28 de noviembre: día sin compras

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Reflexiones a contracorriente sobre cómo vivir tan ricamente lejos del comercio

LNE

El día 28 de noviembre, una poca buena gente (no encuentro otra traducción) celebramos en el mundo opulento el «día sin compras». Como, a diferencia de otras recientes celebraciones, no habrá anuncios conjuntos del Gobierno autonómico y los supermercados, me atrevo a molestar al lector con unas reflexiones a contracorriente. Quienes sostenemos esta celebración tratamos de algo tan simple como limitar el ansia de comprar en la multitud para comprobar que se puede vivir tan ricamente lejos del comercio. Más aún, que al no comprar hacemos prevención de ese moderno vicio que, como todos, adquiere hoy etiqueta psiquiátrica bajo el nombre de lujorexia. Patología que consiste, según los manuales, en orientar la vida de manera obsesiva hacia el lujo. La voracidad por objetos de moda que marquen la distinción de los que los exhiben hace perder el control del deseo compulsivo de comprar objetos costosos. De un listado de «enfermos» que aparece en una revista médica se lleva el premio a la idiotez el matrimonio Beckham. David se gasta 1.300 euros al mes en calzoncillos de la marca Calvin Klein, ya que los usa y los tira para estrenar uno cada día. Victoria se desplazaba al barrio de Chueca, cuando vivía en Madrid, con un largo séquito de todoterrenos llenos de guardaespaldas para comprar las patatas fritas de su marca favorita.

Naturalmente. la fecha escogida para esta llamada al boicot no es casual. Las calles de las ciudades empiezan a llenarse de adornos navideños. Ese decorado no debe inducir a confusión con alguna fiesta religiosa. Los ángeles que tocan las trompetas desde los luminosos pagados a prorrateo por comerciantes y municipios no proclaman la paz, ni recuerdan a un niño nacido en la miseria de la emigración: son reclamos. El reclamo es una figura etológica que describe las trampas para sobreexplotar al ganado estabulado o cazar animales libres. Imitar el canto de la perdiz para cazar al macho o simular el disparador del instinto sexual del toro son maniobras del cazador o del centro de inseminación artificial para lograr provecho. De ahí que si pasa usted por alguna agencia de publicidad y lee que ofrece reclamos navideños, debe entender que son objetos que buscan y logran crear un mundo artificial donde usted es el pájaro tonto a engañar para que compre.

Levi Strauss regresó a New York de uno de sus viajes a los trópicos durante las fiestas navideñas. Cuenta cómo se creyó transportado a una nueva ceremonia del Potlach, donde los caciques esquimales trabajan durante todo el año para acumular una riqueza que luego destruyen en una fiesta sin otro fin que ostentar su poder. El consumo de pantagruélicas comidas (nunca mejor llamadas «de trabajo», por lo penoso), el regalo de inutilidades creadoras de deudas simbólicas y la tristeza orquestada en una paz proclamada por megafonía y sentida como hielo en el alma convierte los rituales navideños en una orgía de los disolutos afines al Potlach.

El comprador que, en su estolidez, se crea libre imitando a los Beckham para poner en actos sus deseos por Navidad olvida que por muchos calzoncillos que se compre, siempre tendrá el mismo culo, y éste suele gustar de la tela lavada. Frente a ello, ser libre exige inteligencia para no desear, como mandan desde arriba, y aceptar la derrota que transforma vida en tiempo de trabajo, no seguir sirviendo también durante el tiempo de ocio. Pelear contra el Ángel de los Mercaderes demanda resistir la colonización del deseo para recuperar el autocontrol y esclarecer la perversión que sustenta el placer de comprar confundiendo deseos, necesidades y caprichos. Si logramos desencantarnos del comprar, podemos redescubrir y reutilizar el mundo que los «creadores de riqueza» asolaron convenciéndonos para tirar en vez de arreglar, para no percibir lo embellecidas que quedan las botas por su uso, para no cambiar con el vecinos huevos del pueblo por miel o divertirse con prácticas que tienen valor, y no precio. Tener los gastos hechos, recuerda Ferlosio, es una juiciosa expresión para alabar a las parejas que ya han pagado hipotecas y estudiado a los hijos y pueden llevar un moderado buen vivir, siempre que tengan el buen juicio de no dejarse seducir por el mimetismo o la envidia del vecino que miente sobre el gozo de gastar.

El diario «El País» publicó en primera página una foto realmente apocalíptica con una inmensidad de coches sin vender. Ese rotativo jamás publicó las apocalípticas instantáneas de cómo se eliminan los excedentes de leche o de café mediante la matanza de vacas o la quema de grano. Parece un dogma de «Santa Economía» que para conservar la riqueza, es decir, el precio, hay que destruir las cosas. Hoy, los excedentes son coches, pisos y mercadería en general. Todo es empezar, y, por ello, si la multitud toma gusto por no comprar y ver arder las inutilidades, quizás un mal viento se lleve las ventas navideñas, y, con ello, nuestros mandatarios-mercaderes, que, como aquéllos de Babilonia, «se creían poderosos como dioses», desaparezcan en el abismo donde los vio San Juan desde Patmos.

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