimentos, a buscar otro tipo de hechos, entonces si al día siguiente nos vais a acusar de ser anti-científicos y charlatanes, pues empezamos mal. Por lo menos durante tres años necesitaríamos que nos dejarais en paz”. Y me respondió: “ah, no, si vais a enfrentaros al gobierno, eso no tiene porvenir”.

Pero nosotros tenemos que defender el derecho a saber. Decía el otro día la ministra de Defensa que en el caso de la nueva gripe en el cuartel se habían enfrentado a dos virus: el virus A y el virus del pánico. El Estado se ha atribuido el derecho a administrar la información, a decirnos cuándo, quién y dónde va a comunicarnos lo que quieren comunicarnos. Por el contrario, tendríamos que afirmar: “no queremos ningún paternalismo, usted dígame lo que hay y ya pensaré yo que hacer con mi miedo, si necesito un psiquiatra, una ministra o una botella de rioja”.

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