Los que se quedan atrás

La educación obligatoria culmina en las elevadísimas tasas de fracaso (30%) al final de la ESO. Cuanto más se utiliza la repetición para gestionar el bajo rendimiento de los estudiantes, más baja el rendimiento

 

Público


El 42% de los estudiantes españoles de 15 años están en un curso inferior al que les corresponde en función de su edad. La repetición de cursos en la educación obligatoria es un fenómeno muy extendido y, además, cada vez más frecuente: hace diez años el porcentaje de estudiantes que habían repetido algún curso era del 35%, siete puntos por debajo del nivel actual. Se trata, además, de un fenómeno característicamente masculino, ya que afecta al 48% de los chicos y únicamente al 36% de las chicas.

 

Estas cifras nos están señalando dos cosas. Por una parte, el problema, ya conocido, del bajo rendimiento de diversos grupos de estudiantes en la educación obligatoria, problema que culmina en las elevadísimas tasas de fracaso escolar que encontramos al final de la ESO (en torno al 30%). Por otra parte, el tipo de respuesta que con mucha frecuencia se da a los problemas de rendimiento en nuestro sistema educativo, centrada en la repetición.

 

La idoneidad de esta respuesta sigue generando una intensa controversia, aunque a medida que pasan los años va ganando terreno la convicción de que su eficacia de cara a recuperar a los estudiantes y conducirlos a una senda de éxito escolar es muy reducida. La evidencia que se va acumulando señala claramente en este sentido. Cuanto más se utiliza la repetición para gestionar el bajo rendimiento de los estudiantes, más baja el rendimiento; esto sucede tanto si observamos el problema desde el punto de vista individual como si lo hacemos desde el punto de vista de sistemas educativos agregados. La evidencia a la que me refiero ha llevado a que la OCDE, en su documento “No más fracasos: diez pasos para la equidad en educación” plantee, como uno de esos diez pasos, “identificar y proporcionar ayuda sistemática a los estudiantes que se quedan atrás en la escuela y reducir la repetición de cursos”.

 

Merece la pena reflexionar acerca de los procesos e intereses que conducen a mantener (e incluso intensificar) la repetición cuando conocemos su falta de eficacia. Es posible que estén influyendo factores como los intereses de los maestros y maestras en el corto plazo, o la dificultad para proporcionar, como recomienda la OCDE, “ayuda sistemática” a los estudiantes en riesgo. Es posible, también, que en ocasiones se hayan impuesto visiones reduccionistas y desenfocadas de la “cultura del esfuerzo”. En todo caso, la repetición es un recurso simple, aparentemente barato (cuando no se tienen en cuenta todos los costes) y sus posibles consecuencias negativas no son visibles. Candidato ideal, pues, para generar adicción entre algunos profesionales de la educación.

 

Las alternativas a la repetición no son ni mucho menos evidentes, ni tampoco baratas. Exigen una implicación de la administración educativa, de los profesionales y de las familias que difícilmente se produce espontáneamente. La “ayuda sistemática” necesaria para evitar que los estudiantes se queden atrás, sin embargo, es factible y se desarrolla, ya desde hace tiempo, en otros sistemas educativos.

 

Catedrático de Economía Aplicada

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