Hacia un modelo sostenible

mod_energetico_cmykok.jpg

 

 

 

 

 

 

 

 

Las renovables están demostrando una capacidad de generación de energía muy superior a la esperada 

 

Público 

Nuestro modelo de sociedad industrial viene determinado por las fuentes de energía que lo mueven. Desde que la utilización del carbón comenzó a extenderse dando origen a la Revolución Industrial, no hay otro modelo energético que el dominado por la extracción y utilización de las reservas de carbono del subsuelo. La liberación de todo ese carbono a la atmósfera en forma de CO² está cambiando el clima de manera irreversible. Este cambio climático, y no el posible agotamiento de las reservas, se ha convertido en el factor principal que nos debe llevar a un modelo energético distinto del que nos ha sostenido en los últimos dos siglos. Si no lo hacemos, abocaremos al planeta a cambios ecológicos de gran magnitud.

La energía nuclear es una anécdota irrelevante en la era de los combustibles fósiles desde el punto de vista de su aportación al total del consumo energético de la humanidad. Aunque no es irrelevante su origen y su vinculación al desarrollo del arma de destrucción más potente que jamás hayamos creado: la bomba atómica. A pesar de su alto coste, y después de 50 años de desarrollo y promesas incumplidas, las nucleares no aportan más del 6% del total del consumo mundial de energía, dejando por detrás un rastro sin resolver de residuos radiactivos de larga vida, y un grave problema de inseguridad. En todo caso, y a pesar del amplio ruido mediático que la rodea, se trata de una forma de obtener energía abocada a su progresiva, pero inexorable, desaparición.

Todo este debate en España coincide con el tema de la central nuclear de Garoña. La decisión sobre su cierre es una oportunidad única para que Zapatero demuestre cuál es su propuesta en materia energética. A pesar del dictamen del Consejo de Seguridad Nuclear apoyando su continuidad, los problemas continuados en la seguridad de esta central, unidos a su escasa contribución energética (1,2% del total, en 2007), demuestran que su vida útil está más que agotada. Si el Gobierno de verdad apuesta por un modelo energético sostenible, la única decisión posible es cerrar la central de Garoña.
Las implicaciones de todo tipo asociadas a la necesidad de cambiar el modelo energético abre ante nosotros un debate de una complejidad sin precedentes. Este es el auténtico debate que debe abrirse: ¿cómo dotarnos de energía para superar la era de los combustibles fósiles?, ¿es posible satisfacer las demandas energéticas al ritmo actual de consumo?, ¿qué deben hacer los países emergentes? Precisamente uno de los temas clave es el cuestionamiento de los actuales niveles de consumo energético en los países desarrollados. En todo caso, hay ya posturas bien definidas ante estas cuestiones.

Por un lado están aquellos que niegan la necesidad de que haya que introducir ningún cambio en la materia, ya que para ellos no existe ningún problema. Son los llamados negacionistas del cambio climático. Este grupo cada vez más marginal responde a los intereses de la industria de los combustibles fósiles, y su actitud debe ser calificada como mínimo de irresponsable, e incluso de criminal. Aunque sólo fuera por precaución, la humanidad debiera estar preparándose a ritmos forzados para reducir hasta eliminar la actual dependencia.
La posición mayoritaria, sin embargo, es la de reconocer el problema en toda su magnitud. Sin embargo, la gravedad de la alerta científica contrasta con la tibieza de las medidas que luego acaban adoptando los gobiernos, lo cual lleva al ciudadano a dudar de la gravedad de un problema sobre el que se habla mucho pero se hace tan poco.

La industria energética tampoco da muestras de moverse demasiado. Su receta es visible en los informes de la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Básicamente se resume en que para el año 2050 se duplicará la demanda global de energía, ante lo cual la propuesta consiste en aumentar en línea la producción en base a las fuentes de energía que actualmente se utilizan. Este escenario es de una insostenibilidad galopante.
Desde Greenpeace lanzamos en 2007 un proyecto que en su momento sonó demasiado utópico, pero que cada día que pasa cobra mayor peso en la sociedad: establecer un objetivo 100% renovable para el año 2050. Las energías renovables están demostrando una capacidad de generación de energía muy superior a la esperada. La fuerza con la que han subido ha desbordado los planes más optimistas de los planificadores y las ha convertido en un auténtico quebradero de cabeza para los defensores de otras tecnologías. De hecho, por ejemplo, la fortaleza de la eólica está dificultando la amortización por parte de las empresas eléctricas de las plantas de ciclo combinado debido a que no alcanzan las horas de funcionamiento deseadas por estas empresas.

En los últimos meses estamos viendo en España un ataque sin precedentes contra las fuentes renovables, como consecuencia precisamente de haberse convertido en un alternativa real, que contrasta paradójicamente con el discurso de Zapatero en el último debate del estado de la nación. Así, vemos como se limitan las primas, se ataca su capacidad de generar empleo o se magnifican injustificadamente sus impactos ambientales. El decreto de limitación de las primas a la fotovoltaica del Ministerio de Industria, por ejemplo, ha dejado en la calle, según la asociación empresarial ASIF, a 20.000 trabajadores de la industria solar.

Cobra en este contexto especial interés el informe de la Fundación Ideas que aboga por un escenario totalmente renovable e impulsa el abandono progresivo de la energía nuclear. Su interés radica tanto en el contenido como en el hecho de que venga avalado por la principal fundación del PSOE, ya que marca la posible hoja de ruta del partido del Gobierno en la materia. Otra iniciativa interesante de las últimas semanas es la propuesta de la patronal del sector de las energías renovables, APPA, que, junto a Greenpeace, ha presentado una propuesta de Ley de Energías Renovables cuya eventual aprobación establecería el marco jurídico adecuado para el desarrollo de estas fuentes de energía con todas las garantías.

Juan López de Uralde es  director ejecutivo de Greenpeace España.

Ilustración de  Miguel Ordóñez

Top