Filosofía y Política del Buen Vivir (VIII)

Viñeta: ENEKO

"Los políticos de nuestro país prefieren ver tocar a la orquesta mientras el Titanic se hunde. Su falta de sensibilidad social y de formación científica les impide hacerse una idea de la gravedad del problema, y por eso no está entre sus intereses. Porque no nos engañemos, el cambio climático no es su prioridad porque no lo entienden, no entienden la gravedad de la situación ni lo que ello implica para el planeta en general y la especie humana en particular"

José Luis Vicente Vicente

 

 

El autor de nuestra cita de entradilla, en su artículo "El cambio climático...ya tal", publicado originalmente en el medio "El Salmón Contracorriente", nos advierte de la incapacidad política para enfrentarse al desastre ecológico que se nos avecina, y nos pone el siguiente e ilustrativo ejemplo: "Hoy nos avisan de que con el 1% de probabilidad un asteroide podría estrellarse contra la Tierra. Si esto ocurriera, al día siguiente ya se estaría ideando un plan para evitar el impacto (y sí, un 1% de probabilidad en estos casos se considera una cifra elevada). Sin embargo, cuando se afirma que el cambio climático ya está aquí, que con un 95% de probabilidad éste tiene una causa antropogénica y que el impacto en el mejor de los casos es aumentar la temperatura media global un par de grados (con lo que ello supone para el planeta), en este caso los políticos no hacen absolutamente nada para remediarlo. Es más, siguiendo con la filosofía de escuchar la música mientras se hunde el Titanic, siguen hablando de cómo aumentar el crecimiento económico o incrementar el consumo. Para ellos, es una buena noticia que se construyan más viviendas, que consumamos más, sin importarles que ello suponga un incremento en las emisiones de gases de efecto invernadero, la destrucción de ecosistemas de alto valor ecológico o el agotamiento de los recursos naturales". En efecto, nuestros dirigentes políticos (no sólo a nivel local, sino mundial) hacen gala de una estupidez, ignorancia e incompetencia supinas con respecto a este asunto. El paradigma de ello lo representa el actual Presidente estadounidense, Donald Trump, que no sólo es un negacionista climático convencido, sino que además inventa rocambolescos razonamientos para defender sus opiniones, y por si fuera poco, ha retirado a su país del Acuerdo Climático de París, ha desmantelado la Agencia de Medio Ambiente de Estados Unidos, y ha vuelto a ofrecer ayudas económicas a los sectores de las energías fósiles. 

 

Para protegernos de tanta ignorancia y de tanta estupidez, en la entrega anterior ya habíamos comenzado el repaso de una serie de cuestiones para desmontar argumentos o preguntas falaces sobre el asunto del caos climático. Continuaremos con ello, con la ayuda del artículo de referencia, publicado por The Climate Reality Project (organización fundada por Al Gore en 2006), cuya lectura completa recomiendo a los seguidores/as de este Blog. Pues bien, una cuestión que puede parecer inocente es aquélla que plantea: "De cualquier modo, ¿qué tiene de malo unos pocos grados más?". De nuevo, quiénes se cuestionan esto es que no han entendido nada. Las previsiones del reciente Acuerdo Climático de París están intentando luchar para que no se llegue a finales de este siglo con un incremento global de 2ºC. Han marcado como límite un aumento de 1,5ºC. Y ello porque estos cambios (aunque parezcan insignificantes) en la temperatura global del planeta afectan poderosamente a nuestras vidas, y desafían nuestra capacidad de supervivencia. No es la cifra en sí en cuestión, sino la cascada de acontecimientos que dicho calentamiento despliega. Un simple grado puede representar una enorme diferencia en la naturaleza: derretimiento de glaciares, aumento del nivel del mar, lluvias intensas, sequías graves, olas de calor más intensas, desaparición de especies de animales y plantas...Bien, a continuación tenemos otro argumento muy recurrente, que es el argumento productivista, y que más o menos se enuncia así: "Si redujéramos las emisiones de dióxido de carbono, ¿acaso no interrumpiríamos el crecimiento, bajaríamos el PIB, destruiríamos empleos y dañaríamos la economía?". Bien, este sí que es un argumento muy especial que vamos a ir rebatiendo durante toda esta serie de artículos. Pero de entrada, haremos siquiera una somera aproximación. Oímos sin parar el clamor de que no podemos permitirnos una derivación hacia el uso de las energías limpias y las políticas de freno a los efectos del cambio climático (de hecho, el cambio climático ya no lo para nadie, a lo más que podemos aspirar es a adaptarnos lo mejor posible a él). 

 

Pues bien, ante este clamor, rompamos una lanza definitiva: lo que no podemos permitirnos es no hacerlo. Es más, el agotamiento del petróleo (y por tanto, de todos sus derivados) nos colocará en la disyuntiva de tener que usar sí o sí otras fuentes de energía, más limpias y renovables. Ello se traducirá en una revolución industrial, productiva y cultural que nos obligará a adaptar todo nuestro entorno de producción y de consumo, ante la debacle que causará la extinción del petróleo. Pero es que según un estudio de 2012 realizado por la ONG europea DARA y el Foro Vulnerabilidad Climática, el cambio climático ya está produciendo más de 400.000 muertes y costando al mundo más de 1,2 billones de dólares cada año. Y subiendo. Las espantosas listas de muertos y heridos por huracanes, tifones, tormentas tropicales, etc., no son más que el comienzo. Pero podemos también darle la vuelta al asunto, y nos encontraremos con la cara más amable de la moneda: sólo en Estados Unidos, la reducción de la contaminación con dióxido de carbono haría crecer el PIB en más de 155.000 millones de dólares cada año. Y es que a medida que decline la demanda de los sucios combustibles fósiles se disparará la de las energías limpias, lo que a su vez creará nuevos nichos de negocio y oportunidades de empleo. Esta tendencia ya la estamos viendo, por ejemplo, en el sector de la energía solar. Más aún, mientras la utilización de las energías solar y eólica sigan creciendo y los costes correspondientes continúen cayendo, pagaremos menos por la energía que consumamos y menos por los impactos del cambio climático. Por otra parte, la pregunta anterior tiene una trampa implícita, que es considerar el crecimiento económico como algo positivo, cuando en realidad esto es una falacia como un piano. A lo que debemos tender es hacia el decrecimiento, es decir, a producir menos, a gastar menos energía, y a reutilizar todo lo posible. El tema del decrecimiento será analizado y expuesto en muchos momentos durante toda esta serie de artículos, dada su tremenda importancia, al constituir el verdadero cambio de paradigma al que debemos aspirar. 

 

La siguiente cuestión falaz podría plantearse así: "Incluso si llegáramos al 100% de energías limpias el mundo seguiría calentándose. Entonces, ¿no es demasiado tarde ya para hacer algo?". Como venimos afirmando, el caos climático ya es un hecho. Está ocurriendo ya. Es una realidad, aunque se deje sentir más en algunos puntos que en otros. Pero cuánto se calentará el clima depende de nosotros. Depende de que nos demos cuenta como sociedad de la envergadura del fenómeno, y de que seamos capaces no de revertir la situación, pero sí al menos de paliarla en lo posible, y de adaptarnos mejor a la catástrofe. Incluso si hoy mismo dejáramos completamente de liberar dióxido de carbono (algo impensable, pues la adaptación de nuestros modelos productivos requerirá ciertamente de algunos años), continuaríamos viviendo en un planeta caliente durante un tiempo considerable. Esto se debe a que el carbono que está detrás del cambio del clima permanecerá en la atmósfera durante cientos de años, y el clima de la Tierra es como un enorme buque tanque con una formidable inercia. Una vez que el clima cambia en cierta dirección continúa en ella, y ese proceso es muy difícil detenerlo de un día para otro. Hay una gran demora entre el momento en que se libera el gas de efecto invernadero y el momento en que los humanos percibimos las consecuencias. Por tanto, si actuamos ahora hacia una decidida transición de los combustibles fósiles a las energías limpias, hay una posibilidad de limitar el calentamiento global. Sólo de limitarlo, es decir, de frenarlo, de que no se desboque más todavía. Por contra, si no hacemos nada y continuamos por el camino actual, es decir, descontrolando las emisiones, consumiendo energías fósiles e insistiendo en los mismos modelos productivos, la temperatura media podría elevarse mucho más para el año 2050, o para el comienzo del próximo siglo. Los que tenemos ya cierta edad no lo veremos, pero un poquito de solidaridad con las próximas generaciones nos impone un cambio de paradigma. 

 

Esta inacción ante el cambio climático, este no querer asumir lo que nuestros científicos nos están demostrando, así como la realidad del agotamiento físico del petróleo (Peak Oil), no es que sea una actitud cómoda y egoísta, sino que es una actitud suicida. Porque esta inacción e indiferencia provocará que el mundo que heredarán nuestros hijos y nietos será completamente distinto al que hemos conocido nosotros. Será muy triste que nos recuerden como la generación que tuvo en sus manos controlar dicha deriva, pero que no quiso o no supo hacer nada para evitarla. A nivel general, debemos tomar medidas para disminuir el total de combustibles que quemamos, y proyectar una transición progresiva hacia las energías limpias. A nivel particular, debemos adaptarnos a otros modos de vida más simples y menos energéticos, más locales, menos consumistas, más integrados con la naturaleza. Toda una civilización industrial va a colapsar, y debemos migrar hacia otra nueva civilización, porque ya no nos quedará otra opción. De la manera y las ganas que pongamos para llevar esto a cabo dependerá nuestra supervivencia, así como la de otras especies de animales y seres vivos que habitan el planeta. Hay que ser más austeros (en el sentido correcto del término), utilizar menos energía, ser más inteligente en la proyección de nuestras ciudades, edificios y tecnologías, revolucionar el tráfico de vehículos a motor, apostar por la movilidad local y por el transporte público, desarrollar normativas legales que amplíen y legitimen los horizontes de la nueva civilización del decrecimiento, dejar de destruir los recursos naturales, abandonar las políticas extractivistas, apostar por el campo y la agricultura natural, desarrollar redes de distribución local de alimentos, promover los huertos urbanos, comunitarios y ecológicos, potenciar los bancos de tierras, fomentar el reparto del trabajo, facilitar el teletrabajo, y un largo etcétera. Podemos y debemos hacer muchas cosas. El camino es largo, y no tenemos mucho tiempo. Continuaremos en siguientes entregas.

 

Viñeta: ENEKO

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