A propósito del "eurocomunismo"

 

[Resumen de  la  intervención  en el  debate  del  "Curso sabre problemas  actuales del marxismo" en  la Escola d Estiu organizada  por  "Rosa Sensat" . UA B, 15-7-1977. Redacción posterior.]

 

El planteamiento ex-abrupto que alguien hizo ayer de la cuestión - «si el eurocomunismo es una estrategia del socialismo y si hay otras»- dio pie a una discusión en el estilo todo o nada a la que habría que anteponer al menos una consideración mas analítica, un estudio de «dimensiones», como lo ha intentado Ernest Mandel en sus recientes artículos sabre el asunto.

Realidad y realismo del «eurocomunismo»

El «eurocomunismo» esta absorbiendo buena parte de la discusión comunista. Se ha llegado a decir de él que es el mayor hecho político desde la II Guerra Mundial, o desde la Revolución China, o desde el final de la Guerra Fría. La prensa burguesa -inventora del termino «eurocomunismo», que los PPCC afectados rechazaron hasta que el estilo expeditivo y el talento populista de Santiago Carrillo lo consagraron- ha promovido publicitariamente el tema, pero ella no es la agente principal de su preponderancia. El «eurocomunismo» es la gran cuestión actual de la reflexión en el movimiento comunista porque encarna la mayor realidad social de este fuera de las áreas soviética y china. (Los rusos pecan de incautos cuando contraponen el carácter «real» de su «socialismo» al movimiento animado por el Partido Comunista Italiano, o el francés, o el de Espafia, porque alguien les replicara que es más realidad social el 30 % - no menos del 50 % del proletariado- de un electorado como el italiano que la policía política checa y las tropas blindadas de ocupación). Fuera del bloque de hegemonía rusa y del Extrema Oriente, los tres principales partidos
«eurocomunismo» si no ya también el japones, integran la mayor realidad político-social procedente del movimiento que se originó por reacción al abandono del internacionalismo proletario por la socialdemocracia, al voto nacionalista de los créditos de guerra de 1914. La mucha realidad social que toca, que es, le permite al «eurocomunismo» aciertos de análisis y razonamientos políticos a los que no llegan otras agrupaciones comunistas. Tres de esos aciertos pueden abarcar a todos los demás:

Tres aciertos del «eurocomunismo»

El primero es una buena percepción de los hechos sociales y, ante todo, del incumplimiento de la perspectiva revolucionaria que motivó la constitución de la Internacional Comunista en 1919. Esa percepción, si no va acompañada por una reafirmación de la voluntad revolucionaria, puede ser el punto de partida de una involución hacia la socialdemocracia. Pero incluso en este caso, los «eurocomunistas« pueden conservar veracidad y coherencia. Por lo común, los dirigentes «eurocomunista» no pecan de oportunismo, sino que dicen abiertamente las consecuencias de su análisis. La buena percepción de la realidad y la expresión veraz de lo que se ve (con independencia de que se infiera de lo visto una perspectiva socialdemócrata) refuerzan a su vez la inserción de los partidos «eurocomunistas» en la realidad social, sabre todo en el proletariado. Pues los obreros son mucho mas inteligentes y críticos y están muchísimo mejor informados de lo que parecen creer muchas formaciones radicales en su profetismo paternalista; los obreros comparan la realidad que ven y viven con las versiones intensamente idealizadas que dan de ella algunos grupos y con la reproducción verosímil ofrecida por socialdemócratas de los partidos «eurocomunistas» o de los partidos socialistas; echan la raya y sacan la cuenta.
El segundo acierto es la práctica de una auto-critica efectiva de su propia tradición. Eso permite al «eurocomunismo» poner en movimiento reflexión autentica interesante no solo para fieles de secta, sino para muchísimos trabajadores.
El tercero es el análisis sin prejuicios de las novedades de la estructura social. Posibilitado por la liberación del dogmatismo (sincero o farisaico) de los políticos del Este, ese análisis fresco permite a su vez una búsqueda nueva de alianzas fundadas en la articulación de las clases sociales y sus capas tal como se dan hoy en la sociedad, no en pobres manuales.


El «eurocomunismo» como repliegue


Pero, por encima de aquella dimensión analítica (en la que el «eurocomunismo», en aparente contradicción con su escasa afición a la teoría, se destaca favorablemente del resto del movimiento comunista) no hay una dimensión totalizadora socialista. El análisis «eurocomunista» no es parte de una dialéctica revolucionaria. O , para decirlo con las palabras de la intervención de ayer, el «eurocomunismo» no es una estrategia al socialismo. Precisamente cuando se presenta como estrategia socialista pierde incluso su calidad analítica, y se convierte en ideología engañosa. El «eurocomunismo» como estrategia socialista es la insulsa utopía de una clase dominante dispuesta a abdicar graciosamente y una clase ascendente capaz de cambiar las relaciones de producción (empezando par las de propiedad) sin ejercer coacción. Para creerse semejante utopía (si es que alguien se la cree) es necesario haber perdido la idea de lo que puede ser un cambio conscientemente querido del modo de producción, y de lo que es una clase amenazada de expropiación por la clase a la que ella domina y explota actualmente.
El «eurocomunismo», en la medida en que se le puede tomar en serio, no es una estrategia al socialismo. Es, por el contrario, el ultimo repliegue alcanzado por el movimiento comunista real desde la derrota de los años 1917-1921. Es verdad que un repliegue se puede organizar como preparación de una ofensiva, o para que un día sea posible preparar una ofensiva. Pero para eso la primera condición consiste en saber que se trata de un repliegue. Lo peor del «eurocomunismo» es su presentación eufórica como «vía al socialismo», porque esa presentación implica la voluntad de ignorar la situación de repliegue y, con esa ignorancia, el abandono de toda noción seria, no reformista-burguesa, de socialismo.


El movimiento lo está siendo todo


En general, la posición de los partidos comunistas en los países capitalistas en los que tienen alguna importancia es bernsteiniana, por decirlo con un concepto tradicional: esos partidos se limitan o reducen a promover e inspirar el movimiento de la clase obrera en su vida cotidiana, incluyendo en ese movimiento el forcejeo por los hilos del poder político tal como esta dado en el estado burgués; y no plantean siquiera la cuestión de los fines del movimiento. Este «movimientismo» es característico de los partidos «eurocomunistas» con un acento, y, con otro acento, y con mayor o menor retraso en las posiciones adoptadas, lo es también de los partidos comunistas menores. Se puede recordar a este propósito, como ejemplos ilustrativos, que hace unos ocho años los partidos minoritarios de extrema izquierda (y su inconsistente corte de intelectuales deslumbrados) vituperaban la defensa de la lengua catalana («la lengua de la burguesía», como decían en castellano con mucho acento catalán) por el PSU de C., antes de convertirse en destacados catalanistas; y que todavía hace cuatro años combatían con graves acusaciones la consigna de amnistía propugnada entonces exclusivamente (entre los comunistas) por el PCE-PSU de C. Aquí en Barcelona hay otro ejemplo espectacular de lo mismo, que es la Asamblea de Cataluña. Cuando se constituyó, con la iniciativa y el esfuerzo completamente decisivos del PSU de C. los partidos comunistas minoritarios estimaron que se trataba de una entrega condenable de los intereses de la clase obrera a la burguesía. Poco tiempo después se habían subido al tren, y la llegada de este a una vía muerta les ha sorprendido mientras intentaban engancharle unos coches-cama para viajar en él duraderamente.
La reducción de los partidos comunistas al movimiento en el marco social dado tiene el solido fundamento de que los hechos no han confirmado la expectativa de 1917-1919 ni las dos principales explicaciones ad hoc inventadas luego para zurcir la desgarrada teoría. Esas dos explicaciones son: la de las etapas de la revolución mundial, partiendo de la consolidación del socialismo en un solo país (la expectativa que animo a la tradición estalinista); y la idea de que el obstáculo decisivo opuesto a la revolución es una deficiencia subjetiva consistente en la falta de dirección revolucionaria (explicación todavía hoy mantenida en varios ambientes trotskistas). La
política puramente «movimientista», bernsteiniana, de todos los partidos comunistas un poco importantes se basa siempre en la derrota de aquella expectativa, ya lo reconozcan abiertamente con la coherencia reformista de los partidos «eurocomunistas», ya lo disimulen, como otras formaciones mas oportunistas, ya, por último, lo ignoren, como otros pequeños partidos comunistas mas obnubilados ideológicamente, pero todavía exentos del reformismo burgués de los primeros y de la insinceridad oportunista de los segundos.

Necesidades y rasgos de una regeneración comunista


El revisionismo al que Bernstein dio forma en otra situación de la sociedad europea (no sin analogías con esta) presenta muchas cosas en común con la práctica de los partidos comunistas europeos contemporáneos. Para empezar, unas raíces de clase bastante parecidas; el progresivo paso de la hegemonía dentro del partido a equipos dominantes pequeño-burgueses de profesionales (no de intelectuales puros o teóricos, como en los partidos extremistas), con retroceso de la fuerza obrera en la dirección política (pese a ser mayoritaria en la organización, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los partidos comunistas minoritarios), es tan evidente en los partidos «eurocomunistas» como lo fue en la socialdemocracia del cambio de siglo. Luego tienen en común una buena sensata percepción de la realidad. Luego, muy en relación con la raíz de clase de los equipos dirigentes, la concepción positivista de la realidad como sustancialmente inmutable. Por último, un politicismo desenfrenado en el que confluyen el juicio positivista sabre la inmutable realidad y la jactancia vanidosa del pequeño burgués, particularmente del intelectual sin pasión por las ideas. Junto al lapidario «La meta no es nada, el movimiento lo es todo» de Eduard Bernstein, es posible citar hoy sentencias no menos petulantes procedentes de esos medias pequeño-burgueses que pugnan por la hegemonía en los partidos comunistas.
La orientación general de un comunismo marxista tiene que consistir hoy en la reafirmación de la voluntad revolucionaria (sin la cual no seria una orientación comunista) y el intento de conocer con honradez científica la situación (sin lo cual no seria una orientación marxista). Lo primero que hace falta para articular esa orientación (no importa reiterar cuando se trata de esto tan importante) es una consciencia auto-critica del fracaso o el error de las previsiones de 1917-1919, e incluso de la literalidad de la perspectiva marxiana. Hay que saber y reconocer, con la libertad de vanidades y dogmatismos imprescindible para pensar científicamente, que las «condiciones materiales»m contempladas en el esquema marxista, desde el siglo XIX, como presupuestos de la revolución proletaria se cumplieron hace ya mucho tiempo, y que por ese lado no hay que esperar nada, ninguna «etapa» que aun hubiera que cubrir por causas objetivas o materiales. Las «condiciones materiales» presupuestas por la tradición marxista se han realizado con una abundancia que Marx no había ni imaginado; la sociedad anónima o «el capital por acciones» que según Marx «muta en comunismo», se ha quedado hasta anticuado, y, sin embargo, no ha habido revolución social. Con eso no queda ya ni sombra de apoyo para un marxismo mecanicista que, ciertamente, solo se puede imputar a Marx en los momentos en que algún descubrimiento le deslumbra o en los que el también da una cabezada, pero que, no menos ciertamente, es un elemento de mucho peso en la tradición del movimiento y en el ideologismo de varios grupos. Superar el mecanicismo, tan fuera de lugar cuando no hay ya mecánica alguna cuyos efectos esperar, es una condición necesaria para reconstruir científicamente la perspectiva revolucionaria, para distinguir verazmente entre conocimiento y voluntad, entre lo que hay y lo que el movimiento quiere que haya.
Dado el desarrollo actual de las fuerzas productivas y dada la presente articulación de las relaciones de producción, la idea de que el movimiento proceda llevado necesariamente por unacorriente entrecortada a ciertos niveles determinados, como por un río con esclusas, es un mito acientífico que se tiene que sustituir por la visión de un movimiento situado en un terreno del que conoce algo e ignora mucho; un movimiento que se dispone racionalmente ante los obstáculos, aprovechando al máximo lo que conoce y sin confundirlo nunca, naturalísticamente, con lo que quiere; y así sabe que solo tiene sentido porque busca una meta revolucionaria, el comunismo.
Desde el punto de vista del sentido, de la razón de ser, el movimiento no es nada, la meta lo es todo. Antonio Gramsci (al que tan ingenuamente manipulan hoy) expresó algo parecido diciendo que no interesa montar en la imaginación detalladas construcciones especulativas, como los revolucionarios utópicos, ni menos encerrarse en el forcejeo cotidiano por objetivos ineludibles e importantes, pero insuficientes, al modo de los reformistas, sino que se trata de trabajar por la realización de un «principia ético-jurídico», el principio de la sociedad emancipada. La sujeción positivista a la sociedad presente, adobada a lo sumo con la teoría de etapas y gradualidades en una fantasiosa vía de reformas, es tan acientifica como la prescripción por los utópicos de la forma de freír huevas en la sociedad emancipada.

Práctica e ideología

Uno podría preguntarse, llegado a este punto, si esta reflexión no se reduce a gastar pólvora en salvas, como se suele decir. Puesto que se admite que el análisis «eurocomunista» de la situación en las sociedades de que se trata es bastante acertado y, en particular, que la correlación de fuerzas político-militar, sobre el fondo de la crisis económica, sugiere más una nueva apelación de la burguesía al fascismo (para conseguir de una vez y por las malas el «pacto social») que una posibilidad revolucionaria, no nos preocupemos (se podría decir) por el reformismo que, al menos, consigue una intervención real en la vida política, ni por la ceguera ideológica de otros partidos comunistas minoritarios que, por lo menos, y aunque sea como sonámbulos, mantienen la pequeña llama del ideal junto al movimiento real. Hasta se podría adornar consoladoramente esa proposición con la celebre sentencia de Marx, aplicada esta vez a nosotros mismos: «No lo saben, pero lo hacen». Pero esa actitud no se puede adoptar porque la política reformista tiende a producir en los militantes la perdida de voluntad revolucionaria, y porque los espejismos ideológicos tienden a producir en ellos, al final, escepticismo o desesperación. El resultado de la co -presencia desligada de reformismo e ideologismo no será una integración de voluntad comunista en el conocimiento y en el movimiento obrero real, sino la divergencia acentuada de uno y otro motivo, la socialdemocratización definitiva de unos partidos «eurocomunistas» probablemente en crecimiento (al menos electoral), el enquistamiento dogmático de unos grupos minoritarios probablemente en disminución relativa y, sobre todo, la neutralización decepcionada de un sector popular que quedara en disposición de sucumbir a demagogos fascistas, tal vez de nuevo disfrazados de anarquistas, al modo como Falange se cubrió en los años 30 con el rojo-y-negro confederal. La tendencia a refugiarse en ficciones ideológicas es muy intensa, porque ideología es seguridad frente al malestar producido por la situación del movimiento. Los «eurocomunistas» calman la natural ansiedad ignorando la crisis y prometiéndoselas muy felices en una suave transición a la nueva sociedad; los comunistas minoritarios consiguen lo mismo imaginando, con edificante constancia desde 1919, que la revolución esta a punto de estallar. Pero la procesión va por dentro. El que ayer se produjeran algunas reacciones algo ansiosas y crispadas no pudo deberse, como alguien dijo, a que unos pocos repasáramos críticamente las cosas; eso seria otorgar a unas palabras ocasionales mas eficacia de la que pueden tener. La inquietud se manifestó porque estaba latente. Por lo demás, un comunista no esta llamado a tranquilizar, mintiendo, a un pueblo fiel y ciego, como el Gran Inquisidor de Dostoievski, a costa de acogotar al mismo Cristo resucitado.

Elementos de una política comunista contemporánea


Por otra parte, el rechazo del «eurocomunismo» como ideología de una supuesta vía al socialismo no condena a la pasividad. La critica del «eurocomunismo» lleva implícita una política. No es, desde luego, una «vía», una «estrategia», pero tampoco se finge tal, por la sencilla razón de que no cree en estrategias en sentido corriente, no cree que tengan valor científico las construidas previsiones tradicionales de lo que va a pasar y de como va a pasar. Esas estrategias son en gran parte construcciones ad hoc, justificaciones de la practica del momento. Una política comunista racional no tiene que hacer construcciones de esas, y menos que nunca hoy, en medio de la crisis teórica y de la perplejidad practica del movimiento.
Lo que tiene que hacer es situar bien claro y visible el principio revolucionario de su práctica, el «ideal», por decirlo con la más «cursi», ética y pre-marxista de todas las palabras que hacen al caso. Lo científico es saber que un ideal es un objetivo, no el presunto resultado falsamente deducido de una cadena pseudo-cientifica de previsiones estratégicas. Lo científico es asegurarse de la posibilidad de un ideal, no el empeño irracional de demostrar su existencia futura. Y lo revolucionario es moverse en todo momento, incluso en situaciones de mera defensa de lo mas elemental, del simple pan (como en la presente crisis económica), teniendo siempre consciencia de la meta y de su radical alteridad respecto de esta sociedad, en vez de mecerse en una ilusión de transición gradual que conduce a la aceptación de esta sociedad.

Dos criterios principales

Esa posición política tiene dos criterios: no engañarse y no desnaturalizarse. No engañarse  con  las cuentas de la lechera reformista ni  con  la fe izquierdista en la lotería histórica. No desnaturalizarse: no   rebajar,   no   hacer   programas deducidos de supuestas vías gradualistas al socialismo, sino atenerse a plataformas al hilo de la cotidiana lucha de las clases sociales  y  a tenor de la correlación de fuerzas de cada momento, pero  sabre  el  fondo  de un programa  al  que no  vale  la pena llamar máximo, porque es único:  el comunismo. Sabre  el  no  engañarse ya queda dicho algo,  dentro de lo poco que se dice en una intervención  como esta.  A propósito del no rebajar hay que decir brevemente dos consecuencias de las varias que tiene: la primera es que la practica indicada  excluye  todo pacto  con  la burguesía en  sentido  estricto. Esto no tiene  por  que  acarrear  ninguna truculencia; se  puede apreciar  altamente los  talentos  de gestión  de  cualquier capitalista  que los tenga, igual que  sus demás excelencias  personales, sin dejar por ello de aspirar a expropiarle. La segunda   es   que   el   atenerse   a plataformas de lucha orientadas por el «principia ético-juridico» comunista debe incluir   el   desarrollo de   actividades innovadoras   en   la vida cotidiana, desde la imprescindible renovación de la relación cultura-naturaleza hasta la experimentación de  relaciones y comunidades  de  convivencia. Esto  indica  otros campos  de organización del bloque histórico revolucionario  inaccesibles «Con limpieza de corazón», por así decirlo, para reformistas y  dogmáticos.

Necesidad  de  exploración

En general,   la posición política   comunista   que se   ha apuntado   tiene,   sobre   todo,   campos   que explorar. He aquí  una breve  relación de los principales: la  acentuación  de la destructividad de las fuerzas  productivas en   el   capitalismo,  señalada enérgicamente  por  Marx  en el   Manifiesto Comunista,  en los  Grundrisse,  en  El Capital,  etc., pero escasamente  atendida en la tradición del movimiento;   la   crisis de cultura, de civilización en los países capitalistas adelantados,   con una vulnerabilidad  'que  ayer  se puso bien  de  manifiesto en  el  segundo gran  apagón  de Nueva  York, y con   la   natural   tendencia   del   poder   a   una   involución   despótica   para   hacer   frente   a   esa vulnerabilidad  de la vida social; los persistentes problemas  del  imperialismo  y  el  Tercer  Mundo; y, por   terminar en algún   punto, la   espectacular   degeneración del   parlamentarismo en los países capitalistas, augurio también (esperemos  que falible) de una nueva involución de esas sociedades hacia  formas  de  tiranía.

 

Abrir PDF

http://archivo.juventudes.org/manuel-sacrist%C3%A1n/prop%C3%B3sito-del-eurocomunismo

Top