Trotsky y un ejemplo de trato con los enemigos del socialismo

 

A raíz de la nota anterior (aquí) se ha suscitado la cuestión de qué tan importantes son las formas y el trato, por parte de dirigentes socialistas, hacia los representantes políticos de las clases dominantes. Considero que la cuestión no es menor, ya que a través de esas formas también se transmiten mensajes. Y uno de los mensajes fundamentales de los socialistas es que nada nos une, en lo político e ideológico, con los defensores de la explotación del trabajo

Un mensaje que debería ser tanto más claro cuando los políticos burgueses dan palmaditas en la espalda a los socialistas y se presentan casi como “amigos”. Todo socialista – máxime si tiene responsabilidades dirigentes- debería entender que la hipocresía de los representantes de la clase dominante no tiene límites. Recordar siempre que esa gente está acostumbrada a mentir y a disimular, ya que la mentira y el disimulo son inherentes a su oficio, que no es otro que contribuir al dominio del capital. En particular, no hay que dar pie para que los políticos burgueses posen de progresistas revolucionarios, ni dar la idea de que confraternizamos con ellos; o que puedan ser, en ningún grado aceptable, camaradas o compañeros. De ahí la distancia que los dirigentes socialistas, en las viejas tradiciones revolucionarias, marcaban con respecto a esos personajes. Lamentablemente, muchos parecen haber olvidado estas enseñanzas.

 

Con el fin de ilustrar esa vieja actitud de los revolucionarios, en lo que sigue transcribo un pasaje de Mi vida, de León Trotsky, en el que relata las negociaciones de paz, realizadas a principios de 1918, entre la República Soviética y Alemania en Brest-Litovsk. Escribe Trotsky:

 

-Hace falta la persona que sepa dar largas a esas negociaciones- dijo Lenin. 
Y acuciado por él, no tuve más remedio que dirigirme a Brest-Litovsk. Confieso que iba como si fuese a un suplicio. El ambiente de gentes extrañas siempre me ha hecho temblar, y éste con especial razón. La verdad es que no acierto a comprender que haya revolucionarios a quienes tanto gusta ser embajadores y que nadan en el nuevo ambiente social en que viven como el pez en el agua. 

 

La primera delegación de los Soviets, presidida por Joffe, fue festejada en Brest-Litovsk por todo el mundo. El príncipe Leopoldo de Baviera recibió a los delegados como “huéspedes” suyos. A medio día y por la noche, las delegaciones se reunían en el comedor y hacían mesa común.  (…) Los alemanes se entremezclaban con los nuestros…

 

El Estado Mayor del general Hoffmann editaba en ruso un periódico destinados a los prisioneros, con el título del El Mensajero ruso, que en la primera época sólo sabía hablar de los bolcheviques con una simpatía enternecedora. “Nuestros lectores -les contaba el General Hoffmann a los prisioneros rusos- nos preguntan: ¿Quién es Trotsky?” Y se ponía a relatarles entusiasmado mis campañas contra el zarismo y mi libro Rusia en la revolución, publicado en alemán.  (…) Como se ve, no había en el mundo revolucionarios más ardorosos que el príncipe Leopoldo de Baviera y el General Hoffmann de Prusia. Pero este, idilio había de durar poco. En la sesión del día 7 de febrero, que no presentaba ni el más remoto parecido con ningún idilio, yo hube de observar, tendiendo un poco la mirada al pasado: “Estamos dispuestos a lamentar las amabilidades prematuras que tanto la Prensa oficial alemana como la austro-húngara han tenido para con nosotros y que no eran absolutamente necesarias para asegurar la buena marcha de las negociaciones de paz”. (…)

 

Para poner fin a esta desagradable mascarada, salí a la palestra de nuestros periódicos preguntando si el Estado mayor alemán no creía oportuno también relatar a sus soldados algo acerca de Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Además, lanzamos una proclama sobre este tema dirigida a los soldados alemanes. El Mensajero ruso, del General Hoffmann, perdió el habla. Lo primero que hizo el general, al presentarme en Brest, fue protestar contra la campaña de propaganda que hacíamos entre las tropas alemanas. Yo rehuí toda conversación sobre este tema e invité al general a que continuase la suya, tal como lo venía haciendo, entre las tropas rusas… Por lo demás, le recordé, aprovechando la ocasión, que nuestra disparidad de criterios en punto a una serie de cuestiones de bastante monta era conocida de antiguo y que hasta había sido sancionada por aquel Tribunal alemán que me condenara en rebeldía a una pena de cárcel durante la guerra. Esté recuerdo, que denotaba sin duda una gran falta de tacto por mi parte, produjo la sensación de un escándalo enorme. (…)

 

Para terminar, insisto en que es necesario evitar las “desagradables mascaradas” con los representantes de los enemigos de clase. Cuando estos adulan al socialismo y se presentan como “amigos del pueblo”, los socialistas, lejos de tratarlos como “compañeros”, deberían seguir el viejo consejo de Lenin, echar una buena dosis de “bilis y vinagre” en la dulzona limonada de las frases pseudo-revolucionarias.

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