Sobre los supuestos “gestores de la crisis”

Nunca se ha podido re-fundar un capitalismo que asumiese “compromisos sociales”, empezando por la idea del trabajo como mercancía de usar y tirar

Asturbulla

Las crisis son épocas económicas que dan la gran oportunidad a los granujas. Como vivimos en un mundo en el que una gran parte de la humanidad ha de producir para una minoría parasitaria –patronal, accionistas- no son pocos los avispados, los que se aprovechan de la coyuntura para cerrar empresas, destruir puestos de trabajo y emular el título de aquella película: “coge el dinero y corre”. Nunca se ha podido re-fundar el capitalismo de tal manera que la patronal y, muy especialmente, la corporación tras-nacional, asumiese “compromisos sociales”. A esta altura del cuento, tal empeño suena a utopía. Se parece demasiado a todo ese conjunto de idioteces que algunos han querido interponer, a modo de tercera vía, en el quicio de la dialéctica entre capital y trabajo: socialdemocracia, doctrina social de la iglesia, capitalismo de Estado, etc.

La dialéctica entre capital y trabajo es incuestionable, y las crisis se le presentan al patrono como “apertura de la veda”. Todo lo que estaba vedado y mal visto en periodos de normalidad y “crecimiento”, se justifica y se hace con descaro a partir de la recesión.

Empezando por la idea del trabajo (de la fuerza del trabajo) como mercancía de usar y tirar. Los empleos pueden hoy compararse muy bien con los pañuelitos de papel con los que nos sonamos los mocos. La patronal no ha variado un ápice su visión de la mercancía “fuerza de trabajo”. Cuando las centrales sindicales y los portavoces de la izquierda oficial (PSOE, IU) cacarean en torno a las “conquistas sociales de los trabajadores” uno, sobre todo si es un asalariado, no debería por menos de reirse con sarcasmo. Primero, si pensamos en los dos tercios del globo, fuera de Europa, donde los obreros se reducen a la condición de esclavos subalimentados y donde es explotado el menor, la mujer, el anciano. Solamente los niños de pecho se libran en el infierno-mundo creado por el capitalismo hoy. Y no del todo, pues el VIH y mil pandemias le rondan, y además el niño de pecho se ha convertido en muchos países en un paquete de carne que aglutina potencialmente órganos humanos, buenos para el tráfico.

Segundo. Salvando las distancias tan tremendas, en Europa misma vemos síntomas de retroceso. El infierno-mundo lo sufrimos aquí de manera mucho más dulce y acolchada, pero venir, lo que se dice venir hacia nosotros, es materia que no ofrece dudas.

En mi juventud presencié con horror la llegada a Xixón, mi ciudad, de las primeras ETTs (Empresas de Trabajo Temporal). Aquello era inaudito. Estábamos acostumbrados a que fuera el INEM, un organismo estatal, el intermediario único de la contratación de asalariados a cargo de patronos. Fueron ministros y partidos “de izquierdas” los que hicieron legal el oficio de traficante de seres humanos. El socialismo y la democracia “a la española” vistieron de largo al negrero, y fue posible que se cobrara comisión por “solicitar trabajo”, tanto en la calidad de demandante como en la de oferente.

Hoy en día, las empresas son plenamente conscientes de que no hay, de que nunca habrá “terceras vías”. El mundo vive más que nunca en la dicotomía famosa: “socialismo o barbarie”. Porque tendencialmente este sistema es ese: la barbarie. Es una barbarie dejar a dos tercios de la humanidad y del territorio planetario en la más degradante situación. Miseria, esclavitud, abandono. El ser humano que nada tiene, que no posee otra cosa salvo su capacidad de trabajar se encuentra hoy más que nunca en un situación de desprotección total. Su capacidad de unión y autodefensa está constantemente obturada por las oligarquías correspondientes en cada región.

En el caso asturiano, nadie duda de la existencia de tal oligarquía. Se trata de una reproducción a escala de lo que sucede en el Estado español. Un puñado de políticos “profesionales” usurpa la representación popular, convirtiéndola en oficio. Un oficio excesivamente bien pagado, de manera tanto oficial como extraoficial. Un puñado de ineptos para la vida civil honrada son los que encuentran, sin embargo, su feliz acomodo en la vida política. Una esfera propia, que se rige con sus propias leyes autónomas. Un mundo ficticio y, a la vez, demasiado real por desgracia.

Helos ahí, con su coche oficial y sus modales de “gestores”. Hablan como si nosotros, el pueblo, anduviéramos huérfanos de sus sagaces maniobras. Lo más llamativo de la esfera de los políticos profesionales (es decir, de los inútiles que nada serían en la vida sin su carnet de partido) es su afán paternalista y redentor: oficinas de “género”, oficinas de “igualdad”, de “cooperación”, oficinas “de política lingüística”… Hay una oficina para cada problema candente en la sociedad. Si existe la voluntad descarada de no resolver tal problema, entonces ya está solución: crean una oficina.

En torno a las grandes decisiones, en cambio, decisiones de índole económica (infraestructuras, Muselones, producción energética) la cuestión de un gobierno o, para el caso asturiano, de un “gobiernín” no estriba en si damos de comer a este o a aquel apaniguado, o en gastar esta o aquella cantidad de calderilla a discreción. No: de lo que se trata en estos casos es de crear un proyecto para un País. Decidir –desde despachos y esferas plutocráticas- dónde invertir, en qué sectores poner el acento, cómo especializarse productivamente, si es que se hace necesario hacerlo.

En épocas de crisis puede haber recortes o no de los departamentos “florero” y de los presupuestos “calderilla”. Pero de lo que no cabe duda es que los mega-proyectos económicos (energéticos e infraestructurales) seguirán su curso con la cabezonería misma de las grandes masas de dinero. El capital tiende a formar montañas. Es lo que Marx llamaba Concentración y Centralización del Capital.

Las Montañas de inversión pública son todo menos justas y redistributivas. La población no recoge beneficio alguno de tales aplicaciones de presupuesto. Al contrario, percibe atónita cómo los granujas roban de manera descarada durante la construcción o reforma de megapuertos (caso Muselón). Cómo se trata de tapar el desfalco que tales obras acarrean. Cómo se degrada el medio ambiente y la posibilidad de vida en la costa. Cómo se derrocha en un puerto vacío, donde no atracan los barcos, sino los atracadores que pululan en torno a ayuntamientos y “Principado”… Todo esto no es keynesianismo, afán de inversión pública para “gastar” así la plusvalía no realizada. Más bien se trata de un saqueo organizado. Saqueo al trabajador, pues la plusvalía “gastable” no va destinada a un reimpulso de la economía productiva sino más bien a una perpetuación del tinglado saqueador. Al igual que los antiguos faraones, esta mafia gobernante y su séquito de empresas parasitarias sólo piensan en solidificar su estatus de “redistribuidores” de la plusvalía generada en unas condiciones laborales cada vez más degradadas, o bien transferida vía Madrid o Bruselas. La autosuficiencia productiva de Asturies siempre estará postergada, e incluso prohibida por estas elites ineptas. ¿Cómo la van a querer? A más autosuficiencia económica, menos necesidad habría de su supuesto papel de “Grandes Hombres Redistribuidores”. Es decir, parásitos.


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