El duro oficio de prestar dinero

Público

Apenas había dado mis primeros pasos en esta profesión del periodismo cuando supe lo importante que es eso que llamamos “oficio” para subsistir en una profesión que tenía todo el aspecto de una bañera llena de pirañas. El oficio, supe después, es esa experiencia ganada con los años que te hace llegar al resultado final mucho más rápidamente, y sobre todo, es esa coraza que te preserva de implicarte en las historias que cuentas.

Si no fuera por el oficio, los corresponsales de guerra dejarían la cámara y el bolígrafo a un lado y se pondrían a pegar tiros. Si no fuera por el oficio, a los cantantes de ópera no les saldría la voz del cuerpo cuando en la última escena se les muere su ser amado; los curas saldrían del confesionario directamente hacia el prostíbulo, con la libido a reventar como un volcán; y las lágrimas de angustia no dejarían ver a los cirujanos en la mesa de operaciones.

Pero ya se sabe que el veneno es la dosis. A veces demasiado oficio no es bueno, porque te convierte en un ser insensible. El poeta Heinrich Heine decía aquello de “Dios me perdonará: es su oficio”, como si su dios no hubiese dado suficientes muestras de que no puede implicarse en el dolor de sus criaturas, de tan profesionalizado que tiene su oficio.

Bajando un escalón, tan sólo un escalón en categoría social, ahí está Emilio Botín, presidente del Banco de Santander, que decía ayer mismo: “Nos interesa muchísimo prestar, es nuestro oficio”. ¿Veis? él quiere, pero…

…pero los dioses, los cirujanos, los curas, los cantantes de ópera, los banqueros, los periodistas, y todos los profesionales que tengan en cierta estima su oficio no pueden ir por ahí viviendo tontamente la vida de los demás porque se volverían locos. Así que, niños queridos, arreglaos como podáis.
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