La Banca, un parásito que necesita tratamiento de choque

Ni un céntimo escapa a sus garras electrónicas, sueldos, pensiones, recibos, transferencias, regalos, hipotecas, cuentas corrientes sin remunerar, planes de jubilación, préstamos, seguros, en fin, todo lo que tenga precio aunque no posea valor

En principio parece claro que todo el mundo sabe lo que es un banco, incluso yo. Pero a poco que te pones a escarbar sobre la cuestión resulta que el vocablo tiene muchas acepciones y significados diferentes. Es probable que al pronunciar la palabra banco, al oírla, pensemos automáticamente en ese lugar donde se guarda el dinero, donde siempre se debe o se teme algo. Sin embargo, para dejar las cosas claras y a cada cual en su sitio es preciso que desgranemos un poco la mazorca.

En primer lugar, es necesario saber que el vocablo tiene sexo, que existen bancos y bancas, lo mismo que hombres y mujeres, animales y animalas. El banco, en su sentido más primitivo, proviene de la palabra alemana bank, y era un asiento tosco, hecho a mano, donde se podían sentar varias personas a la vez. Normalmente habitaba en las tabernas, figones y casas de comidas al lado de mesas de amplios tablones y gentes de mal vivir. También, por aquel tiempo, era el lugar destinado al asiento de los galeotes que remaban en los barcos contra su voluntad hacia tierras conocidas o ignotas, en esta acepción también llamado bancada, cuando los remeros lo eran a sueldo o parte. Una banca, sin embargo, era un asiento sin respaldo más pequeño, vamos, una especie de banqueta, de carácter casero, más íntimo, menos mundano, más cohibido y familiar. Con el tiempo el término perdió el sexo y lo mismo daba hablar de banco que de banca, pues o bien era un lugar para sentarse situado en parques o en espacios públicos, o bien esa pieza básica y despiadada del Mercado donde alguien guarda el dinero de la Humanidad y lo hace rular dependiendo del origen y destino de los vientos pero siempre contra el interés general. A pesar del carácter “taumatúrgico y filantrópico” de este último significado, uno siente bastante más aprecio por el otro, tan ligado al otoño, a las hojas caídas de los árboles durmientes, al descanso de los viejos y cansados caminantes, al placer de mirar al paseante, a la lectura del periódico. El banco callejero, el banco público, el banco humilde, preferentemente de madera, es un objeto con alma, altruista en el más amplio sentido de la palabra, fiel y bondadoso: Siempre está en el mismo sitio, paciente, aguantando tus malos humores, tus impertinencias, tus olores, tus besos y manoseos, sin rechistar, sin pedir nada a cambio. Sólo el paso del tiempo, la incuria o algún gamberro inoportuno pueden acabar con el inmenso amor que, a diario, reparte a quién se le arrima.

El banco monetario, en su principio más conocido por banca -que más tarde pasaría a ser una especie de banco pequeño y familiar-, hunde sus orígenes en las asociaciones de comerciantes hanseáticos e italianos, cuando el dinero valía lo mismo que el metal del que estaba hecho. Cuenta el gran historiador C. M. Cipolla, que en aquellos tiempos una de las formas de sacar una ganancia suplementaria a la legalmente establecida entre depositante y depositario, consistía en raspar o limar las orillas de las monedas, sobre todo de oro, para arrancarles unas briznas del preciado metal, llegando años después a establecerse controles de peso y quilataje para intentar evitar el gato por liebre. Algunos historiadores ligan el desarrollo de la banca entre los siglos XIII al XVI al predominio que sobre ella tuvieron los judíos, pueblo deicida sobre el que caería la furia del populacho en momentos de vacas flacas o calamidades.

En la actualidad los bancos son fundamentales para el buen orden del sistema económico que nos aflige. Por ellos pasa absolutamente todo el flujo económico que corre, como las aguas subálveas, bajo los pies de la humanidad. Ni un céntimo escapa a sus garras electrónicas, sueldos, pensiones, recibos, transferencias, regalos, hipotecas, cuentas corrientes sin remunerar, planes de jubilación, préstamos, seguros, en fin, todo lo que tenga precio aunque no posea valor, todo por lo que luchan la inmensa mayoría de personas que conocemos y nos conocen. El dinero que tienen los bancos y que no les pertenece se ha convertido, gracias a la tecnología, en invisible; las oficinas, de frío, feo y funcional diseño, han prescindido, en gran parte, del elemento humano, por tanto de cuantioso gasto: despobladas de personal, todo depende de la máquina de turno y de la paciencia del que espera en la cola para materializar su patrimonio invisible o evanescer mediante ingreso el que lleva en los bolsillos.

La jugada empezó hace ya muchos años. Se fueron eliminando los cobradores de la luz a domicilio, los del teléfono y otros servicios, recomendando primero y obligando después, a domiciliar los pagos en una determinada entidad bancaria. Después se instalaron los cajeros automáticos, la banca por teléfono e internet, siempre como un beneficio para el incauto y confiado cliente. De modo que hoy, la banca, entendida ahora como el conjunto de todos los operadores bancarios, ha disminuido drásticamente el número de empleados que tenía, buena parte de ellos mediante planes de jubilación anticipada; ha dejado de remunerar los depósitos que guarda y, después de esa enorme reducción de gastos, comienza a cobrar por el uso de las máquinas y por todos y cada uno de los pagos que hace con nuestro dinero invisible, incluso por custodiar nuestra estimada cuenta: treinta euros por semestre. 

El dinero ahorrado en esa continua reconversión se ha empleado en invertir en la compra del patrimonio nacional privatizado -normalmente servicios públicos en régimen cuasi monopolístico- y el círculo ha terminado por cerrarse, pues la mayor parte de nuestros ingresos van a sus manos sin salir de ellas. Si a todo eso añadimos que desde el comienzo de la crisis-estafa, los bancos -que fueron los principales causantes de la misma con sus revalorizaciones hipotecarias y sus créditos irresponsables- han recibido del Estado Español, es decir de cada uno de nosotros, más de sesenta mil millones de euros, que prestan poco y muy caro, que desahucian a destajo a personas empobrecidas por la crisis por ellos creada, que en la actualidad viven de sangrar al propio Estado mediante la compra de deuda pública con la que negocian y especulan, convendremos que son unos terribles parásitos de todos nosotros, y que ni siquiera dentro de un sistema explotador e inhumano cumplen con la misión que les fue encomendada, que no es otra que la de prestar dinero en condiciones justas. Si además, como hemos comprobado durante estas dos últimas semanas, sabemos que están por encima de la ley, que la ley para ellos es un papel mojado, que son capaces de someter a todos los poderes sin que pase nada, no nos queda más remedio que pedir su inmediata nacionalización para acabar de una vez por todas con sus conductas intolerables y ponerla al servicio de los ciudadanos y del desarrollo económico y social del país. Por eso, después del terrible golpe asestado a la democracia tras la insólita revisión de sentencia firme realizada por el tribunal supremo -me niego a poner mayúsculas mientras no se haga una depuración total de elementos indeseables-, cada vez que oigo los sueldos imposibles que ganan los jefes de la banca y sus lacayos por parasitar del país y los miles de millones de beneficios que anuncian cada semestre, arriesgando nada al tener al Estado a su servicio, siento un gran regocijo y me pongo a cantar gloriosos himnos henchido de patriótica emoción y envuelto en todas las banderas de la piel de toro. ¡¡¡Olé, olé y olé!!!

https://www.nuevatribuna.es/opinion/pedro-luis-angosto/banca-parasito-necesita-tratamiento-choque/20181108181437157291.html

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