Filosofía y Política del Buen Vivir (IV)

 

Viñeta: as

 

"Hoy es un hecho científicamente reconocido que los cambios climáticos, cuya expresión mayor es el calentamiento global, son de naturaleza antropogénica, con un grado de seguridad del 95%. Es decir, tienen su génesis en un tipo de comportamiento humano violento con la naturaleza"

Leonardo Boff

 

Los informes de las diferentes ONG's y organizaciones científicas que estudian el asunto, afirman que desde 1971, esa demanda de la humanidad a la capacidad regenerativa del planeta (la "huella ecológica") no ha dejado de incrementarse. De mantenerse este ritmo, para el año 2020, la proporción entre demanda humana y capacidad regeneradora de la naturaleza podría ser un 75% superior. Este aumento trae consigo una mayor necesidad de suelo cultivable, lo que redunda a su vez en la deforestación de hábitats de gran valor ecológico, imprescindibles para mantener el equilibrio de los ecosistemas naturales. Por ejemplo, en el informe "Planeta Vivo" de WWF, ya citado en el artículo anterior, se cita que desde finales de los años 50 del siglo pasado hasta hoy, aproximadamente la mitad de la sabana natural del Cerrado brasileño se ha ido convirtiendo en terreno agrícola. Por otra parte, la acción depredadora del ser humano afecta también a la biodiversidad. El Índice Planeta Vivo (IPV) global resalta que en cuatro décadas, entre 1970 y 2012, la población de vertebrados se redujo en un 58%. En cuanto a las poblaciones analizadas en los sistemas de agua dulce (lagos, ríos y humedales), la disminución alcanzó el 81% durante el período citado. Otro factor señalado en el documento de referencia es el relativo a la merma de los humedales, principalmente por la necesidad de terrenos para la agricultura. El índice WET, que mide las transformaciones del área de los humedales naturales, revela un descenso del 30% durante las últimas cuatro décadas. Además, algunos especialistas apuntan que en las últimas tres centurias podría haber desaparecido hasta el 87% de la superficie de las zonas húmedas. Los datos, como puede comprobarse, son realmente preocupantes. 

 

Por su parte, el déficit hídrico es otro asunto peliagudo. En 2014 cerca de 50 países sufrieron "estrés" hídrico (principalmente en África, donde lo padecen el 41% de los países) o escasez de agua (que la sufren el 25% de los países asiáticos), en comparación con la treintena de 1992. Cerca de la mitad del volumen global de los ríos fue alterado por la regulación artificial de los caudales o la fragmentación. La amenaza se cierne también sobre la actividad pesquera. De hecho, entre los años 1974 y 2013 el porcentaje de peces que se situaba en cotas sostenibles (es decir, a un ritmo y volumen de pesca que no suponía peligro para su extinción ni amenazas para otras especies) pasó del 90% al 68,6%. Hoy día, como sabemos, las cotas a los caladeros de algunas especies son fuente de problemas entre varios países cercanos o fronterizos, debido a las regulaciones impuestas por diversos organismos. Todos estos desequilibrios, todas estas deficiencias y estas derivas y tendencias forman, junto a otros muchos indicadores, las causas (en unas ocasiones) y las consecuencias (en otras) para lo que venimos denominando el "Cambio Climático", que iremos exponiendo en diferentes puntos de esta serie de artículos, a tenor de lo que vayamos contando. De momento, vamos a basarnos en este estupendo artículo de Robert Hunziker para el medio Counterpunch, traducido para el digital Rebelion.org por Paco Muñoz de Bustillo. En él se ofrece un rápido repaso a una serie de indicadores y su evolución durante los últimos 10 años, para que pueda comprobarse la perversa evolución que van sufriendo, debido a la actividad humana. El primer indicador que se analiza es el dióxido de carbono, el famoso CO2. Como sabemos, las emisiones y la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera son el factor principalmente responsable no sólo del deterioro del medio ambiente, sino de las terribles consecuencias que ello acarrea.

 

Pues bien, la concentración de CO2 en la atmósfera se mantuvo en menos de 300 partes por millón (ppm) durante 40.000 años. Pero en el breve período geológico de 200 años ha aumentado a 387 ppm. Por sí solo, este dato ya es extremadamente importante y exige atención, más allá de la mera cifra, porque cada incremento molecular de 1 ppm de CO2 tiene un impacto cada vez mayor sobre el calentamiento global. Robert Hunziker nos ilustra con el siguiente símil: "...el efecto es similar al que tendría añadir una y otra capa de mantas de lana a alguien que está a punto de dormirse. Si se añaden suficientes mantas, incluso un gigantesco planeta azul de cara redonda puede llegar al borde del colapso". Y resulta que a fecha de 2 de mayo pasado, el Instituto Oceanográfico Scripps, situado en el Observatorio de Mauna Loa en Hawai registró una concentración de CO2 atmosférico de 408,9 ppm, un aumento progresivo que va añadiendo mantas de lana sobre una Madre Tierra cada vez más pálida. Lo que se deriva de ello es un planeta cada vez más caliente, que dispara un sinfín de indicadores y provoca multitud de desequilibrios en otras esferas y dimensiones de los ecosistemas que mantienen la Tierra. Tenemos, por ejemplo, el derretimiento de los bloques de hielo en el Ártico. Este hielo de múltiples capas constituye, o mejor dicho constituía, la infraestructura del Polo Norte. Pues bien, el 17 de agosto de 2017 el laboratorio de investigación naval de Estados Unidos realizó mediciones del hielo ártico durante 30 días. Los resultados mostraron que "El hielo marino acumulado a lo largo de los años prácticamente ha desaparecido". Es decir, que el Polo Norte ha perdido su infraestructura. Ha desaparecido. El hielo sigue formándose durante el invierno, cuando las noches duran allí 24 horas. Pero se trata de un hielo fino y casi insignificante, lo que puede provocar un cambio climático incalculable de terribles consecuencias en todo el hemisferio norte. 

 

Otro caso paradigmático es Groenlandia, la mayor isla del planeta, donde la enorme capa de hielo lleva disminuyendo sin pausa desde la década los años 80 del pasado siglo, y además lo está haciendo a gran velocidad. Hasta el año 2008, había acumulado pérdidas de hielo de entre 3.700 y 4.900 millones de metros cúbicos, un volumen que cubriría la superficie total de Estados Unidos con 60 centímetros de hielo. El deshielo de los glaciares se está acelerando a causa del calentamiento global, así como por los microbios y las algas, el hollín y el polvo que flotan desde latitudes más cálidas y oscurecen el hielo al acumularse sobre el inmaculado y brillante manto níveo, absorbiendo la radiación solar, en vez de reflejarla. Los expertos han calculado que en caso de derretirse completamente la superficie helada de Groenlandia, ello supondría un aumento del nivel del mar de casi 7 metros. La Antártida es otro ejemplo de deshielo acelerado, que pone en grave riesgo la estabilidad del ecosistema glacial, y amenaza con aumentar peligrosamente el nivel del mar. En el caso de la Antártida se está evolucionando peor incluso que las previsiones más pesimistas. En 1979, los glaciales Pine Island y Thwaites, que apenas habían experimentado cambios durante décadas empezaron a cambiar a toda velocidad: si en 1995 perdían 86.000 millones de metros cúbicos al año, en 2006 ya perdían 270.000, un incremento asombroso. Estos glaciares llevaban millones de años en el mismo lugar, pero en 2008 se estaban fundiendo y reduciendo su superficie a una velocidad asombrosa. Si se desprenden totalmente, el nivel del mar aumentaría 2 metros. Por su parte, en 2002, la barrera de hielo Larsen B (una de las 3 en las que se divide el hielo antártico) se desintegró casi en su totalidad y cayó al mar en sólo tres días. Tenía 12.000 años de antigüedad, un espesor de 215 metros y una superficie de 259 kilómetros cuadrados. 

 

Y el 12 de julio del pasado año (2017), la barrera glacial antártica Larsen C se rompió y liberó un iceberg de un billón de toneladas que transformó radicalmente el paisaje de la Península Antártica. Las previsiones sobre futuros desprendimientos no son nada halagüeñas. La selva amazónica es otro punto de referencia interesante para observar la terrible evolución derivada del caos climático. La repetición de las sequías en dicha región (en 2005, 2015 y 2016) está afectando el crecimiento global de la selva. De hecho, apenas 3 ó 5 años de sequía severa acabarían con casi todos los árboles. Para hacernos una idea, diremos que la selva amazónica almacena 77.000 millones de toneladas de CO2, equivalentes a 20 años del CO2 emitido por la actividad humana. Pero cuando los árboles mueren, o cuando se quema el bosque, este CO2 regresa a la atmósfera. Citando a los expertos del National Geographic: "En el tiempo que emplea en leer este artículo, un área de la selva brasileña superior a 200 campos de fútbol habrá quedado destruida. Las fuerzas del mercado de la globalización están invadiendo la Amazonía". Estas enormes selvas, con toda su biodiversidad, son los auténticos pulmones del planeta. Otro factor que influye en el calentamiento es el llamado permafrost, que es la capa de suelo permanentemente helada de las regiones muy frías o periglaciares. Antiguamente almacenaba toneladas de gas metano en la región de Siberia, pero en la actualidad está liberando a la atmósfera el equivalente a 50 millones de toneladas métricas al año, con un efecto equivalente al 1.000 millones de toneladas de CO2. Tristemente, la liberación de metano se está acelerando desde que la temperatura media en dichas regiones oscila en los 0º C. En realidad, toda la región de Siberia está al borde del colapso, con el agravante de que si el permafrost se fundiera por completo, la temperatura media del planeta se dispararía, con toda la cadena de consecuencias que ello acarrea. Continuaremos en siguientes entregas.

 

Viñeta: as

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