El estado crítico de la Crítica

No tenemos ni el uno por ciento de los críticos que necesitamos
Rebelión/Fundación Federico Engels/Universidad de la Filosofía

Los mediocres asustados se vuelven represores

Otro de los efectos perniciosos del modelo neoliberal ha sido la cancelación o persecución del pensamiento crítico en el campo de la Cultura. Uno tras otro los espacios para la enseñanza, la práctica y la publicación, que supieron calar hondo y denunciar los subsuelos ideológicos neoliberales, han sido cercenados, perseguidos y desparecidos por la vía de la violencia física, del chantaje y también por la vía de la violencia económica. Si me criticas te aniquilo.

Eso hicieron los monopolios culturales burgueses llevados por su anhelo de secuestrar la producción, la distribución y los mercados y tercos en imponer a-críticamente fetiches de moda y, desde luego, precios de temporada intelectual. Sea otoño o sea invierno. La pasarela cultural de los burócratas burgueses no tolera la crítica simplemente porque desnuda el juego perverso del sinnúmero de de baratijas decorativas que se venden a precio de triunfo moral y cargos de funcionarios. Millones de cócteles lo atestiguan.

El corazón burgués de los empleados gubernamentales, encargados de ejecutar sus políticas culturales, destila también odio de clase, destila el odio de la codicia y destila el néctar de las mafias que defienden sus cargos a toda costa. ¿Cómo van a admitir la crítica? Antes que eso, gastan millonadas en comprar lisonjas culteranas -cuanto más eruditas mejor- y sueltan a sus lacayos para que impriman revistas, panfletos, secciones culturales y hasta suplementos en periódicos mansos. El neoliberalismo cultural, que ha asesinado y ahogado las mejores herencias y los mejores espacios para la crítica, ha proliferado en publicaciones y edificios (contractualmente correctos) para envolver cuidadosamente su vaciedad.

Hoy tras décadas de neoliberalismo en la cultura los sueldos son peores, las becas más sectarias, los apoyos direccionados por el amiguismo, el analfabetismo es más crudo y crece, la educación artística es una miseria, el saqueo cultural no tiene freno, los intelectuales y los creadores cada vez más maltratados (sin seguridad médica, sin vacaciones, sin ayudas para libros o materiales de trabajo... sin jubilación) y sin espacio para la crítica. Si me criticas te despido del trabajo, te quito la beca, te corto las ayudas. ¿Alguien lo ha visto?

“Hace prácticamente siete años, en estas mismas páginas se daba cuenta de la existencia de siete suplementos culturales en las ediciones de fin de semana de los principales diarios de la capital: “Sábado” (unomásuno), “La Jornada Semanal” (La Jornada), “Arena” (Excélsior), “La Crónica Dominical” (La Crónica de Hoy), “El ángel” (Reforma), “El Semanario Cultural” (Novedades) y “El Gallo Ilustrado” (El Día). Hoy, de aquellos siete, sólo quedan dos, “La Jornada Semanal” y “El ángel”...”1

Se trata de una persecución que ha sido feroz. A diestra y siniestra los amos y sus secuaces dispusieron todo lo necesario para suprimir los pagos y los espacios para aquellos cuyo talento crítico, ordenador y clarificante, pudiere tocar directa o tangencialmente los intereses de una burguesía mediocre, inculta, mercenaria y mafiosa. Un hachazo histórico y neoliberal cercena las capacidades críticas y adora las capacidades de alabanza. La moral de los sumisos pisotea el aporte de los críticos. Y resulta que ahora, en los corrillos de las burocracias, en las entretelas y las entrepiernas de los funcionarios, en los rincones y en lo oscurito, cunde la idea de que eso de “criticar” queda mal, que es de mal gusto, que es cosa de resentidos o de envidiosos. Y los despiden. Punto. La moraleja es patética.

Y se repite con toda impunidad un y otra vez. Ni duda hay repacto a la necesidad de un movimiento mundial de críticos de la cultura, críticos del arte, críticos de la ciencia y críticos de todo aquello que producimos. No hay manera de aspirar a calidad alguna, en cualquier actividad, sin el concurso de la crítica especializada. No hay desarrollo sin la crítica. Ni duda hay de que tampoco toda la critica existente tiene por finalidad la cultura de la calidad para todos y tampoco estamos seguros de que la critica actual (por consenso) tenga realmente el propósito de sistematizar científicamente sus aportes para elevar el nivel de la conciencia social respecto de sus producciones. Pero “de que los hay... los hay” y tenemos críticos magníficos, aun siendo pocos y desorganizados.

Las condiciones actuales son magníficas para el trabajo de los críticos aun siendo, cada día, menos o peor pagados. El derrumbe descomunal del capitalismo, que parece no tendrá retroceso, requiere de una ayudadita de los críticos para bien morir y dejar paso a una sociedad esta vez capaz de jerarquizarse como su única prioridad. Hay mucho que vencer y mucho que crear. Los espacios para la enseñanza de la crítica deben multiplicarse y debe hacerse un esfuerzo enorme para afilar métodos, compartir experiencias y entrenarse en el rigor de los hechos. Ya tuvimos demasiado de “hermenéuticas” salivosas, de autoayudas y de palabrería del “sentido común”. La crítica requiere ser dignificada y puesta en su lugar como herramienta para la construcción de conciencias emancipadas. Hombro a hombro con las luchas de los trabajadores, desde abajo, pues. Requiere rigor metodológico, espacios y apoyos económicos. Requiere publicación de libros propios y requiere libros de otros para estudiarlos y también criticarlos. Requiere tiempo y requiere convocatoria. Vamos muy atrasados, no tenemos ni el uno por ciento de los críticos que nos hacen falta y el hueco es pernicioso y es una pérdida fenomenal. Una llaga, una herida más entre tantas que nos propinó el neoliberalismo que tanto cacareó el cuento de “la caída del muro”, la “muerte del socialismo” y las maravillas de la “economía de mercado”... hoy con su pan se lo tragan. Que la crisis la paguen ellos. La crítica es necesaria.

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