Filosofía y Política del Buen Vivir (VI)

Antes de que podamos controlarlo, de continuar con este ritmo, habremos superado las capacidades de sostenibilidad del planeta y llegaremos a desencadenar un proceso imparable de deterioro ambiental progresivo y generalizado

Viñeta: Arcadio Esquivel

 

"Somos la primera generación que entiende perfectamente lo que está pasando con el clima y posiblemente seremos la última que pueda evitar la catástrofe hacia la que nos dirigimos"

Jorge Riechmann

 

Todas estas cifras nos proporcionan una visión más o menos aproximada de la importancia que estos pueblos indígenas poseen para el sostenimiento de la vida en el planeta, pero sin embargo el resto de comunidades "avanzadas" o "civilizadas" no sólo no los tenemos en cuenta, sino que los atacamos sin piedad en cuanto representan una "amenaza" a lo que nosotros hemos definido como "progreso". ¿No seremos nosotros los equivocados? ¿No tendremos que tomar gran cantidad de costumbres, estilos y formas de vida de estos pueblos? ¿No serán ellos los que puedan darnos lecciones sobre el Buen Vivir? ¿No somos nosotros los que debemos estar agradecidos por sus referencias sobre los modelos sostenibles de producción y consumo? Pero el capitalismo no da tregua, y una de las principales causas de la pobreza y la marginación de estas comunidades indígenas es la pérdida de control sobre sus tierras, territorios y recursos naturales, debido a los tremendos destrozos causados por algunas grandes corporaciones transnacionales, que han visto un filón en la explotación agresiva de dichos recursos (bosques, ríos, selvas, etc.). Debido a todo ello, durante las últimas décadas un número creciente de indígenas se han trasladado y viven en las ciudades más o menos pobladas, a causa de la degradación de sus tierras, de la expropiación, de los desalojos forzosos y de la falta de oportunidades que sufren. Una de las principales medidas que hemos de tomar es, pues, abortar todos los megaproyectos industriales (la mayoría de ellos de carácter energético) que las grandes empresas llevan a cabo o piensan proyectar sobre los territorios de estos pueblos indígenas, para no destruir sus medios de vida, y poder seguir mirándonos en ellos como un espejo, a la hora de abordar nuestro incuestionable decrecimiento. 

 

Lo de los pueblos indígenas es sólo un ejemplo más de que el fanatismo económico neoliberal está atacando de manera decisiva el medio ambiente, así como la paz mundial. Esta obsesión determinista por el "crecimiento" económico (hablaremos a fondo de este concepto próximamente, aunque aquí ya haremos algunas consideraciones) y el beneficio del capital ha dejado de lado, desde hace ya algunas décadas, la preocupación por la sostenibilidad medioambiental, la justicia social y la dignidad humanas. Cuando la búsqueda desenfrenada de lucro se convierte en el principal objetivo, quizá en el único, y para ello no se desestiman medios, argumentos ni posibilidades, el destrozo comienza a ser evidente. Edgar E. Quintero lo ha explicado de manera espléndida en este artículo para el medio digital Rebelion.org, cuando afirma: "Esta paranoia por la acumulación vertiginosa de riquezas impide visualizar las nefastas consecuencias que el crecimiento económico irracional y el exacerbado consumismo están causando a los ecosistemas y a la convivencia pacífica entre las naciones. Por un lado la explotación sin medida de los recursos naturales ha ocasionado desequilibrios ambientales que están en muchos casos al límite de lo irreversible, lo que traerá sin duda alguna más tragedias, destrucción y pobreza a millones de personas en muchos lugares del mundo, y por otro lado los desechos industriales, mineros, tecnológicos y del consumo desenfrenado aupado por las grandes corporaciones capitalistas están contaminando a un ritmo acelerado las aguas (océanos, mares, lagos, ríos y depósitos subterráneos), los bosques y el aire en muchísimas partes del planeta, con lo cual también se vulnera peligrosamente la capacidad que tiene la naturaleza para restablecer los equilibrios ambientales y climáticos". Cuando una multinacional proyecta por ejemplo la construcción de un túnel, un puente, una autovía, una prospección petrolera, una presa hidráulica o un gaseoducto, no sólo están destruyendo (en aras de ese equivocado "progreso") la naturaleza, sino que además están alterando gravemente los equilibrios naturales precisos para mantener la vida. 

 

Y así, debido a todo ese "desorden" de la naturaleza que estamos provocando, todo un extenso catálogo de catástrofes naturales, tales como las sequías, las inundaciones, las tormentas y otros meteoros, la desertificación, el deshielo de glaciares, las subidas del nivel de los mares, los incendios forestales, las bajadas y subidas bruscas de temperaturas, etc., ocurrirán cada vez más a menudo y en lugares más inesperados, todo lo cual impactará de forma importante en la producción de alimentos (agricultura y ganadería), en el abastecimiento de agua potable y por supuesto todo ello se proyectará en la propia vida y la salud humanas y del resto de especies de seres vivos, tanto animales como vegetales. Como una de las fatales consecuencias de tanto desajuste climático, asistiremos a masivas oleadas migratorias de personas que tendrán que abandonar sus lugares de residencia originales, en busca de zonas más estables donde puedan vivir. De hecho, especialistas de la ONU estiman que entre 2030 y 2040 habrá alrededor de 500 millones de personas que migrarán hacia otros lugares por efecto de estas catástrofes naturales, derivadas o potenciadas por el caos climático. Y todo ello, a su vez, será causa también de enfrentamientos civiles y variados conflictos bélicos originados por el bandidaje, el pillaje y la lucha por el control y explotación de las riquezas naturales en muchos países afectados. Como podemos comprobar, se trata de una serie de terribles acontecimientos en cascada, que darán al traste con la estabilidad de ciertas zonas del planeta, para entrar en otra dimensión conflictiva, violenta y convulsa, cuya duración y alcance no podemos establecer por anticipado. Los autores más pesimistas auguran un gran cataclismo mundial, al extrapolar esta cadena de consecuencias desde los lugares más pobres a los más ricos. En cualquier caso, está claro que asistiremos a graves desequilibrios ambientales, y a una cadena de peligrosas consecuencias para el planeta y la humanidad. 

 

 

Mucho antes de que podamos controlarlo, de continuar con este vertiginoso ritmo, habremos superado las capacidades de sostenibilidad del planeta, e inevitablemente llegaremos a desencadenar un proceso imparable de deterioro ambiental progresivo y generalizado que impedirá en muchos lugares la supervivencia de nuestra especie, así como de muchas otras especies de seres vivos. Y ante todo esto que se nos avecina, la comunidad política internacional ni está ni se le espera. El Protocolo de Kioto de 1997, ya de por sí muy insuficiente, fue absolutamente ninguneado e incumplido, y el último Acuerdo de París (en el marco de la Conferencia de las Partes organizada por la ONU) no se ha fijado objetivos que puedan realmente revertir la actual situación. Y a todo ello se suma la falta de compromiso que el Acuerdo parisino permite, de tal manera que al final, seguirán siendo las grandes corporaciones transnacionales y sus Gobiernos cómplices los que dirigirán las estrategias ambientales, o simplemente, cada una actuará a su conveniencia. Para colmo de males (aunque hablando del gigante norteamericano todo se puede esperar), la Administración Trump se ha retirado de dicho acuerdo (tal como prometió el perverso magnate durante su campaña electoral), lo cual empeora aún más si cabe el escenario internacional. Así las cosas, podemos concluir que si no somos capaces de diseñar otros modos de producción y consumo, otras formas de vida, el deterioro ambiental continuará produciéndose y extendiéndose a todos los continentes, a todos los países, a todas las regiones y comunidades, empujados por la insensata y suicida lógica de la acumulación capitalista desaforada. Es más que evidente que la sociedad global actual requiere de nuevos paradigmas que procuren (y restauren, en la medida de lo posible) el sostenimiento de los equilibrios tanto sociales y económicos como medioambientales (todos ellos muy relacionados entre sí) como única forma de garantizar la paz y la viabilidad futura de la especie humana sobre el planeta. 

 

Así las cosas, en marzo de 2016 la prestigiosa Revista Nature publicó un artículo que firmaron un total de 22 renombrados científicos, que ciertamente nos coloca al borde del abismo, y que no se anda con paños calientes. Básicamente, nos anuncian una destrucción planetaria inminente e irreversible, de aquí a unas cuantas décadas. El artículo en el portal Ecología Verde lo describe así: "Si no se remedia in extremis, la Tierra acabará cayendo al fondo de un abismo del que ya nunca podrá salir. Traducido a cosas concretas, esto significa que si no se detiene la atroz actividad humana, en cuestión de varias décadas nos veremos abocados a un colapso inminente e irreversible de los ecosistemas naturales. Resultado: la humanidad se las verá negras ante un "nuevo régimen para el que no estamos preparados", con una bestial inseguridad alimentaria y de agua potable, tremendas sequías, más enfermedades infecciosas, una pandémica extinción de especies y de poblaciones desplazadas que abandonarán sus hogares y deambularán en cantidades ingentes, "como nunca hemos visto en la historia". El informe de Nature recuerda que el planeta ha sufrido ya hasta 5 extinciones masivas relacionadas con cambios climáticos, con el resultado de transformar sus características por completo. La última tuvo lugar hace unos 14.000 años, cuando un tercio de la superficie terrestre perdió la capa de hielo del último período glacial. Durante este último período de estabilidad, surgió la civilización humana, responsable de la actual destrucción del entorno natural, y hemos llegado a un punto que provocará un nuevo gran cambio que amenazará gravemente nuestra supervivencia como especie. Estamos hablando de que se alcanzaría una situación crítica sin vuelta atrás posible, ya que de producirse, la Tierra alcanzaría un nuevo estado que supondría el principio del fin. ¿Podremos evitarlo? Continuaremos en siguientes entregas.

 

 

Viñeta: Arcadio Esquivel

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