Por la senda del Pacifismo (104)

Por la senda del Pacifismo (104)

 

"Para que no “huela a azufre”, las Naciones Unidas deben afrontar el reto de su refundación democrática. Se ha desvirtuado el papel de este organismo, ha pasado de ser defensor de los derechos de los pueblos a ser un ente complaciente que hace la vista gorda ante genocidios, convirtiendo a las víctimas en victimarios, avalando crímenes de guerra ante la impotencia de los pueblos del mundo"

Aidiana Martínez

 

BLOQUE TEMÁTICO VIII: REFUNDACIÓN DE LA ONU.

 

Iniciamos aquí el último bloque temático de esta ya extensa serie de artículos, después de finalizar el mismo incluiremos ya solamente un epílogo final destacando el reconocimiento de la PAZ como un derecho humano fundamental, en todas sus dimensiones. Hemos dejado por tanto para el final el tratar sobre el Organismo Internacional por excelencia, la Organización de las Naciones Unidas, porque pensamos que es el actor principal que puede, en última instancia, garantizar este derecho para la comunidad internacional, es decir, a nivel mundial. Pero para ello, la actual ONU es absolutamente inútil, por lo cual este organismo necesita una urgente y completa refundación. Su dinámica, sus mecanismos de participación, debates, votación y veto son insuficientes para garantizar no sólo unas decisiones realmente democráticas, sino y lo que es más importante, el cumplimiento de lo acordado en el seno de la ONU. La refundación de este organismo hay que situarla incluso en un contexto mayor, como es la democratización de la propia gobernanza global de los pueblos, algo de lo que estamos a años luz de distancia. La hipocresía de las naciones y de los gobiernos adalides de la globalización capitalista, abochorna a la inmensa mayoría social, y todo ello es causa de la ausencia de una verdadera gobernanza democrática a nivel global. Durante las últimas décadas, las Naciones Unidas han sido prácticamente sustituidas (en cuanto a influencias de decisión se refiere) por una serie de grupos mundiales plutocráticos, llamados G6, G7, G8, G20, etc., que son los que realmente asumen la responsabilidad y ordenan tomar las decisiones oportunas, quedando la Asamblea General de la ONU como un organismo testimonial. 

 

Hoy día, con semejante panorama, las relaciones internacionales siguen siendo un sistema esencialmente anárquico, al no existir una autoridad mundial por encima de los Estados que pueda garantizar o imponer la paz y la seguridad internacionales de forma garantista, efectiva e imparcial. Por tanto, hoy día, desgraciadamente, la seguridad y la defensa de una nación sólo puede garantizarse mediante recursos y esfuerzos propios, principalmente en el ámbito militar, o mediante alianzas externas con terceros países u organizaciones paralelas (como la OTAN), que incluso poseen mucha más fuerza internacional que la propia ONU. De cara a conseguir un mundo esencialmente pacifista, esto es lo primero que debiera conseguirse, es decir, una instancia internacional, fundada sobre bases realmente democráticas, con la suficiente y reconocida autoridad como para que fuera mundialmente respetada en cuanto a las posibles decisiones de intervención y pacificación de los diversos conflictos. La actual ONU, como estamos afirmando, dista mucho de este escenario. El cáncer, como siempre, comienza a extenderse en cuanto la ONU abre sus puertas a la influencia y el poderío de las grandes empresas transnacionales, siguiendo la tendencia mundial generalizada de ceder el poder de control y decisión a estos grandes conglomerados económicos y financieros, paladines de la globalización neoliberal que hoy arrasa el mundo. La idea de incorporar el poder económico a la cúpula de la ONU comenzó a concretarse a comienzos de este siglo XXI, aunque ya había empezado en la década de los 90. La ONU asumió también el discurso dominante de la necesaria privatización de los sectores económicos y de los servicios públicos para conseguir el crecimiento económico y el desarrollo sostenible. 

 

A partir de ese momento, los diversos organismos especializados del sistema de las Naciones Unidas (OMS, FAO, UNICEF, OIT, UNESCO...) comenzaron también a manifestar el viraje hacia el mundo empresarial, y a dejarse influir por sus intereses, disfrazados de buenos objetivos para la humanidad. En su libro "Capitalismo por dentro", Alejandro Teitelbaum nos describe el triste paranoma actual en los siguientes términos: "Actualmente se puede decir sin temor a equivocarse que todo el sistema de las Naciones Unidas está contaminado por la influencia que tiene el poder económico transnacional en las decisiones de los organismos que lo componen. Toda esta maquinaria donde los pueblos no desempeñan papel alguno, contrariamente a lo que dice el Preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, está encabezada de hecho por el Consejo de Seguridad, en la práctica la dictadura mundial de las grandes potencias que los grandes medios de información llaman "la comunidad internacional", cuyo papel es dar una falsa legitimidad con sus decisiones a las agresiones imperialistas". De ahí la necesidad de proceder a una refundación de este organismo y de todos sus organismos dependientes, porque actualmente, la ONU ya no desempeña ninguno de los objetivos para los que fue originalmente fundada. De cara a la senda del Pacifismo, que es la que nos interesa en esta serie, es evidente que los objetivos pacifistas mundiales no se podrán conseguir mientras dominen las decisiones de las grandes potencias, ni existan mecanismos garantistas en cuanto al cumplimiento de sus resoluciones. En realidad la ONU está sobre todo al servicio de los Estados Unidos y sus aliados y satélites (y organizaciones afines, como la OEA), y a través de éstos se manipula a los países y comunidades del planeta. 

 

La ONU debería refundarse para actuar como último foro para mantener la paz y la seguridad internacionales, y tomar medidas colectivas para prevenir las amenazas a la paz, de conformidad con los principios de la justicia universal y del derecho internacional. La ONU no tiene que funcionar en este sentido como un tribunal, pero sí como el foro colectivo por excelencia garante de la paz mundial. Bajo esta óptica de necesaria refundación, la ONU debería fomentar las relaciones de amistad y cooperación basadas en el respeto a la igualdad y a la libre determinación de los pueblos. Debería disponer y ordenar todos los mecanismos para implementar la cooperación internacional de cara a la solución de todos los problemas globales de carácter económico, social, cultural, para lograr el absoluto respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales. La ONU debería disponer de los mecanismos oportunos y eficaces para hacer respetar sus resoluciones y mandatos, así como hacer respetar todos los artículos de sus diferentes Cartas internacionales. También debería intervenir en la vigilancia del cumplimiento de los tratados suscritos en su seno por los diferentes países implicados, e igualmente, ser el foro donde se definieran de forma oficial y vinculante toda la serie de términos y conceptos que perfilan el contexto de la paz y la seguridad mundiales, y que luego cada país aplica a su manera. Hoy día, ningún objetivo de los que hemos mencionado se cumple en el seno de la ONU. Su papel, aunque reconocido internacionalmente por todos los actores, no es vinculante (a veces ni siquiera relevante) para la decisión en torno a determinados conflictos, lo cual convierte a este organismo y sus decisiones en papel mojado, rompiendo los parámetros necesarios para una gobernanza global democrática.

 

La ONU dispone de sedes principales en Nueva York y en Ginebra. Los Estados Unidos financian actualmente alrededor del 25% de su presupuesto total. Funciona delegando sus ámbitos de actuación a terceros Organismos especializados, en Comisiones, mediante el nombramiento de Altos Comisionados para asuntos especiales por su urgencia o gravedad, y se expresa en sus más altos foros de decisión, como son la Asamblea General y el Consejo de Seguridad. También existe el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, ante el cual todos los países deben presentar informes sobre el estado de los mismos cada cuatro años. La expresión de las decisiones de la ONU (como decimos, de forma muy poco democrática) se refleja en sus Resoluciones. El problema fundamental es que, simplemente, éstas en su mayoría NO SE CUMPLEN. Es decir, se encadenan dos problemas, a cual de mayor envergadura: el primero, la falta de democracia internacional en sus decisiones. El segundo, la fata de vías y mecanismos para hacerlas cumplir. Si el primero es malo, el segundo no se queda atrás. Así que bajo estos mimbres, es de ilusos o ingenuos concluir que la ONU desarrolla realmente el papel para el que fue fundada en su momento. Y al igual que para otros muchos aspectos, pensamos que ninguna reforma parcial de los sistemas de funcionamiento interno de la ONU podrá conducirnos a un contexto de auténtica gobernanza democrática mundial. Por eso exigimos, desde la senda pacifista, una verdadera refundación. Una refundación que oriente certeramente a este organismo en el camino del diseño de un sistema de gobernanza internacional realmente democrático, con mecanismos de decisión consensuados, y con garantías para su necesario respeto y cumplimiento. Continuaremos en siguientes entregas.

 

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