Resistencia y “Desconexión”: ese es el camino

Los especuladores no van a la cárcel, ellos provocan hambre, paro, sufrimiento y sus fechorías van a ser pagadas por todos con la congelación salarial y abaratamiento del despido

Asturbulla


El Estado es un aparato al servicio de los grandes capitales. Sus máximos representantes no son otra cosa que un comité para gestionar mejor los asuntos del Capital. ¿No se lo creen? ¿Consideran que Karl Marx fue un “simplista”, un “reduccionista”? Entonces les ruego que piensen en lo acontecido estas últimas semanas, estos últimos meses. Una pandilla de avispados, “genios” de las finanzas (como los que aquí se forman en Deusto, Navarra, Pontificia de Comillas, pero a lo grande) deciden romper el saco y afilar al máximo su avaricia. Los genios dejaron en el sector financiero unos agujeros ante los cuales, presionados por una grave amenaza de catástrofe y fin definitivo del capitalismo, los Estados han sido forzados a intervenir. ¿Cómo? Justamente, los Estados han intervenido como una ONG. Si el capitalismo tiene problemas, hay que inyectar millones para salvar a los bancos. Increíble: hay que salvar a las entidades financieras, normalmente famosas por su escasa capacidad para la solidaridad, su nulo sentido caritativo, su afán por ayudar a morir de hambre a buena parte de la humanidad con tal de llenar su buche.


Los especuladores salvajes del sistema capitalista no van a parar a la cárcel, salvo en casos muy puntuales. Ellos provocan hambre, paro, sufrimiento sin límites. Sus fechorías, además, van a ser pagadas por todos los que sí somos trabajadores productivos. Congelación salarial, postergación de la jubilación, abaratamiento del despido y, sin duda, otra remesa de muertos por hambre en varias partes del globo. A esos mismos timadores, además, les vamos a mantener con nuestro “sacrificio”. También estaremos manteniendo –de mejor o peor gana- a esos patronos que se frotan las manos para poder ejercer sus habituales chantajes: o trabajáis gratis, más y mejor, o hacemos las maletas y nos vamos. Entramos en una edad dorada de la deslocalización, del despido, de la explotación solidaria. Sí, señores: resulta que ahora toca ser solidario con el látigo que lacera tu piel, con el amo que te tiene postrado, con el ladrón que te saca el jugo.


Hace unas décadas, la palabra “Comunismo” era el fetiche, el tabú que amedrentaba a esta camarilla de gestores, accionistas y lacayos del capitalismo. Hoy, no sé muy bien por qué, algunos sectores de la izquierda optan por palabras raras: altermundismo, anti-globalización, etc. “Alter”, “Anti”… : no expresan realmente estos prefijos la verdadera nobleza que posee la idea de “Comunidad”. Ser comunista significa apostar por la Comunidad Humana, esto es, apostar por la Vida. Por supuesto que esa apuesta es muy peligrosa en muchos países del mundo, y altamente frustrante en la mayoría. Por supuesto ser comunista ya implica ir en contra de este sistema demencial, este absurdo que va a acabar con la Cultura y la Vida en el Planeta. Pero en positivo, ser Comunista es defender la comunidad, la próxima, la global.


En nuestros días no hay ya “un fantasma que recorra el mundo” y mientras tanto solo nos cabe mejorar todo tipo de estrategias de resistencia, de crítica, de contestación. Solo cabe mantener una postura de firmeza ante este proyecto criminal de que la Humanidad entera, y no simplemente el Estado, se convierta en una ONG masoquista que –altruistamente- se deja mansamente despojar para que una camarilla de especuladores no deje de ganar en ningún momento todo aquello que pretendían ganar.


Para que el capitalismo siga por sus cauces de acumulación, concentración y centralización de Capital le es de todo punto imprescindible ejercer una Dictadura Mundial que luego sea capaz de concretarse en las más diversas estructuras estatales. Los apóstoles de la Globalización nos recuerdan cada dos por tres que ya no hay fronteras, que vamos en camino de una Aldea Global, que ya carece de sentido poner trabas, protecciones, aranceles… ¿A qué? Al Capital, por supuesto. Este no quiere obstáculos en su implacable camino de apisonadora. El Manifiesto Comunista ya hablaba de la inutilidad de la Gran Muralla China ante los cañonazos y la mercancía británica de finales del XIX. Y el mundo así sigue: si no es a través de una invasión de mercancías y capitales, la protección cae a base de cañonazos.


Obsérvese ahora, como ejemplo, el caso de los lácteos asturianos. El número de explotaciones ganaderas de Asturies no cesa de bajar cada año. Aquella gran red de pequeñas caserías que era nuestro país está sufriendo un proceso de concentración de la producción, producción que a la vez no es más que una ínfima parte de lo que serían sus posibilidades. Mientras tanto, por falta de las protecciones debidas, por causa de nuestro ingreso irresponsable e incondicional en la UE, no paramos de comprar bricks y botellas de leche francesa o de sabe-dios-dónde en las estanterías de las grandes superficies. La más vieja estrategia del colonialismo se repite aquí, en nuestra tierra. Según el colonialismo de la UE, hay que anular, abolir la producción tradicional que sostenía todo un estilo de vida y garantizaba unos estándares de calidad, con el fin de que las mercancías extranjeras competidoras entren a raudales en una Europa de las mercancías…


La misma Europa que se pone tras una alambrada y golpea a la mercancía humana (la fuerza laboral en venta) no deseada. La misma Europa que pone cuotas a la leche asturiana es la Europa que desea cuotas –igualmente- de nuevos esclavos “extra-comunitarios”. Al otro lado de las alambradas y del Estrecho, esa mercancía humana que hace cola para ser comprada por patronos “comunitarios”, pasa hambre.


Mientras tanto hemos visto por estos pagos cómo se daba mantequilla a las vacas, con el fin de que tal producto no subiera de precio. Hemos visto rodar hasta las cunetas y alcantarillas la leche “sobrante” según cuotas muy estrictas, bajo vigilancia de comisarios europeos no menos estrictos. Las hambrunas, cual si fueran pestes bíblicas, vienen desde el Sur en forma de cuerpos humanos que buscan saltar a la opulencia.


La Europa de la Opulencia es una entidad cancerígena. En su interior no hace más que disolver las comunidades campesinas y los modos tradicionales de producción con vistas a primar unos “ejes de desarrollo” que dependen completamente de los dictados políticos: Europa, Estado Español, fondos diversos (estructurales, de cohesión, etc.). Sería más que dudoso que el pueblo asturiano, autogestionando sus propios recursos, eligiera alguna vez esta especie de suicidio y espada de Damocles permanente que va a ser El Muselón, la Regasificadora, Caliao, la Alta Tensión y mil crímenes más. Sería impensable que este pueblo que se hizo a sí mismo en la casería, en la mina, en el horno, en la fábrica, se hubiera lanzado al servilismo abyecto de un desarrollo foráneo que a nosotros no hace más que matarnos. Porque para eso estamos ahora: para convertirnos en colonia energética después de haber sido colonia extractiva. Con la importante diferencia de que la energía aquí producida irá a parar allende la Cordillera, a una industria que sí va a crear empleos en las demás comunidades del Estado, pero que aquí aborta posibilidades de vida y de calidad de vida.


Creo que deberíamos leer en Asturies las propuestas del economista marxista Samir Amin cuando nos habla de la necesidad urgente de una “desconexión” planificada de los países a partir de un control popular sobre la propia producción económica. Esta será la única salvación para aquellos países del llamado tercer mundo ante la avalancha globalizadora, esto es, ante el nuevo imperialismo. Porque Globalización es sinónima de Imperialismo. En esta Asturies que va camino de ser, por lo menos, parte un segundo mundo (si no de un tercero), colonizado y dependiente, dentro del recinto amurallado de la Opulencia Europa, necesitamos una estrategia de resistencia civil que obligue a nuestro gobierno a crear las debidas medidas protectoras de nuestra economía, y que se corte esta espiral de dependencia.

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