Inversión, gasto público y keynesianismo izquierdista

Marxismo & Economía

 

Días atrás un lector del blog me pidió opinión acerca de “La falacia de la escasez”, una nota de Claudio Scaletta publicada en Página 12 el19/08/18 (véase https://www.pagina12.com.ar/136169-la-falacia-de-la-escasez). La idea central del artículo es que se puede sostener la demanda mediante el crédito bancario y el gasto estatal financiado con emisión monetaria.

Si bien en otras entradas ya critiqué estas ideas, vale la pena ampliar los argumentos y refrescar algunos conceptos. Pero con el objetivo de hacer una crítica “interna” al planteo de Scaletta, en lo que sigue intentaré demostrar que lo suyo es insostenible incluso desde el punto de vista de la teoría de Keynes. Empiezo presentando su argumento.

Inversión, ahorro y gasto público, según Scaletta

Según Scaletta, el keynesianismo no solo afirma que el gasto público puede complementar la demanda, sino también sostiene que no hace falta ahorrar antes de invertir, ya que la inversión es la que determina el ahorro. Para explicar cómo es esto, hace la analogía con el crédito bancario. Escribe: “Cuando un banco acredita un préstamo a un cliente, no se fija si horas antes por ventanilla entraron depósitos por un valor similar. En el momento de la acreditación del préstamo el banco “crea dinero” del que sólo debe tener, por regulación, el porcentaje del encaje que le exige el Banco Central. Esa creación de dinero crea demanda en el mercado, demanda que impulsa la actividad económica”.

Y a partir de aquí “demuestra” que la misma lógica se aplicaría al Estado: “Al Estado le alcanza con crear instrumentos monetarios que, cuando se gastan crean demanda e impulsan la producción. Si realmente se quiere reducir el déficit de las cuentas públicas (aunque el Estado no debería tener objetivos de caja, sino de regulación del ciclo, el superávit fiscal carece de sentido para un Estado que puede imprimir dinero) se debe aumentar el gasto, no reducirlo. ¿Parece raro, no? Este gasto hará crecer el PIB y con él la recaudación”.

O sea, con los bancos otorgando créditos y el Estado creando “instrumentos monetarios” (¿por qué no decir directamente “dinero”?), se acabarían los problemas de demanda en el sistema capitalismo. En particular, se podrían eliminar el desempleo y las crisis periódicas (o atenuarlas decisivamente).

La inversión y el ahorro en Keynes

Empecemos diciendo que, efectivamente, en la Teoría general Keynes sostuvo que la inversión tiene primacía sobre el ahorro. Tengamos presente que en el planteo neoclásico el ingreso normalmente se encuentra cercano al pleno uso de recursos (provisto que los mercados siempre ajusten por precios); del ingreso derivan el consumo y el ahorro; y el ahorro fluye, a través del sistema financiero, hacia la inversión. De manera que la inversión es la consecuencia de la decisión de ahorrar. Por eso, el ahorro es el elemento activo y la inversión el pasivo.

En Keynes, en cambio, por lo general no hay pleno uso de los recursos (por ejemplo, porque existe desocupación no voluntaria). Y la inversión es el factor decisivo, en tanto el ahorro es el factor pasivo. Es que, según Keynes, un aumento de la inversión aumenta el ingreso, por el efecto multiplicador; lo cual genera un aumento del ahorro, que depende del ingreso; y este aumento del ahorro permite financiar la inversión. Keynes resume esta idea: “El análisis tradicional ha advertido que el ahorro depende del ingreso, pero ha descuidado el hecho de que este depende de la inversión, en tal forma que, cuando esta cambia, el ingreso debe cambiar necesariamente en el grado precisamente necesario para hacer que la variación en el aho­rro sea igual a la de la inversión” (Keynes, 1986, p. 165).

De manera que hasta aquí, el planteo de Scaletta sigue el análisis de Keynes sobre la relación entre inversión y ahorro. Sin embargo, esto no alcanza para sostener que basta con estimular la demanda para que haya inversión. Es que la cuestión clave, que Scaletta pasa por alto, son los determinantes de la inversión.

Los determinantes de la inversión

Según Keynes, la inversión está determinada por la eficiencia marginal del capital y la tasa de interés. La eficiencia marginal del capital es definida por la relación entre el rendimiento probable de un bien de capital (en términos marxistas, de un medio de producción) y su costo. O sea, según Keynes, la eficiencia marginal del capital no depende solo de la demanda esperada, sino también de los costos del capital. Ya este simple hecho nos muestra que, siempre según Keynes, no siempre  basta con estimular la demanda (de la manera que sea) para que exista la inversión. Por ejemplo, el capitalista puede no invertir si considera que los costos del capital son elevados. Recordemos, después de todo, que Keynes pensaba que a largo plazo esos costos tendían a aumentar, y que esto ejercía una presión bajista sobre la eficiencia marginal del capital (estaba convencido también de que detrás de la crisis de los 1930 estaba la caída, de largo plazo, de la eficiencia marginal del capital).

En el mismo sentido, Keynes también advirtió que, por ejemplo, un aumento del gasto público destinado a reanimar la economía, podía elevar las tasas de interés y los precios de los bienes de capital, lo cual afectaría negativamente a los inversionistas privados. Y planteó que los programas gubernamentales de estímu­lo del gasto podían generar desconfianza, aumentar la preferencia por la liquidez o disminuir la eficiencia marginal del capital, y por lo tanto retardar las inversiones (véase Keynes, 1986, capítulo 10). En otro pasaje, y refiriéndose al clima general de negocios y su influencia en las evaluaciones de la eficiencia marginal del capital, escribió: “[…] no solo se exagera la importancia de las depresiones y retrocesos, sino que la prosperidad económica depende excesivamente del ambiente político y social que agrada al tipo medio del hombre de negocios. Si el temor de un gobierno laborista o de un New Deal deprime la “empresa”, esto no tiene que ser necesariamente resultado de un cálculo razonable o de una conspiración con finalidades políticas; es simple consecuencia de trastornar el delicado equilibrio del optimismo espontáneo. Al calcular las posibilidades de inversión debemos tener en cuenta, por tanto, los nervios y la histeria, y aun la digestión o reacciones frente al estado del tiempo, de aquellos de cuya actividad espontánea depende principalmente” (1986, p. 148).

Esto es, el New Deal, que comúnmente se cita como ejemplo de la “polí­tica keynesiana” por excelencia, podía perjudicar, según Keynes, a las inversiones si no inspiraba confianza en los que empresarios. Los marxistas decimos que se trata de las condiciones sociales y políticas de la explotación del trabajo. En cualquiera de los casos, es imposible pasar por alto lo que algunos han llamado “la estructura social de la acumulación” (ver aquí) a la hora de analizar las inversiones. Como puede verse, estamos lejos de la idea de que las complejidades asociadas a la inversión pueden superarse con el simple recurso de emitir dinero.

Una precisión sobre el ahorro

Precisemos también que de lo explicado más arriba no debiera deducirse que, según Keynes, el ahorro fluirá siempre a la inversión. Es que en determinadas circunstancias –por ejemplo, por incertidumbre acerca de la eficiencia marginal del capital- el ahorro podía permanecer en cash, en dinero. Es lo que llamaba preferencia por la liquidez, y fue uno de sus principales argumentos contra la ley de Say. Una cuestión que no es menor en Argentina, ya que una parte sustancial del excedente (esto es, de la plusvalía, en términos marxistas) se mantiene en cuentas en paraísos fiscales, bancos extranjeros y propiedad inmobiliaria en el exterior. O se invierte en tierras, en Argentina, que es otra forma de atesoramiento. Aquí el problema no es entonces de “escasez de ahorro”, sino, de nuevo, de las decisiones de invertir (de acumular capital con vistas a producir plusvalía, en términos de Marx), que están en manos de los capitalistas.

“Socializar las inversiones”

Lo desarrollado hasta aquí explica también por qué, ante las dificultades que presenta la inversión, en el último capítulo de la Teoría general Keynes sostuviera que “una socialización bastante completa de las inversiones será el único medio de aproximarse a la ocupación plena” (1986, pp. 332-333). Y antes había expresado su esperanza de que el Estado asumiera  una responsabilidad “cada vez mayor en la orga­nización de las inversiones”, ya que tendría la facultad de “calcular la eficiencia marginal de los bienes de capital a largo plazo sobre la base de la conveniencia social general” (1986, p. 149). Pero un Estado calculando “la eficiencia del capital en base a la conveniencia social general” cuestionaría las bases del sistema capitalista. Llegamos así a los límites de las posibilidades del keynesianismo dentro de un sistema capitalista. Límites que, por supuesto, ni siquiera roza el keynesianismo local.

Crédito bancario y trabajo productivo

En notas anteriores critiqué la idea de la Teoría Monetaria Moderna – que parece compartir Scaletta- de que la demanda puede mantenerse imprimiendo billetes (véase aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí). Por eso, ahora solo enfatizo que el problema central del desarrollo es la generación de valor y riqueza, y que esto no puede ser superado mediante el simple recurso de otorgar créditos bancarios. En este respecto, Scaletta dice que al momento de otorgar el crédito el banco no se fija “si horas antes por ventanilla entraron depósitos por un valor similar”. Aceptemos que sea así (aunque la capacidad de préstamo del banco no es ilimitada, ya que existen, por lo menos, restricciones por el lado del capital bancario). Pero esto no significa que el banco no analice cuidadosamente cómo y a quién otorga el crédito. Es que el banco debe asegurarse que el crédito le sea devuelto, además de que se le paguen los intereses. Lo cual nos lleva a la creación de valor y plusvalía, o sea, al trabajo productivo.

Esto es, si el banco permite a una empresa girar en descubierto, o le abre una cuenta, crea dinero bancario. Pero el circuito cierra solo si la empresa devuelve el crédito. Por eso, los trabajadores de la empresa deberán producir valor y plusvalor. De la misma manera, si se trata de un crédito al consumo, el banco exige que el prestatario tenga ingresos suficientes para devolver el préstamo. ¿De dónde saca  entonces Scaletta que basta estimular el crédito bancario para que haya crecimiento del producto? La realidad es que si alguien demanda un bien, algún otro debe de haberlo producido. Y el bien demandado tiene que pagarse con valor generado en algún lado. Es el colmo del utopismo  pensar que la realización general de los valores puede garantizarse otorgando créditos bancarios, sin hacer referencia a la producción.

Gasto estatal y keynesianismo bastardo

Algo similar a lo explicado en el punto anterior se aplica al gasto estatal. Ya he tratado la cuestión en respuesta a Eduardo Garzón (aquí). Aquí enfatizo que es imposible sostener la demanda solo con gasto en trabajo improductivo. Ni mediante déficit fiscal permanente. De hecho, Keynes no sostuvo tal cosa, como han explicado varios poskeynesianos.

Así, Kregel (1985) planteó que Keynes no propuso déficits gubernamentales como parte de su política de pleno empleo. Por el con­trario, cuando fue funcionario del Tesoro, en la década de 1940, aconsejó separar los ítems del gasto de capital y de los gastos corrientes. Los gastos públicos de inversión aparecerían en el presupuesto de capital y serían financiados con deuda o con el cobro de servicios a los usuarios. Y el presupuesto ordinario, si se mantenía el pleno empleo, debería estar equi­librado en el largo plazo, de manera que la deuda pública bajara en térmi­nos del ingreso nacional. Los déficits, según Keynes, eran el resultado del fracaso de las políticas destinadas a sostener el pleno empleo, más que un remedio al desempleo durante una recesión. Por eso en la Teoría general solo contempló la posibilidad de déficit en el caso de que disminuyera el empleo y el gobierno debiera incurrir en mayores gastos sociales. Kregel afirma que el objetivo era estabilizar la inversión en el largo plazo, y que Keynes era escéptico acerca de la eficacia de las medidas destinadas a estimular el consumo de corto plazo.

Seccareccia (1995), por su parte, señala que Keynes ponía el acento en la composición del gasto. La propuesta de socializar la inversión, contenida en la Teoría general, se inscribía en este marco. En la década de 1940 propuso que el National Investment Board, que tenía como objetivo lograr el pleno empleo, controlara una parte importante entre dos tercios y tres cuartosdel flujo de inversión disponible. Sería una especie de banco público de inversión. Keynes pensaba que en períodos de alto crecimiento los gobiernos deberían tener superávit fiscal en el presupuesto corriente, y que estos excedentes debían ser trasladados al presupuesto de capital, de manera de ir reemplazando el peso muerto de la deuda por deuda productiva o semiproductiva. Por esta vía se sociali­zaría gradualmente una creciente porción de la economía, y la inversión pública sería productiva. Seccareccia señala que las políticas keynesianas usuales, en cambio, hacen hincapié en el nivel neto de la inversión pública, sin importar su composición.

Brown-Collier y Collier (1995) también afirman que la política de Keynes para promover el pleno empleo y reducir las fluctuaciones pasaba por la socialización de la inversión. Citan asimismo la explícita oposición de Keynes a “recaudar menos impuestos que el gasto corriente estatal que no es de capital como un medio de estimular el consumo” (1995, p. 343). La única excepción era con referencia a las contribuciones de la seguridad social. Keynes consideraba que los déficits eran el resultado de la baja de los ingresos debida a la caída de la actividad económica, y que la mejor manera de evitarlos era compensar las fluctuaciones de la inversión privada con cambios diseñados en la inversión pública (Brown-Collier y Collier, 1995, p. 344).

No “vendan humo”

En esta nota hemos demostrado que, incluso bajo las premisas de Keynes, no tiene sentido decir que para sostener la demanda basta emitir dinero para financiar gasto estatal y otorgar créditos bancarios. Esto sin entrar a considerar siquiera las diferencias más esenciales –el tema de la explotación del trabajo en primer lugar- entre el marxismo y el keynesianismo “progre criollo”. Por eso, termino este texto repitiendo lo que dije en ocasión de la crítica a la Teoría Monetaria Moderna: “están vendiendo humo”, o sea, haciendo promesas falsas.

La realidad es que los males del capitalismo –las crisis, la desocupación, la miseria y la indigencia- no se arreglan imprimiendo papelitos, o imaginando absurdas ingenierías bancarias. Así, por ejemplo, la inversión en los años de gobierno “keynesiano K” se mantuvo débil, y no hubo incremento del gasto estatal, ni de la emisión monetaria, que solucionara el asunto. Como tampoco el gasto estatal y la emisión monetaria impidieron que creciera el déficit de cuenta corriente; que la pobreza se estancara a niveles elevados cuando se frenó el ciclo alcista de los precios de las materias primas; que se mantuviera el extendido trabajo precarizado y en negro; o que la provincia de Santa Cruz (cuna del “modelo K”) terminara fundida. No hay que dejarse engañar con promesas carentes de base científica. La realidad es que, si queremos eliminar el desempleo y las crisis capitalistas, es necesario encarar transformaciones sociales de raíz. Esto hay que decirlo. Hay que impedir que la justa bronca social contra el gobierno de Cambiemos sea canalizada, una vez más, a la vía muerta de la frustración y el desánimo de las masas trabajadoras.

Textos citados:
Brown-Collier, E. K. y B. E. Collier (1995): “What Keynes Really Said About Deficit Spending”, Journal of Post-Keynesian Economics, vol. 3, pp. 341-355.
Keynes, J. M. (1986): Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, FCE.
Kregel, J. A. (1985); “Budget Deficits, Stabilization Policy and Liquidity Prefe­rence: Keynes’s Post-War Policy Proposals”, en F. Vicarelli (ed.), Keynes’s Relevance Today, Londres, Macmillan, pp. 28-50.
Seccareccia, M. (1995): “Keynesianism and Public Investment: A Left-Keynesian Perspective on the Role of Government and Expenditures and Debt”, Studies in Political Economy, vol. 46, pp. 43-78.

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