Matarse a banderazos

Banderas españolas Logroño

 

Pasear por la ciudad y mirar hacia los edificios es un contar banderas.

 

Hemos llegado a un momento en que salir de casa y ver banderas colgadas en ventanas o balcones ya nos resulta familiar. No solo vemos banderas de España, sino esteladas, catalanas, banderas blancas, republicanas, alguna pirata y, como no, de Juego de Tronos.

Una bandera es un símbolo de identidad y nos identifica, quizá por nuestra convicción real o bien porque hemos sido convencidos. Pasear por la ciudad y mirar hacia los edificios es un contar banderas.

Pero lejos de la realidad, en vez de unir sensibilidades, esas banderas a veces pueden herirlas, abrir resquemores y crear disputas que se trasladan a familias, compañeras de trabajo, amistades e incluso discusiones en los bares o en la espera de los puestos de un mercado.

Para muchas personas que sufrieron la opresión franquista o que tienen familiares todavía en las cunetas, las banderas tienen un significado distinto, tanto como los arranques de patriotismo desmesurado que vivimos. Tampoco les importa que ciertas banderas sean sinónimo de esa matanza cometida por ambos lados en una guerra civil. Parece que existe una cierta insensibilización hacia lo que puedan sentir los demás.

No solo importa la bandera sino también lo que mida y es que actualmente también estamos viendo “quién la tiene más grande”. Desde la bandera de la plaza de Colón en Madrid de 294 m2, han ido sumándose al récord guiness otras banderas como la del edificio de 14 plantas ubicado en Valdebebas en Madrid de 731 m2, o la de Fuengirola, en Málaga, de 250m2.

Estos días hemos visto quemar banderas y a personas darse de banderazos y yo me pregunto: ¿qué ha pasado para que las personas se comporten así?

Situaciones ridículas e impensables hace unos meses, inconcebibles, hoy hacen recorrer la crispación ciudadana como una mecha.

Eso ocurre en situaciones cotidianas como en un mercado de mi ciudad donde una señora esperaba a ser atendida en la carnicería y preguntó al carnicero “¿a cuánto están los huevos de Franco?”, refiriéndose al precio de unas criadillas. Algunas personas comenzaron a insultarla y decir que tuviera un poco más de respeto por España y todo lo que hizo ese señor por este país. Cuando llegó su turno, el carnicero la llamó por su nombre, dado que debía ser una clienta habitual, y le recomendó que mejor no se los pidiera así durante un tiempo para no asustar a su clientela.

En otra ocasión, estaba sentada en una terraza de un bar cuando un hombre pasó por delante con una bandera recién comprada. Se sentó en la terraza también junto a otras personas y colgó la bandera de un toldo impidiendo el paso a los viandantes por la calzada. Una señora bastante mayor que pasaba por ahí se desorientó hasta el punto de perder el equilibrio y preguntó de buenas maneras de quién era esa bandera. El hombre se levantó y dijo que era suya. La mujer, con mucha educación le dijo si podía retirarla dado que entorpecía el paso, y aquel hombre comenzó a llamarla “golpista e independentista” mientras las otras personas de su misma mesa se reían de ella.

Nadie es más que nadie. Estamos y vivimos en una democracia donde nuestra libertad de expresión es mejor que hace 40 años pero no debemos de olvidar que nuestra libertad termina cuando anulamos la libertad del prójimo. Podemos ser libres de colgar la bandera que nos plazca en nuestra casa pero respetando los derechos de las demás personas, empatizando con otras y considerándolas como iguales. Esto no es el juego del Estratego. Una bandera, en este contexto, nunca debería tener un fin partidista. Pensemos sobre ello porque si no acabaremos matándonos a banderazos.

 

Foto: Banderas españolas en un bloque de viviendas en Logroño. Daniela Ruiz

https://elsaltodiario.com/independencia-de-catalunya/matarse-a-banderazos


 
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