La población como rehén de guerra

Público


Sin posibilidad de salir al exterior, la población de Gaza se ha convertido en rehén de una guerra asimétrica y cruel. Las bombas no han respetado escuelas ni hospitales, y gran parte de los casi mil muertos y más de 4.000 heridos son mujeres y niños. Esta masacre ha hecho emerger un clamor de manifestaciones, declaraciones y llamamientos. Desde Naciones Unidas, organizaciones no gubernamentales y organizaciones religiosas se pide el fin de este horror. Pero el ataque continúa. Israel desoye así a la comunidad internacional e incumple la Resolución 1860 aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU el pasado 8 de enero, en la que llama a un alto el fuego inmediato y exige la retirada del ejército israelí de Gaza.


Este incumplimiento no es una novedad, sino una conducta reiterada que sólo es posible por el apoyo de Estados Unidos. Ambos estados restan así autoridad a una organización, la ONU, que nació tras la Segunda Guerra Mundial precisamente “para evitar a nuestros hijos el horror de la guerra”. El poder de la ONU no está por encima de los estados que la forman, y si no existiera habría que crearla. Por eso las críticas que se le hacen, merecidas en ciertos casos, darían más en el blanco si se concretaran en los gobiernos que prefieren el poder unilateral y que con su veto están imposibilitando los acuerdos necesarios para su reforma.


Entre las actuaciones del Ejército israelí contrarias a la legislación internacional está el uso de un nuevo tipo de arma que, según los médicos Mads Gilbert y Erik Fosse, de la ONG noruega Norwak, está produciendo un gran número de amputaciones, recordando por ello a las prohibidas minas antipersona. Se trata de las bombas o Explosivos de Metal Denso Inerte (DIME, en sus siglas en inglés), una aleación de tungsteno, níquel y cobalto recubierta por fibra de carbono. Esta bomba tiene un radio de alcance reducido, entre ocho y diez metros, y al explotar lanza una micro metralla que es la aleación misma a muy altas temperaturas, una nube de partículas incandescentes que penetra, corta y quema a las víctimas hasta los huesos y que, en pocos minutos, provoca la necrosis de arterias enteras, lo que hace necesaria la amputación del miembro alcanzado. Además, los restos que quedan en los tejidos no pueden extraerse y, como han mostrado las investigaciones sobre el tungsteno en ratas, tienen efectos cancerígenos.


Lo sarcástico es que estas armas hayan sido pensadas de letalidad concentrada, bajo la justificación moral de que se trata de alcanzar objetivos precisos –presuntos terroristas– y evitar así los daños colaterales. Lo irracional es que el saber científico se dedique a estos fines. Lo inhumano, trágico y, por otra parte, previsible, es que al ser usadas en zonas de alta densidad de población, como es el caso de Gaza, finalmente sus efectos son más devastadores que los de las armas convencionales.
Por más que se diga, no sin obscenidad, que los objetivos están cerca de alcanzarse, no será esta masacre la que llevará la seguridad al sur de Israel. La vulnerabilidad, individual y colectiva, es un rasgo de los seres y grupos humanos que no se neutraliza con la fuerza militar, porque, en parte, nace de una interdependencia que sólo vivida por los cauces de la justicia y el reconocimiento entre iguales deja de ser amenazante.

 

Carmen Magallón es profesora de Geografía Urbana y es directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz

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