El reto de gestionar cadáveres de ganado para conservar a los carroñeros

Buitres leonados comiendo.

 

En el año 2000 Parrula se convirtió en portada de los telediarios: era el primer caso confirmado en España de la enfermedad de las vacas locas. Todas las reses de la pequeña explotación gallega donde vivía fueron sacrificadas. Su destino fue el mismo que el de millones de vacas europeas incineradas desde que en 1986 se detectase por primera vez la encefalopatía espongiforme bovina (EEB) en el Reino Unido.

La EEB causó importantes pérdidas económicas en el sector ganadero, con costes también elevados en el ámbito de la sanidad animal. Pero las alarmas saltaron definitivamente en 1995, cuando se confirmó la primera muerte de una persona debida a una variante de la enfermedad degenerativa Creutzfeldt-Jakob. La causa parecía ser el consumo de carne de vacuno con EEB. Los animales se infectaban al alimentarse con harinas cárnicas elaboradas con restos de congéneres enfermos.

Entre las medidas puestas en marcha por las autoridades europeas, se creó una red de vigilancia epidemiológica y se estableció la retirada masiva de cadáveres de ganado del campo para prevenir la expansión de la enfermedad.

El campo se queda sin carroñas

En muchos países europeos como España, Portugal o Grecia la ganadería extensiva ha convivido durante siglos con la fauna silvestre. Los buitres destacan entre las especies más ligadas a la ganadería extensiva tradicional, dependiendo en gran medida para su alimentación de los cadáveres de ganado que muere en el campo.

La normativa sanitaria que obligaba a retirar las reses muertas fue rápidamente advertida como una amenaza para las poblaciones de buitres y otras especies de carroñeros facultativos como milanos, grandes águilas, osos y lobos, que, aunque no se alimentan exclusivamente de carroña, ésta representa una parte importante de su dieta.

Las consecuencias de la escasez de carroñas en el campo no tardaron en hacerse patentes. En España, que alberga las mayores poblaciones de buitres de Europa, empezaron a registrarse con cierta frecuencia comportamientos hasta entonces anecdóticos en especies como el buitre leonado, como alimentación en vertederos o incluso ataques a ganado vivo.

Integrando conservación y sanidad animal

La alarma social causada por los comportamientos inusuales de los buitres, la presión de colectivos conservacionistas y científicos y el incremento del control de la EEB en Europa, facilitaron la progresiva modificación de la normativa que obligaba a retirar los cadáveres de ganado del campo. Las primeras normas autorizaron el establecimiento de comederos vallados en los que depositar el ganado muerto para alimentar a las aves carroñeras.

No obstante, la falta de alimento parecía afectar también a mamíferos terrestres que no podían acceder a los comederos diseñados para buitres, milanos y águilas. Además, la concentración de comida en los puntos de alimentación suplementaria conlleva diversos problemas de conservación asociados a la predecibilidad del alimento.

Así las cosas, en 2009 llega el gran cambio: un nuevo reglamento europeo reconocía por primera vez la importancia de una gestión adecuada de las carroñas de ganado, que considere los patrones naturales de alimentación de las especies carroñeras.

En 2011, otra norma desarrolla el reglamento de 2009, estableciendo las condiciones para autorizar el abandono de carroñas de ganado en el campo. Se crean así las zonas de alimentación de necrófagas, donde el ganado muerto en régimen extensivo puede quedar en el campo para alimentar a las especies carroñeras.

Queda camino por recorrer

La nueva normativa europea ha supuesto un gran avance para integrar la conservación de las especies carroñeras en las políticas de sanidad animal. No obstante, algunos aspectos necesitan mejoras.

La falta de criterios claros y homogéneos para designar las zonas de alimentación de especies necrófagas ha dado lugar a una gran heterogeneidad territorial en la aplicación de la normativa. Mientras que países como Portugal o Grecia no han declarado ninguna zona de alimentación, Italia y Francia cuentan con ellas en regiones muy concretas. España ha declarado gran parte de su territorio como Zonas de Protección para la Alimentación de Especies Necrófagas (ZPAEN), desarrollando su propia normativa al respecto e incluyendo criterios adicionales.

Sin embargo, el uso por parte de las comunidades autónomas españolas de hasta ocho criterios diferentes para delimitar las zonas de alimentación puede afectar a la disponibilidad de alimento y, por tanto, a la conservación de las especies carroñeras. Por ejemplo, en Asturias, la superficie designada para alimentar a las aves carroñeras varió hasta un 72% dependiendo de los criterios usados. La designación de zonas de alimentación lo más extensas posibles, que reflejen así los patrones naturales de alimentación de especies, capaces de desplazarse decenas o incluso cientos de kilómetros, sería una buena alternativa.

Buitre leonado (Gyps fulvus) Pierre Dalous/Wikimedia, CC BY-SA

La selección de criterios homogéneos resulta fundamental también a la hora de estimar las necesidades de alimentación de los carroñeros. En Asturias, la cantidad de alimento requerido por las especies carroñeras objeto de protección varió hasta un 450% dependiendo del criterio utilizado. Considerar las abundancias poblacionales y los parámetros reproductores de las especies ayudaría a estimar de forma más precisa sus requerimientos tróficos.

No obstante, la gran incertidumbre asociada a estas estimas hace que los valores oscilen enormemente. Por ejemplo, las estimas de la cantidad de carroña que podría necesitar la población de buitre leonado en España oscilan entre 10.000 y 35.000 toneladas al año. Esta gran variación compromete la utilidad de realizar estimas de cara al seguimiento de la aplicación de la normativa de carroñas, que plantea comparar estas cifras con las de ganado muerto en el campo para valorar los riesgos asociados a que falte comida para la fauna silvestre o a que queden carroñas sin consumir.

Sería recomendable por lo tanto limitar el uso de las estimas a casos muy concretos, como la comparación de escenarios, y realizar el seguimiento de la normativa por otros medios, como el seguimiento de carroñas en el campo. Esto permitiría saber si las carroñas de ganado se consumen en más o menos tiempo, dónde y a qué especies benefician, aportando información sobre la ecología de carroñas y carroñeros y favoreciendo la colaboración entre los gestores medioambientales y sanitarios y los ganaderos. La Red Natura 2000 podría ser un punto de partida razonable para la puesta en marcha de dicho seguimiento.

Con las poblaciones de buitres y grandes carnívoros amenazadas en África y Asia, Europa se convierte en el principal bastión mundial para muchas especies necrófagas. Aunque en la última década se ha avanzado en la integración de la conservación de estas especies y la ganadería, todavía queda camino por recorrer para compaginar la conservación de la biodiversidad y el mantenimiento de la salud pública.

, Investigadora la Unidad Mixta de Investigación en Biodiversidad, Universidad de OviedoPatricia Mateo-Tomás no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Universidad de Oviedo aporta financiación como institución colaboradora de The Conversation ES.

Foto: Karel Bartik/Shutterstock

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