Libre-comercio y proteccionismo, dos caras de la misma moneda

 

El anuncio de Trump sobre la instauración de aranceles, aplicados a las importaciones de acero y aluminio, reactivó la polémica sobre el proteccionismo. En los medios económicos autorizados o patronales, algunos amenazan con una guerra comercial y reivindican medidas de retorsión por parte de la UE. No son los únicos, ciertos partidos y sindicatos de izquierda también apelan a esas medidas proteccionistas.

Según las épocas, la correlación de fuerza, los sectores económicos y los países, los capitalistas pueden, alternativamente, estar a favor del libre intercambio o a favor del proteccionismo. Generalmente, cuando se encuentran en una situación de potencia o capaces de producir a un precio inferior al de sus competidores, los capitalistas son partidarios de la libre circulación de mercancías. Sin embargo, cuando están en una situación de debilidad y son menos competitivos, intentan proteger su mercado interno imponiendo aranceles aduaneros.

Durante un periodo importante del siglo XIX, los hegemónicos líderes de la industria británica eran partidarios del libre-comercio enfrentándose así a sus competidores franceses, alemanes y principalmente estadounidenses. Esa política aduanera desató, en Manchester, un pulso entre sus líderes industriales y sus terratenientes oponiéndose éstos últimos a esa política, con objeto de obstaculizar las importaciones cerealistas y proteger así su monopolio interior.

Como siempre, cada facción de la burguesía pretendiendo que sus intereses particulares se confundían con los intereses generales del conjunto de la población. Los partidarios del libre-comercio erigiéndose en defensores del poder adquisitivo de los trabajadores mientras que los defensores del proteccionismo invocaban, ya en la época, la defensa de los empleos.

El joven movimiento obrero naciente, personificado por los Cartistas, aprovechaba la efervescencia política que agitaba el país para anteponer los intereses de clase de los trabajadores, sin dejarse enrolar por ninguno de los dos campos antagónicos burgueses. En ese debate, Marx, criticaba los dos campos, no obstante, proyectándose en el futuro, reflexionaba sobre lo que agudizaría las contradicciones del capitalismo favoreciendo así el fortalecimiento numérico y social del proletariado.

“En general, el sistema proteccionista es en nuestros días conservador, mientras que el sistema del libre cambio es destructor. Corroe las viejas nacionalidades y lleva al extremo el antagonismo entre la burguesía y el proletariado. En una palabra, el sistema de la libertad de comercio acelera la revolución social. Y solo en ese sentido revolucionario, yo voto, señores, a favor del libre cambio.” Discurso sobre el libre cambio pronunciado por C. Marx en 1848.

Durante mucho tiempo, los Estados Unidos han practicado el proteccionismo para asegurar una posición monopolista a su industria – en pleno desarrollo – frente a la industria europea. Una vez conquistado el título de primeria potencia imperialista, después de la Segunda Guerra mundial, los Estados Unidos se convirtieron en los acérrimos partidarios del libre-comercio, asignándose como objetivo derribar los aranceles aduaneros – o cuotas de importación – detrás de los que se atrincheraban las burguesías europeas para proteger sus mercados interiores y coloniales.

Además del libre acceso a todos los mercados protegidos, Estados Unidos presionó para que los países europeos unificaran sus normas técnicas o de sanidad con el objetivo de poder vender sus mercancías en un mercado lo menos compartimentado posible. Estas presiones estadounidenses, el papel preponderante del dólar en el comercio mundial y sobretodo el formidable desarrollo de las transacciones internacionales, aceleraron la creación de zonas de libre-comercio. La creación de estas zonas ha sido el pistoletazo de salida para las interminables negociaciones entre diferentes facciones capitalistas.

Realmente, en todas las épocas, los Estados han compaginado las dos políticas simultáneamente según qué sectores económicos y en función de sus copartícipes comerciales. Medidas proteccionistas y acuerdos comerciales, son dos armas complementarias utilizadas por los Estados en la guerra comercial permanente que opone los capitalistas entre ellos, cada uno de ellos defendiendo sus propios intereses.

Los intercambios comerciales ni son libres ni equitativos, están regidos por la ley del más fuerte. Los tratados internacionales como el Tafta o el Ceta, establecen una correlación de fuerza, en un momento dado, entre diferentes facciones capitalistas y poca cosa tienen que ver directamente con el paro o la desindustrialización. Los verdaderos responsables del paro y la desindustrialización son los componentes de esas facciones, que con tal de conservar sus privilegios y preponderancia sobre sus competidores, cuando las ganancias disminuyen, no tienen reparo en imponer a las clases populares sufrimiento y más sufrimiento.

La mundialización – globalización, según el nuevo vocabulario queriendo acreditar que lo vivido hoy no tiene nada que ver con lo vivido ayer –  de la economía es consubstancial al capitalismo. Es la mundialización precoz del capitalismo mercantil – con su séquito de pillajes y explotación – quien ha permitido la acumulación inicial de capitales y la revolución industrial. Las crisis cíclicas, el paro masivo y la división de los trabajadores fomentada por la burguesía para oponer unos a otros, tienen la misma edad que la dicha revolución industrial.    

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