Filosofía y Política del Buen Vivir (II)

Viñeta: Vasco Gargalo

 

"La expresión Buen Vivir o Vivir Bien, propia de los pueblos originarios de Bolivia, Ecuador, Perú... significa, en primer término, “Vivir bien entre nosotros”. Propugna una convivencia comunitaria con interculturalidad y sin asimetrías de poder. Como afirmó Evo Morales: “No se puede Vivir Bien si los demás viven mal”. Y esta expresión condensa lo central del planteamiento solidario: Se trata de vivir como parte de la comunidad, con protección de ella y protegiéndola, en armonía con la naturaleza. “Vivir en equilibrio con lo que nos rodea” y también “bien contigo y conmigo”; es diferente del ‘bienestar’ individualista promovido por el mercado, erigido de espaldas o en contra de “los demás”, y separado de la naturaleza a la que considera su “objeto”

Isabel Rauber

 

El Buen Vivir pone en cuestión y en permanente debate nuestra concepción clásica del "desarrollo", situada bajo la óptica capitalista, y que tanto daño ha propiciado al medio ambiente. El Buen Vivir transforma el desarrollo y amplía su debate hacia un debate político, social, cultural y ético, y no sólo económico, y por ello mantiene relación con las desigualdades, con la pobreza y la riqueza, con la propiedad de los recursos energéticos, con el acceso a los servicios, con el catálogo de derechos...En última instancia, con la propia democracia. El Buen Vivir revoluciona los viejos paradigmas relativos a la civilización, a la prosperidad, al desarrollo, al bienestar, al progreso social, etc., basados en el consumismo desaforado, en el derroche y uso abusivo de los recursos naturales, y en la permanente explotación de la naturaleza y de los seres vivos para mayor dominio del ser humano. El Buen Vivir los denuncia, desmonta sus contradicciones y sus falacias, revela su irracionalidad y demuestra su insostenibilidad. El Buen Vivir coloca la naturaleza en el centro de la vida, alejándola de su visión como "objeto" al servicio del hombre, un objeto que la humanidad puede y debe conquistar, dominar y explotar en aras de su "bienestar", tal como explica Isabel Rauber en su ya referida Ponencia, en la que nos estamos basando para estas primeras reflexiones. El capitalismo transformó la naturaleza en un objeto sujeto a los mismos procesos de mercantilización que el resto de bienes y servicios, y la explota continuamente. El deterioro de nuestro medio ambiente es causado por el ser humano, debido a este incesante ataque a nuestros recursos naturales, a este proceso de saqueo del resto de seres vivos que habitamos en el planeta. Y así, la naturaleza fue poco a poco sometida a apropiación privada, vendida, comprada, expropiada, sometida, saqueada, vaciada, bombardeada, expoliada, enajenada, etc. 

 

Y con ello, atacábamos a nuestro propio entorno natural, como si fuéramos capaces de sobrevivir sin él. Como si el ser humano no formara parte de él, como si no lo necesitáramos para nuestras funciones y equilibrios vitales. El capitalismo siempre ha visto a la naturaleza como un pozo sin fondo, como un depósito ilimitado, con capacidad de regeneración continua...hasta que la naturaleza comenzó a dar claras muestras de lo contrario: el creciente agujero de la capa de ozono, los tsunamis y terremotos, el agotamiento de los recursos energéticos, la contaminación del aire y del agua, la subida del nivel de los océanos, el deshielo de grandes zonas de los polos, las lluvias torrenciales, la desertización de grandes zonas de tierra, la muerte de animales, la invasión de basura de los mares, los éxodos masivos de población, las sequías e inundaciones, y un largo etcétera comenzaron a vislumbrar importantes señales de alarma, que el ser humano continuó ignorando. Los equilibrios naturales de los ecosistemas se comenzaron a quebrar, lo cual es crítico para mantener el patrimonio de biodiversidad para las futuras generaciones. En esta dimensión ecológica de la realidad, que el capitalismo nunca apreció, los seres humanos somos parte intrínseca e indivisible de la naturaleza. Necesitamos los entornos y ecosistemas naturales exactamente igual que los necesita un rinoceronte o un oso polar. Isabel Rauber concluye en los siguientes términos: "En tal sentido, resulta claro que las cuestiones ecológicas o referidas a la naturaleza no pueden ser analizadas de modo aislado, como tampoco lo relativo a la pobreza, desarrollo, democracia...Es indispensable el enfoque integral sistémico (economía, política, cultura, modo de vida...) de la vida en las realidades sociales en cada momento". 

 

El error humano, el tremendo y catastrófico error, ha sido considerar que la naturaleza era como una especie de agente externo del cual se podía abusar sin que nada ocurriera. De hecho, hasta mediados del siglo XX el ser humano no comienza a poseer una conciencia ecológica, a darle importancia a la dimensión ecológica de la vida humana. Algo que hoy día denuncia hasta el mismísimo Papa Francisco, el único Papa "ecológico" que hemos tenido hasta el momento, preocupado (incluso en su Encíclica "Laudato sí", que comentaremos también en su momento) por la vorágine de destrucción del planeta que el hombre lleva a cabo basándose en la desastrosa filosofía capitalista. Necesitamos construir otra relación Estado-sociedad-ciudadanía-naturaleza, basada en otra hegemonía cultural, centrada en los pueblos en defensa de la vida. Necesitamos construir otro modelo de sociedad centrada en un nuevo Estado para el Buen Vivir y Convivir, que nos vuelva a colocar en solidaridad con nuestros semejantes, y en armonía con el resto de elementos naturales y de seres vivos que pueblan el planeta. Es preciso construir una alternativa civilizatoria superadora de la civilización industrial capitalista, aquélla que desprecia al propio ser humano (sus derechos y necesidades fundamentales), al resto de animales y seres vivos, y a la naturaleza con sus equilibrios ecosistémicos. Y es que la defensa integral de la vida sólo puede llevarse a cabo desde un nuevo paradigma, que se resume en la indivisible interrelación naturaleza-sociedad. El conflicto capital-planeta ha de ser superado en favor de éste último, pues de lo contrario, nuestra supervivencia es insostenible. Tenemos que echar abajo la hegemonía y la cosmovisión del capital, centrada en la indiscutible fuerza del mercado como bien supremo y equilibrador de las relaciones humanas. 

 

Hoy día, la mercantilización no conoce límites ni barreras. La globalización capitalista ha invadido todos los órdenes, facetas y ámbitos de la vida humana. Durante los últimos siglos el mercado ha ido perfeccionando las condiciones para la cosificación humana y sus posibilidades de mercantilización. Y así, en la era de la globalización del mercado capitalista todo es factible de ser vendido y de ser comprado. La transformación del sujeto en objeto que vive por y para el mercado es parte fundamental del proceso de hegemonía global del capital. De ahí la dimensión destructiva y deshumanizadora que hemos alcanzado en el siglo XXI. Son precisamente estas bases materiales, ideológicas y culturales las que hay que derribar para buscar caminos hacia su superación en favor de la vida. La superación de esta civilización del capital implica cambiar de raíz su modo de producción y reproducción de la vida social y de interrelación con la naturaleza. El capital nos ha demostrado que su expansión es insostenible. Darnos cuenta y reconocer este hecho insoslayable es un hito fundamental. Y esto conlleva un proceso histórico-cultural de creación-aprendizaje de la humanidad, orientada hacia un nuevo horizonte civilizatorio, anclado en los principios del Buen Vivir y Convivir entre nosotros y con la naturaleza. En expresión de la Filosofía Zen: "Ser uno con la naturaleza", que implica protegerla y respetarla, hacer un uso racional y sostenible de ella, y abandonar todos los modos de producción y consumo que no cumplan con dichos paradigmas. Necesitamos volver a recuperar nuestro anclaje natural con la naturaleza, y recuperar también modos de producir, repartir, compartir, consumir y desechar acordes con dicho modelo. 

 

Julio César Centeno ha explicado el fundamento de este modelo en los siguientes términos: "Vivir en armonía con la naturaleza implica una relación equitativa y equilibrada con la Madre Tierra, la fuente y el sustento de la humanidad misma. Esta relación debe fundamentarse en un profundo respeto por la naturaleza y en el reconocimiento de nuestra responsabilidad por restablecer la salud e integridad de los sistemas naturales que hemos deteriorado. Esta transformación de la relación entre la humanidad y la Madre Tierra no es más que una reafirmación de que la existencia humana es parte inextricable de la Naturaleza". Esto es exactamente lo que debemos comprender y valorar, porque es la pieza esencial que nos debe conducir a un cambio en nuestros hábitos, formas, costumbres y modos de vida. Centeno insiste en un aspecto importante, como es nuestra huella y capacidad de transformación del paisaje natural como ningún otro animal de ninguna especie. Nos indica que aunque las primeras especies del género Homo datan de hace más de 2 millones de años, la historia de nuestra especie tuvo lugar en el período geológico conocido como el Holoceno, un período relativamente breve en la historia del planeta que abarca los últimos 11.000 años. Desde el desarrollo de la agricultura a inicios del Holoceno, la humanidad ha influido masivamente en todos los aspectos del entorno natural. Y así, casi todos los ecosistemas del planeta portan las cicatrices de nuestra presencia. Pero las últimas décadas han sido especialmente devastadoras, y han sentado un antes y un después: la alteración del equilibrio atmosférico, la destrucción de aproximadamente la mitad de los bosques originales del planeta, la erosión de los suelos, la desertificación, la contaminación con sustancias tóxicas del agua, el aire y los alimentos; la destrucción de ríos y quebradas, la acidificación de los océanos, la erradicación masiva de especies de plantas y animales, o la peligrosa reducción de las formaciones de hielo tanto en el Ártico como en la Antártida. Todo ello está provocando el calentamiento global y el irreversible cambio climático que estamos comenzando a sufrir. La naturaleza grita, se queja, muestra su dolor. Pero nosotros seguimos empeñados en mirar hacia otro lado. Continuaremos en siguientes entregas.

 

Viñeta: Vasco Gargalo

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