Scopes, Darwin y Gina

darwin_altaok.jpg El evolucionismo es una teoría científica de enorme relevancia social, pero no siempre fue así: una teoría que niega la Creación Divina del hombre tal y como recoge la Biblia...

 

Público

 

Las teorías de Charles Darwin revolucionaron nuestro conocimiento del mundo y sus ideas sentaron las bases de la sociedad y la ciencia moderna”. El presidente del Museo de Historia Natural de Londres, Oliver Stocken, hacía esta afirmación durante la presentación, en febrero de este año, de la exposición Darwin, la gran idea, con la que Reino Unido conmemora el bicentenario del nacimiento del científico británico y el 150 aniversario de la publicación de El origen de las especies.
En la actualidad, el evolucionismo es una teoría científica contrastada y de enorme relevancia social, pero no siempre fue así. En 1925 protagonizó en Estados Unidos el juicio a John Scopes, un profesor de educación secundaria acusado de “enseñar una teoría que niega la historia de la Creación Divina del hombre tal y como recoge la Biblia y enseña que el hombre desciende de un bajo orden de los animales”. El Scopes Monkey Trial o Juicio del Mono, tal y como se le conoce comúnmente, enfrentó a dos de los abogados más brillantes de la época, William Jennings Bryan y Clarence Darrow. Este último demostró ante la opinión pública la necesidad de enseñar en las escuelas las teorías científicas, lo que supuso un triunfo para Scopes, quien, gracias al juicio, pudo enseñar al mundo una lección que hasta el momento sólo impartía a unos pocos alumnos. Pero no todo se quedó ahí.

 

El juicio inspiró en 1960 la película Herencia del viento, donde el magistral Spencer Tracy da vida al abogado Clarence Darrow, deslumbrándonos aún a día de hoy en la defensa del valor de las teorías científicas frente a la sinrazón.
Charles Darwin adquiere una inusitada actualidad en nuestros días; y no lo hace únicamente por estas conmemoraciones a nivel mundial, sino por su trascendental aportación al conocimiento y las aplicaciones derivadas de una teoría capaz de proporcionarnos los conceptos y las explicaciones necesarias para comprender, de manera racional y sin recurrir a la mitología, el mundo natural.

 

La teoría de la evolución ha impregnado el desarrollo de la inmensa mayoría de las disciplinas científicas, reforzando así su aplicabilidad y concediéndole una mayor importancia, ya que, en palabras del biólogo Thomas Henry Huxley, acérrimo defensor del evolucionismo, “el verdadero conocimiento alcanza en la utilidad su valor más alto”. Un ejemplo de ello lo encontramos en la ciencia forense y en las poderosas herramientas suministradas por la genética evolutiva.
En la década de los setenta del pasado siglo, el genetista Alec Jeffreys descubrió en su laboratorio, analizando geles de ADN, una serie de similitudes y disimilitudes entre los miembros de la familia de un técnico de su laboratorio. Estaba descubriendo el ADN hipervariable, origen de la genética forense, cuyo desarrollo está además generando una verdadera revolución en el sistema judicial internacional.

 

Fue en 1998, en el famoso caso de Louisiana contra Schmidt, en el que se juzgaba de asesinato a un médico que presuntamente había infectado a su enfermera con el virus del sida de un paciente cuando, por primera vez, un tribunal estadounidense aceptó una prueba de ADN para emitir una sentencia. Posteriormente, en 2002, se ratifica esta sentencia a través del fallo del Tribunal Supremo de los Estados Unidos que admite las pruebas genéticas presentadas. Se inaugura así una nueva era en la ciencia jurídica derivada de la aplicación de criterios científicos que suponen la esperanza para muchos acusados inocentes.

 

Precisamente, diez años antes, en 1992, nacía el proyecto Inocencia, una brillante iniciativa de unos abogados de Nueva York concebida e ideada a través de una ONG, que promueve y persigue la utilización de la genética forense para invalidar sentencias erróneas de los tribunales. Así, desde 1989 la discordancia de marcadores genéticos ha exonerado en EEUU a 240 personas, muchas de ellas en el corredor de la muerte y con condena a cadena perpetua por crímenes que no habían cometido.

 

Pero la genética forense va más allá y cada día nos asombra con nuevas posibilidades. Todos tenemos muy reciente el caso del niño Enmanuel, hijo de Clara Rojas, secuestrada por las FARC, identificado por análisis genéticos en el Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Santiago.

 

Al permitir la identificación de individuos, los conocimientos de la genética y de la genómica nos conducen al viejo dilema de las aplicaciones de la ciencia, discusión que trasciende a la sociedad, que debe valorarlo desde el punto de vista ético; y en esto, una vez más, la sociedad norteamericana ya ha dado importantes pasos. Recientemente, Estados Unidos acaba de aprobar la ley Gina (Ley de Información Genética Antidiscriminatoria). Este texto, debatido durante 13 años, prohíbe a los empresarios, entre otras cosas, utilizar la información genética a la hora de contratar, despedir o promocionar a sus empleados y a las compañías de seguros solicitar pruebas genéticas o acceder a información existente para establecer primas o determinar la suscripción del seguro. En definitiva, evita la discriminación por razones genéticas.

 

Pero la ficción suele adelantarse a la realidad y el film Gattaca narra excepcionalmente esta cuestión. Su protagonista, Vincent, no podría alcanzar su sueño, viajar a Saturno, porque su constitución genética no le permitiría estar en el grupo de los aptos y se veía relegado en esa sociedad imaginaria por ser considerado imperfecto.
Darwin nunca podría imaginarse el gran alcance de su teoría. El científico inglés abordó cuestiones que afectan directamente a la esencia de la condición humana pero no pudo vislumbrar en su época la inmensa trascendencia de su aportación; una teoría que aún hoy, 150 años después de darse a conocer, sigue abriendo nuevas vías e impulsando nuevos desarrollos científicos y tecnológicos, siendo capaz, todavía, de asombrar a la sociedad.

 

Laura Sánchez Piñon es catedrática de Genética de la Universidad de Santiago de Compostela.

Ilustración de Patrick Thomas

Top