Thatcher, Rajoy, la desigualdad y el fascismo

Es ahora, o nunca, cuando la izquierda, desde la más moderada a la más extrema, tiene su última oportunidad negándose a seguir aplicando recetas y comportamientos que no le pertenecen, regresando a sus causas fundacionales

 

 

Decía Carlos Esplá, inspirándose en Ernest Renán, que el ideal del partido republicano del que era miembro no era otro que el de la pequeña burguesía ilustrada francesa: Que cada ciudadano pudiese tener una casita con una pequeña parcela llena de árboles y una librería con ochenta o noventa títulos bien manoseados. Desgraciadamente ese sueño ilustrado, ese anhelo para hacer, tal como decía Ildefonso Cerdá, ciudades campestres y campos habitables, apenas se ha cumplido. Es cierto que durante décadas muchas personas accedieron a viviendas con esas características, pero no es menos verdad que en los últimos tiempos lo de los árboles y la librería han quedado en desuso y si hay libros son como mero objeto decorativo o según las imposiciones del mercado mediático. La vivienda rodeada de naturaleza apenas existe, y los libros a que se refería Esplá, libros con valía aquilatada por el tiempo, apenas forman parte de nuestras vidas, quedando aquel sueño en estética de nuevo rico. 

Son muchas cosas las que se han roto en las últimas décadas contra la natural evolución progresiva del ser humano. Pero si hay algo que está causando una devastación muy superior a la del más terrible de los sunamis, son la insolidaridad de los individuos, promovida desde las alturas, y la dejación por parte de los estados de su obligación de redistribuir la riqueza para impedir que el miedo, la ignorancia, la necesidad y la inseguridad sobre el futuro nos lleven de nuevo a aquel terrible periodo de los años treinta del siglo pasado en que todos los jinetes del Apocalípsis se cebaron sobre Europa y buena parte del mundo, como si no tuviesen altura, como si alguien hubiese decidido que todo se había acabado.

El declive de la democracia occidental tiene un origen muy claro: La huelga de los mineros ingleses de 1984. Mandaba Margaret Thatcher con una terrible mala leche (odio de clase), un enorme libro de Milton Friedman en las manos y una corte de asesores de la Escuela de Chicago a sus órdenes. Las reivindicaciones de los mineros y los trabajadores británicos eran justas ante las embestidas del Gobierno ultraliberal presidido por Thatcher. Al igual que Ronald Reagan en Estados Unidos, país con un Estado del Bienestar raquítico comparado con Gran Bretaña, la mandataria conservadora inglesa se dispuso acabar con los sindicatos ingleses, negándose a negociar ni a ceder un ápice ante las reivindicaciones de los mineros. Las Trades Union, federación de sindicatos de todo el Reino Unido, se desmarcaron de la huelga haciendo un juego suicida al Gobierno que pretendía acabar con ellas. Tampoco el Partido Laborista se comprometió lo suficiente, y aunque hubo una enorme simpatía hacia los mineros en todo el continente europeo, ésta no se tradujo en un apoyo material lo que abocó a los huelguistas, tras un año de conflicto, a volver al trabajo, dando por muerto al sindicalismo inglés y abriendo las puertas de par en par al deterioro salvaje de las condiciones laborales de todos los trabajadores británicos y de toda Europa.

A partir de ahí, con la experiencia de haber vencido a los sindicatos que habían contribuido de modo fehaciente a las más notables conquistas de los trabajadores, gobiernos y empresarios se sumaron a la brutal tarea de desmontar todo lo conseguido por los trabajadores del continente a lo largo del siglo XX. No sólo los gobiernos conservadores, que ponían mucho más empeño en la tarea, sino también los socialdemócratas que, aunque con más moderación, también decidieron acatar y aplicar las normas salidas de la mente enferma del nobel de Economía Milton Friedman. El modelo era el Chile de Pinochet, y ahí estamos todavía.

Aquellas políticas antidemocráticas, pues lo son todas las que atacan a los derechos de los ciudadanos, crearon una enorme confusión entre los trabajadores, primero, porque contemplaron cómo se venía abajo uno de los mayores y más antiguos sindicatos de Europa gracias a la pasividad del resto de los trabajadores de la isla; segundo, porque la alternancia en el poder, la llegada de partidos no conservadores no suponía el fin de las políticas económicas ultraconservadoras, sino, en todo caso, su suavización. Si a eso añadimos el miedo real y ficticio inoculado a la población ante la llegada de miles de productos de Oriente, el cierre de industrias y la disminución de las políticas fiscales redistributivas, el crecimiento de los paraísos fiscales dirigidos desde Londres, la escasísima contribución de las clases más adineradas a los presupuestos del Estado y la corrupción al gastarlo, las privatizaciones interminables en favor de particulares y corporaciones que sólo mirarían, en adelante, por su beneficio y la extinción de las fiscalidades progresivas, tenemos el origen del desapego cada vez mayor de la población británica y europea hacia la política y, por ende, hacia la democracia, hecho que indefectiblemente nos pone de nuevo, como sucedió en los años veinte y treinta del pasado siglo, en el camino hacia el fascismo, un fascismo que no tendrá la misma puesta en escena del de entonces, ahora mucho más marcada por la manipulación mediática masiva y por la indolencia suicida de una población desencantada y perdida, pero que sí tendrá los mismos objetivos, establecer un Estado totalitario donde todos los derechos ciudadanos serán papel mojado.

En España, que llegó muy tarde al Estado del Bienestar en los años ochenta, todos los gobiernos han puesto en marcha medidas ultraliberales, al principio con moderación, después a saco, visto que los trabajadores españoles -no todos, pero sí muchos- ya habían aprendido la lección, optando por la resignación o la salida individual. Con todo, ha sido durante el mandato de Mariano Rajoy cuando se ha llegado a la parte más oscura del pozo. La supeditación de los convenios colectivos a lo que digan los empresarios según su indiscutible parecer, la persecución penal de los piquetes informativos de huelga, la devaluación de los salarios hasta puntos inhumanos, la posibilidad de contratar y despedir a una persona en un mismo día, los contratos en prácticas, becas y demás, han empobrecido al país hasta retrotraerlo a tiempos pre-constitucionales, provocando a su vez, que disminuyan drásticamente los ingresos de la Hacienda Pública y de la Seguridad Social en el momento que más personas tienen derecho a jubilarse. Si a eso añadimos la impunidad con la que han permitido que se muevan los desfalcadores de la Cosa Pública, los manijeros, los desaprensivos, los comisionistas y los canallas, llegamos a una situación muy parecida a la británica, a la de Polonia, Hungría, Italia, Holanda, Austria y otros países que, asqueados de la política monocorde, en vez de salir a las calles para defender el interés general y los derechos de todos, eligen suicidarse confiando los destinos de sus países a lo peor de cada casa, a personas sin escrúpulos que amparadas en banderas nacionales, patriotismos de tres al cuarto, victimismos varios, demagogias carroñeras y odio a los diferentes, se ofrecen como los nuevos regeneradores, como los salvadores de las purezas esenciales de la raza y del ser de cada lugar, cuando sólo pretenden acabar con todo lo que la lucha de los trabajadores y los demócratas consiguió para hacer de Europa un territorio mucho más habitable que los del resto del planeta. 

Es ahora, o nunca, cuando la izquierda, desde la más moderada a la más extrema, tiene su última oportunidad negándose a seguir aplicando recetas y comportamientos que no le pertenecen, regresando a sus causas fundacionales: La defensa de los oprimidos, de los excluidos, de los necesitados, de los explotados, enfrentándose, convenciendo al pueblo de nuevo de que esa es su batalla, a la globalización malparida que nos imponen las élites financieras, una globalización que, de no pararla ya, amenaza no sólo al Estado del Bienestar, sino a la propia existencia del Planeta.

 

https://www.nuevatribuna.es/opinion/pedro-luis-angosto/thatcher-rajoy-desigualdad-fascismo/20181015094002156514.html

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