“Necesitamos una cultura política más compleja y matizada”

El catedrático de Filosofía Política Daniel Innerarity, alerta contra las simplificaciones y “groseras” falsificaciones de la realidad

 


El filósofo Edgar Morin defendía que la complejidad no se planteara exclusivamente en el campo de las ciencias, sino que se extendiera a otros ámbitos, también a la vida cotidiana. De ese modo, “tenemos sentido del carácter multidimensional de toda realidad”, afirmaba en el libro recopilatorio “Introducción al pensamiento complejo” (Gedisa, 2009). La complejidad aparece donde fallan las simplificaciones, y pone además claridad y orden en el conocimiento. Morin citaba el caso de una bacteria, más complicada que el sistema fabril del entorno de Montreal. La microbióloga Janine Guespin-Michel, autora de “Emancipation et pensée du complexe”, apuntaba la noción de sistema dinámico -considerar las relaciones entre los elementos para entender la evolución del conjunto- en una entrevista en el periódico Mediapart (mayo de 2016); en un mundo de conexiones crecientes, “la política trata con un sistema objetivamente complejo”, concluía.

Sin embargo, la política institucional camina en ocasiones por otras vías. Es el caso de los mensajes en Twitter con faltas de ortografía del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, o sus declaraciones respecto al cambio climático (un “cuento chino”) y la llamada lucha contra el terrorismo (“una batalla entre el bien y el mal”). En Francia, el presidente Macron atribuyó una parte de los incidentes durante la movilización de los “chalecos amarillos” a quienes planean llevar a Francia al “desorden” y la “anarquía”. En el estado español, el debate parlamentario del 21 de noviembre tuvo como eje un presunto escupitajo del diputado de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Jordi Salvador, al ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell. “El Congreso de los Diputados comienza a echar en falta un VAR. Y que cuente con varios ángulos de cámara”, ironizaba el periódico La Vanguardia; el intercambio de descalificaciones y la bronca en el Congreso terminó con la expulsión del parlamentario de ERC, Gabriel Rufián.

 

Las democracias occidentales “no están siendo capaces de gestionar la creciente complejidad del mundo y son impotentes ante quienes ofrecen una simplificación tranquilizadora, aunque sea al precio de una grosera falsificación de la realidad”, afirma el catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco, Daniel Innerarity, en una conferencia celebrada en la Universitat de València. El autor de “Comprender la democracia” (2018), “Política para perplejos” (2018) y “La política en tiempos de indignación” (2015) critica que se dibuje, a menudo, una raya contundente entre “nosotros” y “ellos”, el señalamiento facilón de culpables y las soluciones ineficientes que siguen a diagnósticos erróneos. Además, se deteriora la democracia cuando “se absolutiza el momento plebiscitario o la lógica del ‘click’, pero también cuando entregamos el poder a los expertos”, subraya el docente; también se degrada ante ciudadanos que afronten la política a modo de consumidores pasivos.

 

En el acto organizado por la Conselleria de Tranparència, Innerarity se pregunta: “¿Cómo promover una cultura política en la que los planteamientos matizados y complejos no sean castigados con la desatención y el desprecio?” En las elecciones andaluzas del dos de diciembre, uno de los lemas del PSOE fue “Con Susana+Andalucía”, el PP eligió “Juanma Moreno, garantía de cambio”, mientras que Ciudadanos puso en marcha un autobús naranja con los rostros de Pedro Sánchez, Susana Díaz, Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, a quienes acompañaba la consigna “se ríen de España, se ríen de ti”. En cuanto al partido de extrema derecha VOX, difundió un vídeo que aseguraba que la “Reconquista” de España comenzaba por Andalucía. El PP se presentó a las Elecciones Generales de 2008 con el eslogan “Las ideas claras. Con Rajoy es posible”.

 

Otra de las reflexiones tiene como punto de partida la idea de “huida hacia el sujeto”, del sociólogo alemán Niklas Luhmann. Así, a la hora de designar problemas, “la teoría de que lo fundamental es el ser humano -sea el líder o las motivaciones del votante individual-, lleva consigo una infravaloración de las propiedades sistémicas de la complejidad social”, sostiene Innerarity; Implica, además, no entender que lo esencial son “las interacciones y su correspondiente institucionalización”.

 

El filósofo recuerda que no son una novedad las polémicas sobre la vida y defunción del sistema democrático (por ejemplo, “Vida y muerte de la democracia” es el título de un ensayo de 990 páginas del politólogo australiano John Keane, publicado en 2009 y reeditado este año en lengua castellana). Daniel Innerarity señala que una de las referencias más utilizadas es la crisis de los años 30 del pasado siglo. Sin embargo, agrega, “hay que pensar fuera del marco mental del golpe de estado o la insurrección”. Las amenazas vienen más bien del brazo de “oportunistas”, especializados en focalizar la atención de los electores. “Trump es el gran campeón de la banalización política”, remata el autor de “La democracia en Europa” (2017). ¿Cuál es el balance de tantos análisis y reflexiones? “Acerca del malestar democrático hay más obituarios que propuestas”, responde el investigador de la Universidad del País Vasco.

 

El periodista Ignacio Ramonet hizo al menos dos décadas una comparación que hizo fortuna: la edición dominical de The New York Times incluye más información que toda la que un europeo del siglo XVII podía recibir a lo largo de su vida. Pero habría que actualizar el efecto de saturación informativa; así, la campaña electoral de las últimas elecciones presidenciales en México generó 37 millones de tuits entre el 30 de marzo y el dos de julio (seis millones sólo el día de la votación), según difundió la red social Twitter. La plataforma de redes Hootsuite señala que Internet cuenta con más de 4.000 millones de usuarios en todo el mundo, y que en el estado español el promedio de tiempo de conexión a la red es de cinco horas y 20 minutos diarias por ciudadano.

 

Tal vez pudiera agregarse a estos datos la reflexión de Daniel Innerarity en el artículo titulado “Una política que se entienda”, publicado el dos de junio en el diario El País. Frente a unas instituciones orientadas a tiempos de sequía informativa, explica, “lo que hoy tenemos más bien es una proliferación de datos, ‘spam’ político, publicidad omnipresente, solicitaciones de atención, opiniones múltiples y contradictorias”. Es decir, “el ciudadano corriente vive hoy la política como un exceso de ruido que no le orienta, pero sirve para irritarle”. Uno de los ejemplos planteados por el catedrático de Filosofía es el coste del rescate financiero para el estado español (en torno a 60.000 millones de euros), que ha soliviantado menos a la ciudadanía que el uso de las tarjetas “black” por los directivos de Bankia. Otra muestra de la actual “sociedad distraída”, citada en el artículo de El País, es el caso de la expresidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, quien abandonó el cargo por las imágenes que le inculpaban de un robo de cremas, pero no por el perjuicio causado a la Universidad pública por el presunto falseamiento de títulos.

 

El filósofo comparte habitualmente sus reflexiones en conferencias y periódicos. En El Diario Vasco (“Un mundo cada vez más plural”, noviembre de 2018) parte de la postmodernidad, Lyotard y el ocaso de las grandes narrativas para apuntar su inquietud por pensar en una nueva; ésta giraría en torno al incremento de la complejidad y la “radicalización del pluralismo”, ya que Innerarity tiene claro que indagar en un posible sentido de la historia pasaría –inevitablemente- por una “progresiva complicación de las cosas”. Considera, por esta razón, que la tendencia a la hegemonía y el control centralizado del Estado moderno se enfrenta hoy a límites muy claros (implica “homogeneidad y eliminación de la diferencia”). También en El Diario Vasco (octubre de 2017) pensaba por escrito sobre la ansiedad colectiva, en un mundo líquido que ha fracturado las referencias estables, sea en el trabajo, en el sistema de partidos o en las expectativas personales. ¿Hay salida ante un mundo de amenazas difusas, empleo precario, consumidores compulsivos y mercados histéricos? “Probablemente lo más revolucionario hoy sea la serenidad”, remata.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=250243

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