Las secuelas del nacionalismo en la ex Yugoslavia

 

En varias notas del blog he planteado que exacerbar las pasiones y las rivalidades nacionales no tiene absolutamente nada de progresista, ni de izquierda. Lo he afirmado en oposición a los que piensan que agitando el nacionalismo –incluso inventando relaciones “coloniales” o de “explotación nacional”- pueden desatar una revolución que desemboque, más o menos espontáneamente, en el socialismo. Sostengo también que la formación de una multitud de pequeños Estados nacionales, divididos por el particularismo y la exacerbación nacionalista, puede tener resultados negativos para los trabajadores.  

 

En este respecto, el caso de Yugoslavia es ilustrativo. Tengamos presente que ya en los 1980 se manifestaban en ese país fuertes tensiones étnicas y nacionalistas, en el marco de una economía en deterioro. Con la caída de la URSS el proceso se aceleró. En 1991 Eslovenia y Croacia se independizaron. Y en 1992 Bosnia-Herzegovina y Macedonia también declararon la independencia. El presidente serbio Milosevic trató de impedirlo, y dio comienzo una guerra que se prolongaría hasta 1995. La guerra volvió a estallar en Kosovo, en 1999. A lo largo de esos años hubo desplazamientos forzosos, que afectaron a un millón de personas; violaciones masivas de mujeres; y alrededor de 250.000 muertos. Por supuesto, no hubo ni por asomo algo que se asemejara a una revolución socialista.

 

Pero además, las secuelas de las guerras nacionales se prolongan hasta el presente. Dejando de lado el aspecto económico del asunto –no hubo un particular desarrollo de las fuerzas productivas debido a la formación de seis Estados nacionales independientes- desde el punto de vista de la unidad de la clase obrera por encima de las nuevas fronteras nacionales, no se ha mejorado un milímetro. A fin de brindar elementos para el análisis de esta última cuestión, en lo que sigue resumo y transcribo pasajes de un texto, que me parece muy ilustrativo, de Ermac Osmic, “La morfología del nacionalismo en los países de la ex Yugoslavia”, del 21/11/16  (http://www.globalethicsnetwork.org/profiles/blogs/the-morphology-of-nationalism-in-former-yugoslavian-countries).

 

Osmic comienza recordando que a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial se formó la República Federal Socialista de Yugoslavia, la cual reunió seis repúblicas autónomas, Croacia, Eslovenia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia y Montenegro. El Partido Comunista, dirigido por Josip Tito, las mantenía unidas, y Yugoslavia era considerada una nación supra étnica. De todas formas, las identidades étnicas y nacionales buscaban validarse bajo ese sistema, a través de protestas, manifestaciones e incluso el involucramiento en la actividad política. El régimen respondía con represión. Dice Osmic: “Por debajo  de la superficie las identidades étnicas tradicionales estaban muy activas todavía, manteniendo vivas la noción de su afiliación nacional “real”, lo que culminó en las guerras de Yugoslavia de los 1990”.

 

En los 1990 Yugoslavia dejó de existir y las antiguas repúblicas autónomas se convirtieron en Estados independientes (más el status especial de Kosovo). Sin embargo, dice Osmic, al día de hoy muchas personas, incluidos jóvenes, todavía se refieren a sí mismas como yugoslavos. “Para ellos el nacionalismo es la causa del baño de sangre durante los noventa, así como del mecanismo político que mantiene a políticos corruptos en todas las ex repúblicas en el poder”.

 

Agrega: “La difusión del miedo étnico es la piedra basal de casi todos los partidos políticos que ocupan lugares en las ramas ejecutiva, legislativa y judicial de los seis países. Se trata del aparato más regresivo que quedó después de la guerra, el cual sirve para mantener el status quo vivo y en buen estado”.

 

“Yo soy de Bosnia-Herzegovina donde hay un dicho que reza: “Está todo bien en tanto no haya disparos”. Este dicho sintetiza de una forma devastadoramente precisa el estado de pensamiento en que viven muchos de mis conciudadanos. Vivimos bajo el constante temor de que “los otros” están ahí para agarrarnos; y que la única forma de defendernos es a través de la unidad étnica. Muchos partidos progresistas han hecho lo posible para que superemos el miedo de romper el status quo; de todas maneras, las memorias de ciudades destrozadas, genocidio, miembros de familia perdidos, miedo, terror y devastación son todavía muy fuertes para simplemente borrarlos o incluso pasarlos por alto”.

 

“Las personas anhelan el cambio, pero el aferrarse al nacionalismo es la única cosa que para ellos les garantiza “el lujo” de no ser asesinados “por el otro lado”. Lo que una vez fue el catalizador de la guerra es ahora la única cosa que la previene. Al menos, eso es lo que la gente cree. (…) Los que tomaron el poder durante la guerra todavía están en el poder. (…) Los que están en el poder, lo mantienen, y cualquier tipo de levantamiento de la gente para protestar contra esta corrupción sistemática es tan reminiscente de la guerra (cuya posibilidad está siempre pendiente sobre nuestras cabezas) que se ha convertido incluso en fútil pensar en ello. El nacionalismo es el ancla que nos mantiene a salvo y nos protege de la guerra, pero al mismo tiempo nos impide avanzar”.

 

“Yugoslavia suprimió el nacionalismo negando a la gente la posibilidad de honrar sus tradiciones, culturas y herencias en la manera en que estaban acostumbradas a hacerlo. Los que desafiaban esas prohibiciones eran enviados a los campos de trabajo forzado, o simplemente encarcelados. (…) Después de la muerte de Tito, en 1980, los nacionalistas finalmente vieron su oportunidad de liberarse de los grilletes del régimen. Creció su popularidad, algo que no le gustó a los herederos de Tito”. Señala luego cómo los dirigentes de la Liga Comunista de Yugoslavia, dirigida principalmente por serbios, consideraron que los referéndums por medio de los cuales las ex repúblicas se independizaron de la ex Yugoslavia  eran una suerte de golpes de Estado. “La guerra estalló, primero en Croacia, luego en Bosnia-Herzegovina. Hacia 2006, las seis repúblicas que habían formado Yugoslavia se habían convertido en Estados soberanos”.

 

“Sin embargo, debido a las largas décadas de cohabitación de las diferentes etnicidades en lo que ahora se conoce como Yugoslavia, era imposible una nación homogénea en cada uno de los nuevos Estados, como la habían imaginado los nacionalistas. Simplemente, no era posible. Esto era especialmente cierto en Bosnia-Herzegovina, en la cual las tres mayores etnias, bosnios, croatas y serbios han estado viviendo juntas por siglos”. Recuerda luego que Bosnia se dividió en tres grandes grupos étnicos, llamados “pueblos constituyentes”, cada uno con una parte del poder garantizado. Escribe: “Para los políticos, hasta el día de hoy, esto significa el fomento de la idea del pensamiento tribal y el uso de la antes mencionada difusión del miedo como un medio para permanecer en el poder”.

 

“El nacionalismo, que alguna vez fue una noción oprimida de pertenencia cultural y étnica en Yugoslavia, se ha convertido en el opresor en el presente en Bosnia-Herzegovina, manteniendo de rehén al pensamiento progresivo y reasegurando a los que están en el poder que permanecerán en el poder en tanto siga intacto el terror de la gente a la guerra”.             

 

Son las consecuencias, en carne viva, de la exacerbación nacionalista. Mayor división de la clase trabajadora, mayor sujeción a “sus” burguesías y a “sus” Estados nacionales, inacción, desmoralización y desorientación. ¿Qué tiene todo esto de progresista?

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