Filosofía y Política del Buen Vivir (IX)

Viñeta: Enrico Bertuccioli

 

"Bayer, Basf, Dow, DuPont, Syngenta y unas cuantas más, todas tienen historias similares a las de Monsanto. Hace más de cien años que están produciendo químicos tóxicos como negocio, y han invadido campos, ciudades, semillas, comida, nuestros cuerpos, el de nuestras hijas e hijos y miles de especies en el medioambiente y hasta los confines más alejados de la tierra"

Silvia Ribeiro

 

Las macabras actividades de estas megacorporaciones están provocando ingentes destrucciones de la naturaleza, y profundas transformaciones en los productos que cultivamos y que ingerimos. Y así, destrucción de campos de cultivo, contaminación llevada a cabo por los proyectos mineros, construcción de carreteras, oleoductos, gaseoductos, presas hidráulicas, y un largo etcétera de infraestructuras, están teniendo como resultado la destrucción de grandes hectáreas de bosques, flora y fauna. En definitiva, es la fuerza destructora del capital la principal causa del deterioro de la naturaleza. Ya desde el Marxismo clásico se ofrecen explicaciones para este fenómeno. Nos lo cuenta muy bien este artículo del medio La Izquierda Diario, que tomaremos como referencia a continuación. En su introducción ya se explica: "La crisis ecológica que viene sufriendo el planeta se expresa en la contaminación y en el agotamiento de los recursos. La contaminación del aire, del agua potable y del medio ambiente en general, han provocado el calentamiento del planeta, el derretimiento de los glaciares polares, la multiplicación de catástrofes naturales y la destrucción de la capa de ozono. Por otra parte, el agotamiento de los recursos ha generado la degradación de las condiciones del suelo, la deforestación y la destrucción de los bosques húmedos tropicales, y por lo mismo, su desertificación y reducción de la biodiversidad por la extinción de miles de especies. Las consecuencias ambientales no sólo son el resultado de la contaminación y el agotamiento de los recursos, sino también el resultado de los efectos que ha tenido la emigración de los trabajadores de las zonas productoras de materias primas en busca de trabajo en las zonas en desarrollo e industrializadas". 

 

Bien, el diagnóstico está más o menos bien trazado. Pero como decíamos, ya desde el Marxismo, a través de sus diferentes escritos, se establecen los vínculos entre el mundo social y el mundo natural. Karl Marx elaboró a partir de todo ello una concepción materialista-dialéctica de la naturaleza, que sirvió también para explicar su propio funcionamiento, así como nuestro encaje humano evolutivo dentro de la misma. Para ello tomó como base las aportaciones científicas de grandes sabios anteriores de la historia, como habían sido Epicuro, Liebig y Darwin. Ya Marx afirmaba en sus escritos: "El hombre vive de la naturaleza; esto quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe permanecer en un proceso continuo, a fin de no perecer. El hecho de que la vida física y espiritual del hombre depende de la naturaleza no significa otra cosa si no que la naturaleza se relaciona consigo misma, ya que el hombre es parte de la naturaleza". Marx por tanto no distinguía dicotomía alguna entre el ser humano y la naturaleza. También afirmó que la relación humana con la naturaleza está mediatizada no sólo a través de la producción, sino también por medio de las herramientas, que son producto de la transformación de la naturaleza por parte del hombre. En palabras de Marx: "El trabajo no es, pues, la fuente única y exclusiva de los valores de uso que produce, de la riqueza material. El trabajo es el padre de la riqueza, y la tierra la madre". Según el marxismo, en toda sociedad el trabajo es el momento de intercambio con la naturaleza, es la actividad con la cual el hombre se apropia de su entorno y lo transforma para satisfacer así sus necesidades básicas. 

 

Sin embargo, en el sistema capitalista, este proceso crea una separación del hombre con respecto a la naturaleza. Marx destaca que el trabajo alienado convierte a la naturaleza en algo extraño al hombre, en un "mundo ajeno", "hostilmente contrapuesto al trabajador". En este sentido, en la apropiación privada, existe una alienación respecto a la naturaleza donde los medios de vida y de trabajo no le pertenecen al trabajador, y se le presentan como objetos externos, es decir, "enajena al hombre de su propio cuerpo, de la naturaleza tal como existe fuera de él, de su esencia espiritual, y de su esencia humana". En tal sentido, la consumación de la alienación (en el modo de producción capitalista) se da a partir de la separación del campo y la ciudad, lo que provoca la despoblación rural y el hacinamiento urbano; y que por lo mismo, genera y representa la causa fundamental de la polución y la depredación, y el desmembramiento progresivo y radical de las fuentes de la producción de medios de vida y materias primas de los centros de consumo. En definitiva, viene a expresar la fractura del metabolismo social con la naturaleza. Y todo esto viene a demostrar que Marx no sólo investigó las consecuencias de la explotación capitalista sobre el trabajo humano, sino que también comprendió el daño que el latifundio capitalista provoca sobre la vitalidad del suelo. La gran industria y la gran agricultura explotada industrialmente actuarían como una unidad, una devastando la fuerza de trabajo y otra degradando la fuerza natural de la tierra. Marx planteó las bases para una sociedad futura e hizo alusión al comunismo como la "verdadera solución del conflicto que el hombre sostiene con la naturaleza y con el propio hombre". En cuanto superación positiva de la propiedad privada, el comunismo es, también, superación de la alienación del hombre con respecto a la naturaleza. Para Marx, la sociedad comunista "es la unidad esencial plena del hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección de la naturaleza, el naturalismo consumado del hombre y el humanismo consumado de la naturaleza".

 

Bajo el modo de producción capitalista, "la naturaleza se vuelve un puro objeto para el hombre, un puro asunto de utilidad, deja de ser reconocida como un poder para sí; e incluso el conocimiento teórico de sus leyes autónomas no aparece más que como un ardid que contempla someterla a las necesidades humanas, sea como objeto de consumo, sea como medio de producción". Marx, por tanto, ya observó y denunció con claridad el tratamiento dislocado que el hombre practicaba para con la naturaleza, en sus diversos escritos. Y a medida que el capitalismo entra en fases más agudas, desata sucesivas crisis, expone sus profundas contradicciones, y ahonda aún más en la explotación de los trabajadores y en la destrucción del medio ambiente, que son sus dos fuentes de riqueza. Está claro, por tanto, que necesitamos una superación del capitalismo si pretendemos valorar a la naturaleza en sus justos términos, dejar de expoliarla y someterla, y buscar otros modos de producción y de consumo que no se basen en la acción brutalmente depredadora del entorno natural. No obstante, la Ecología (o el Ecologismo, si se prefiere) no comenzó a tomar cartas de naturaleza propia hasta la segunda mitad del siglo XX. Concretamente, y siguiendo a Joaquim Sempere en su reciente artículo para la Revista Sin Permiso, apareció como corriente influyente en los Estados Unidos y en Europa occidental durante los años 60 del pasado siglo, al margen de las izquierdas tradicionales, y en particular del marxismo. De hecho, una gran parte de los activistas por el medio ambiente y de los ecologistas en general no se adscriben ni poseen conocimientos políticos a ese nivel. Al ecologismo le preocupa la agresión humana al medio ambiente, y como tal, fue planteada independientemente del eje izquierda-derecha. Como esta agresión afecta a todo el mundo, a todos los habitantes del planeta, hemos de presentarlo como un problema de la humanidad entera. 

 

Pero un sector del ecologismo fue más allá, identificándose con los postulados de izquierda, al comprender que la destrucción ambiental era un resultado evidente de la dinámica expansiva, colonizadora y destructora del propio capitalismo. A partir de aquí, estos ecologistas que así lo entendieron (que son hoy día mayoría), comprendieron también que el ecologismo debía ser anticapitalista. No valen medias tintas, aunque se haya desarrollado un cierto "Capitalismo Verde", que aboga por suavizar y concienciar la lógica capitalista para que su expolio natural sea el mínimo posible. Actualmente, es incluso el ecologismo el que está a la vanguardia de las propuestas evolutivas de la sociedad, pues las izquierdas clásicas se han quedado únicamente en los planteamientos tradicionales que no solucionan hoy día el terrible conflicto capital-planeta. Pero frente a los autores que critican la ignorancia o falta de sensibilidad ecologista en Marx (y también en su compañero Engels), hay que reivindicar justo lo contrario. Manuel Sacristán, uno de los mayores expertos, traductor de obras de Marx, fue el que mejor señaló la conciencia ecologista de éste. Como ejemplo, la observación de Marx según la cual el socialismo estaba destinado a establecer "la viabilidad ecológica de la especie humana" se hace explícita en el Libro III de El Capital, donde se caracteriza la sociedad sin clases, el comunismo, que supuestamente ha de suceder al capitalismo, no solo como una sociedad libre de explotación y de inseguridad, sino también como una sociedad en la que "los seres humanos regularán conscientemente su metabolismo con la naturaleza". Joaquím Sempere destaca que esta frase, que ha sido poco comentada por los lectores e intérpretes de El Capital, subraya hasta qué punto Marx fue consciente de la dimensión ecológica de la vida humana, del papel destructivo del capitalismo respecto a esta dimensión e incluso de la misión regeneradora que correspondería al socialismo en el futuro. Continuaremos en siguientes entregas.

 

 

Viñeta: Enrico Bertuccioli

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