El juego de la ciencia, mito y reflexión

“Un mito es una religión en la que ya nadie cree” y la religión es un mito en el que aún cree mucha gente. Quien se tomara al pie de la letra la Ilíada estaría en el psiquiátrico; pero quien cree en la Biblia puede llegar a Presidente y arrasar Babilonia

 

Público

 

Decía Hölderlin que la actividad mental del ser humano oscila entre dos polos: la reflexión y el mito. Mediante la reflexión intentamos comprenderlo todo, y cuando no encontramos explicaciones satisfactorias, las inventamos. Algunas de estas explicaciones inventadas resultan ser ciertas o próximas a la realidad, y otras no. La historia del pensamiento se podría describir como la progresiva sustitución de los mitos primigenios por los logros de la reflexión a partir de los datos suministrados por la realidad. Pero la cosa no es tan simple, ni tan mecánica; también podemos (y debemos) reflexionar sobre el propio mito, y podemos (aunque no deberíamos) mitificar la reflexión: los polos de la actividad mental no están aislados, sino en continua interacción.

En el Pergamonmuseum de Berlín se puede ver desde junio y hasta octubre la exposición temporal Babilonia: realidad y mito. En la planta baja, junto a la sobrecogedora Puerta de Istar y otros trofeos del expolio germánico en sus campañas orientales, se pueden admirar piezas cedidas por museos y colecciones de todo el mundo (hay incluso una procedente de Valladolid), que permiten, junto a los amplios comentarios de la guía, reconstruir la historia de uno de los grandes focos civilizadores de la humanidad. En la planta superior, el mito de Babilonia, tan antiguo como la Biblia y tan moderno como Hollywood. Pues, desde siempre, la cuna de la civilización ha sido vista por la moral judeocristiana como la capital del pecado, sobre todo de la lujuria (Semíramis) y de la soberbia (la torre de Babel); así lo atestiguan los numerosos cuadros, libros, películas (desde la colosal Intolerancia hasta la inefable Semíramis esclava y reina, pasando por la filmación clandestina de un strip tease) y objetos diversos reunidos para la ocasión en el museo berlinés.

“Un mito es una religión en la que ya nadie cree”, dice James Feibleman. Recíprocamente, la religión es un mito en el que aún cree mucha gente, y que, en sus versiones más conservadoras, sigue difundiendo falacias tan trasnochadas como peligrosas, por más que en la base del edificio del saber, como en la planta baja del Pergamonmuseum, científicos, historiadores y arqueólogos acumulen sin cesar los datos de la realidad para alimento de la reflexión. Alguien que hoy se tomara al pie de la letra la Ilíada seguramente estaría en un centro psiquiátrico; pero alguien que cree (o finge creer) lo que dice la Biblia puede llegar a presidente de Gobierno y arrasar Babilonia.

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