Blasfemar

¿Nunca se castigará a ciertos jueces por cagarse literalmente en la libertad de expresión?

 

Cagarse en Dios, no solo es un delito sin víctima, sin crimen, sin cuerpo del delito, sino que no hay nadie en este mundo, ni siquiera un cardenal arzobispo, lo que ya es decir, que posea tal psicomotricidad para llevar a buen puerto semejante acrobacia fisiológica, que tanto contento nos causa como diría el impagable Quevedo, en su obra Gracias y Desgracias del Ojo del Culo.

Resulta difícil de entender que haya gentes que sientan que su sentimiento religioso se sienta soliviantado por un ciscamiento coyuntural en el Todopoderoso y su sentimiento de justicia no se sienta humillado y trasegado por las continuas injusticias cometidas contra los pobres de este mundo, sean niños, mujeres, ancianos, enfermos y desahuciados en general, que, más o menos, es mayoría mundial. 

¿Cuándo admitirán los jueces que existen individuos con nombres y apellidos que una y otra vez se cagan en el sentimiento y sed de justicia que decía el Otro y a quienes, en buena lógica penal, habría que encausarlos? En este país, el sentimiento de justicia reclamado por miles de personas está siendo una y otra vez vilipendiado, escarnecido, humillado, vejado, herido, maltratado y ninguneado. ¿Cuándo lo aceptará el Código Penal como delito? 

En la Edad Media, Alta y Baja, los obispos se lamentaban de que el delito contra las leyes del Estado se castigaba con la pena de muerte y, en cambio, quien se cagaba en el continente de Dios solo recibía unos azotes en las nalgas o, en el peor de los casos, llevado al tripalium para hacerle una operación quirúrgica a lo divino. 

Los padres de la Iglesia consideraban que tal situación era un agravio. Era injusto y lesivo para la Iglesia, pues Dios estaba por encima de las leyes y, por tanto, blasfemar -palabra infame-, tenía que ser contemplando por el Estado como un delito más grave que matar a un semejante.

En estos tiempos que ya no corren, ni cambian, ni evolucionan, cagarse en Dios sigue siendo delito, aunque lablasfemia no aparezca como tal en el articulado del Código Penal, desde 1988. Su sustituto, el escarnio al sentimiento religioso, se coloca al mismo nivel que cagarse en el Estado de Derecho, en el Rey, en la Bandera o en la Monarquía. Lo que tiene su retranca comparativa. 

Supongo que la jerarquía eclesiástica se sentirá bien satisfecha al comprobar el mismo nivel punitivo que tiene la volatería de cagarse en una entelequia o fetiche civil, como es la moral del Estado de Derecho, que elogiar la capacidad follatriz que tenía la Magdalena, según recientes investigaciones. El Estado, al mantener el articulado infame, del 522 al 525 del Código Penal, sigue primando los dogmas y los principios religiosos propios de un estado nacionalcatólico en detrimento de un Estado que aboga por la aconfesionalidad religiosa.

La situación, más que surrealista, es astracanada total.

Los creyentes dicen que se comen y se beben la carne y la sangre de Jesucristo. Bien mirado, resulta ser una actividad fisiológica tan difícil y tan complicada de realizar con éxito como la de depositar en un ente inexistente la descomposición de los alimentos en forma de materia biodegradable. 

A los primeros, se los inculpa por tener la habilidad de poner en estado neurótico a quienes poseen un sentimiento religioso súper desarrollado, tanto como su intestino grueso que diría L. Sterne, y que, gracias a un juez clerical puede condenarlos por escarnecer dicho intestino grueso, digo, y digo bien, escaldar en salfumán hirviendo el sentimiento religioso de todo un lobby católico.

En cambio, a los segundos que actúan como sucedáneos o calcomanías de caníbales y vampiros de novela gótica, alardeando libre y públicamente de tales actos, la autoridad judicial no les impide seguir con estas actividades calificadas como delictivas, máxime cuando están al alcance de los niños y pueden verlas hasta en la televisión. Y, sobre todo, cuando dichas palabras pueden constituirse en “actos de habla perlocutivose inducir a esos mismos niños a cometer en sus juegos inocentes idéntica atrocidad caníbal con alguno de sus semejantes cercanos.

La Iglesia, en este sentido, sigue sin darse por aludida en este terreno de la lingüística sugerida por Austin y que, en otros terrenos, como el de la política, ha llevado a la cárcel a muchas personas, por el solo hecho de decir una barbaridad (sic). ¿Nunca se castigará a ciertos jueces por cagarse literalmente en la libertad de expresión?

Decía S. Cirilo: “No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente".Seguro que Dios no miente. Lógico. Jamás dijo esta boca es mía. Al menos, dicho algo. No consta. 

La Iglesia, a pesar de que se apoye en la Suma Teológica del Aquinate -"la presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios”-, debería revisar sus “mentiras teológicas”.

Si las retirara de sus dogmas, nadie se ciscaría en ellas. Y Dios seguiría tan silencioso como siempre.

 

https://www.nuevatribuna.es/opinion/victor-moreno/blasfemar/20180919111910155775.html
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