El 27 de septiembre en el contexto de la respuesta militarista a la crisis climática

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La crisis climática es, sin duda, el mayor reto que afrontaremos como humanidad en las próximas décadas. Ecosistema y sociedad conviven y se interrelacionan entre sí, de forma que es el resultado de las interacciones la que determina las condiciones de un futuro. Nunca en la historia habíamos llegado a modificar tanto nuestro entorno como para encontrarnos en un punto en el que el riesgo es global.

La crisis climática es, sin duda, el mayor reto que afrontaremos como humanidad en las próximas décadas. Si bien es cierto que podemos encontrar en la historia pequeños procesos de degradación regional que culminaron con la desaparición de distintas civilizaciones, desde las del Creciente fértil hasta alguna pequeña isla del Pacífico, nunca en la historia habíamos llegado a modificar tanto nuestro entorno como para encontrarnos en un punto en el que el riesgo es global. En apenas 150 años las concentraciones de carbono globales han pasado de 280 a más de 410 ppm (partes por millón), lo que se corresponde con concentraciones muy anteriores a la aparición del ser humano. Lo grave en sí no es la concentración, sino la rapidez del cambio, velocidad que impide a los ecosistemas adaptarse a las nuevas condiciones ambientales y provocará la desaparición de muchos de ellos. Ecosistema y sociedad conviven y se interrelacionan entre sí, de forma que es el resultado de las interacciones la que determina las condiciones de un futuro.

El informe del IPCC  es especialmente claro en cómo las consecuencias del cambio climático que nuestro modelo económico ha generado impactará con mayor gravedad sobre comunidades que se encuentran enormemente presionadas por sus circunstancias sociales y ambientales. Una afección directa a numerosas comunidades africanas donde el estrés hídrico se acentuará enormemente provocando enormes movimientos internos y competencia por los recursos en países ya de por si frágiles, unas consecuencias que serán más graves cuanto mayor sea el incremento de la temperatura global. Así, por ejemplo, el medio grado de diferencia entre un calentamiento global de 1,5ºC frente a 2ºC es el que determinará que se pierdan de 1,5 a 3 millones de toneladas de pesca o que el riesgo de inundaciones catastróficas afecte a mil millones de personas más. Son solo dos ejemplos de cómo la alteración que ya se está produciendo tiene una relación directa en el incremento de la conflictividad y de la guerra por los recursos.

Aunque es obvia la relación directa entre la pérdida de recursos y el incremento de las tensiones bélicas asociadas a los flujos migratorios, existen relaciones más íntimas entre clima y militarización. Del mismo modo que las consecuencias del cambio climático afectan especialmente a muchos países poco responsables de las emisiones históricas, también les impactan las soluciones propuestas. La huida hacia delante del capitalismo verde está incrementando la presión en muchas comunidades que ven cómo la creciente sed de minerales para algunas de estas aplicaciones energéticas pone en riesgo muchos de sus ecosistemas. Si bien es cierta la necesidad de estas tecnologías, la falta de planificación, la inexistencia de mecanismos efectivos de garantías de los derechos humanos y un mercado globalizado están poniendo en riesgo la transición energética en todo el planeta y favoreciendo a milicias y grandes caciques regionales.

Pero además, aparece con fuerza en los últimos años un nuevo concepto de securitización climática mediante el cual numerosos países e intereses están protegiendo importantes nichos de poder, desde el desarrollo de importantes tecnologías clave para la transición energética, que permanecen bajo el control de grandes empresas de seguridad, hasta la cada vez mayor militarización de las fronteras, pasando por el acaparamiento de tierras por todo el planeta. Mientras, el número de personas expulsadas del sistema crece exponencialmente y la única respuesta que reciben es un incremento de los sistemas de control social con la coartada de la imprescindible necesidad de seguridad, seguridad de la que, naturalmente, se siguen extrayendo beneficios. No podría ser de otro modo, y el discurso del capitalismo verde llega también a este ámbito de la creciente militarización social y nos obsequia con uno de los máximos exponentes de su infamia como es la fabricación de armamento sostenible: vehículos blindados con menores emisiones de carbono, balas bajas en plomo o cohetes con menos tóxicos.

En palabras de Santiago Álvarez, director de FUHEM Ecosocial:

“los efectos del calentamiento global son contemplados como riesgos políticos y de seguridad nacional desde el prisma exclusivo de los intereses dominantes en cada país.
 

De ahí que la adaptación militarizada al cambio climático no signifique otra cosa que la respuesta a esas amenazas con ejércitos y fuerzas de seguridad privadas con la doble misión de fortificar archipiélagos de prosperidad en medio de océanos de miseria y expulsar de sus hábitats a una fracción de la humanidad calificada de sobrante o prescindible”.

Desde el inicio de las negociaciones climáticas, muchos pequeños estados insulares del Pacífico denunciaron que la inacción de los gobiernos podría salirles muy cara. Comunidades como las de Vanuatu de forma constante han recordado que es su vida y su cultura la que está en juego. Pero quizá ya sea demasiado tarde, muchas de estas pequeñas islas están comenzando a desaparecer, la reubicación de todos esos pueblos se hace imprescindible y las reticencias de los países a acoger personas desplazadas como consecuencia de los actos del Norte global van en incremento. El tiempo de actuar se agota, apenas quedan once años para frenar la emergencia climática. Una frágil combinación que sitúa la década de 2020 como un nuevo punto de inflexión social. ¿Seremos capaces de lograr un sistema justo y en consonancia con los límites planetarios? O por el contrario ¿volverán a ganar la batalla los grandes poderes utilizando para ello cualquier vía a su alcance?

El próximo 27 de septiembre  no podemos permanecer callados frente a la injusticia, frente a un mundo que se dirige de forma constante a excluir cada vez a más personas, en un rumbo que de no frenarse llevará a un incremento de los conflictos y de la violencia ante la escasez de recursos. Este 27 de septiembre es el momento de un despertar colectivo que ponga en el centro la lucha contra el cambio climático como forma de poner freno al incremento de las injusticias que se verán incrementadas si no afrontamos la emergencia climática.
FRENTE A LA EMERGENCIA, TODAS POR EL CLIMA.

Mar R. Gimena / Javier Andaluz, Asamblea Antimilitarista de Madrid / Ecologistas en Acción

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