¿Sobrevive la izquierda?

Episodios políticos relevantes como la elección de Donald Trump, el Brexit o la movilización de los chalecos amarillos en Francia han alentado la exploración de nuevas configuraciones en los cambiantes mapas sociales y políticos.



En los tres casos –y no son los únicos– se puede comprobar que disminuye la importancia relativa de la delimitación clases trabajadoraspropietarios, y su correlato izquierdaderecha.

Se afirma con más y más énfasis que los conflictos relevantes nos remiten a diferencias socio-territoriales: en Estados Unidos, las costas, más modernas y de mayor nivel de vida y cultural, frente a las zonas interiores, más conservadoras; en Gran Bretaña, el Brexit sale triunfante frente a Londres y otras grandes ciudades; en Francia, los chalecos amarillos están arraigados principalmente en territorios alejados de las ciudades más dinámicas –que son también las que producen más empleos– cuyos habitantes se consideran desatendidos por el Estado.

Autores como David Goodhart (The Road to Somewhere, Londres: C. Hurst & Co. Publishers Ltd., 2017) y Christophe Guilluy (La France Périphérique, Paris: Flammarion, 2014) vienen estudiando desde hace años las nuevas fracturas sociales.

La referencia francesa

Debido a la envergadura, la novedad y la actualidad de los chalecos amarillos, las concepciones de este último han adquirido notoriedad en Francia.

Entre las tesis de Guilluy figura la que sostiene que estamos ante dos Francias, la metropolitana, en torno a las 25 principales áreas urbanas, y la periférica, que, según él, agrupa a un 60% de la población. La base de esta distinción es lo que el autor llama el índice de fragilidad. Evoluciones parecidas, sostiene, se registran en el Este de Alemania o en el Mezzogiorno italiano. Subraya que en los países más desarrollados se advierten dinámicas que tienen en común los siguientes rasgos: la polarización del empleo, el reforzamiento de las desigualdades sociales y territoriales, la fragilización de la población más modesta, una fatiga del Estado providencia y algunas crisis identitarias.

El trabajo de Guilluy ha suscitado algunos debates. Sus críticos le reprochan que se refiere a una clase media occidental, en singular y en general, de la que no suministra un concepto claro, y que, según dice, nutre el grueso de las clases populares actuales. Esta visión no recoge la diversidad de las clases medias, que, en buena parte, siguen existiendo e incluso creciendo. Las clases medias a las que hace referencia Guilluy (que habitan lejos de las metrópolis y que son víctimas del abandono social) no tienen las magnitudes que él supone. Quienes critican a Guilluy  indican que forman una fracción minoritaria de la sociedad francesa contemporánea.

Más allá de las tesis de Guilluy, y de las críticas que se le han dirigido, es fácil comprobar que el impulso de los chalecos amarillos tiene una base territorial relativamente delimitada.

El demógrafo Hervé Le Bras ha realizado un excelente trabajo cartográfico sobre los gillets jaunes, para lo que ha comparado las cifras suministradas por las Prefecturas sobre la participación en las barreras colocadas en las carreteras por los chalecos amarillos en la jornada del 17 de noviembre.

“Lo que salta a la vista –ha declarado–  es la diagonal del vacío, que va desde las Ardenas [en el norte] a los Pirineos Atlánticos [en la frontera con Irún]: todos los departamentos que más se están despoblando, la Francia rural profunda. Allí donde los comercios y los servicios van desapareciendo. (…) En cambio, en los departamentos rurales que van mejor, la proporción de participantes es a menudo ínfima. (…) Es verdad que los habitantes de las zonas periurbanas han sido muy visibles en las manifestaciones. Pero, en proporción, se han movilizado mucho menos”. Los chalecos amarillos no corresponden a las áreas de mayor pobreza, ubicadas en los barrios periféricos de las ciudades, sino “gentes que temen la pobreza, están alejados de todo y en situaciones inestables…” (Le Nouvel Observateur, 21 de noviembre de 2018.).

Quienes intervienen en las movilizaciones encajan mal en el cuadro izquierda—derecha. Asimismo, como ha observado Hervé Le Bras, el mapa de los chalecos amarillos no tiene ninguna relación con el del lepenismo (arco mediterráneo, Este y parte del Norte).

Lo cierto es que la parte de la sociedad francesa que se ha movilizado con los chalecos amarillos se muestra sumamente distante de los partidos más instalados, de izquierda o de derecha, y no parece proclive a insertarse buenamente en la clasificación de identidades políticas izquierda—derecha.

En Francia, hace mucho que el Partido Socialista ha perdido influencia en los sectores sociales que en otro tiempo le respaldaron. El Partido Comunista, por su parte, viene sufriendo desde tiempo atrás un creciente éxodo de quienes le apoyaron en el pasado. Es ya un lugar común la marcha de electores y hasta de militantes del Partido Comunista hacia el Front National (Rassemblement National a partir de 2018). Una investigación cualitativa llevada a cabo hace más de veinte años en Vénissieux, en la periferia de Lyon, describía un electorado de procedencias políticas diversas y de variadas categorías socio-profesionales. El Front National se beneficiaba “del vacío político existente, tanto por el lado de la derecha clásica como por el del Partido Comunista” (Le Monde, 27 de octubre de 1995).

Unos años después, un artículo editorial del mismo diario aseguraba premonitoriamente que “el sistema político francés está en crisis y que, si no se hace nada para remediarlo, esta crisis se irá agravando” (Le Monde, 9-10 de junio de 2002).

De cualquier modo, lo que pone de relieve la recomposición del sistema de partidos no es una evaporación simétrica de derecha e izquierda sino el pronunciado declive de la izquierda mientras pasan a primer plano el partido del presidente Macron y el de Marine Le Pen, es decir, la ocupación de buena parte del espacio político por dos partidos de derecha (ambos fueron los finalistas en la segunda vuelta de las últimas elecciones presidenciales).

Indicaciones andaluzas

Las movilizaciones francesas y los resultados de las elecciones andaluzas han alimentado nuevos interrogantes sobre los posibles cambios en el sistema español de partidos.

Los conflictos de la España actual se traducen políticamente a través de un sistema de partidos en el que destacan dos campos político-partidistas: los referidos a reivindicaciones nacional-territoriales y los que entran dentro del binomio izquierda—derecha. No son raros los solapamientos y las hibridaciones entre ambas dimensiones, lo que otorga una especial complejidad tanto a los electorados como a las operaciones políticas y a las alianzas entre partidos.

Ambas vertientes, a mi parecer, siguen siendo determinantes en la actualidad. Así y todo, los resultados electorales del 2 de diciembre invitan a reflexionar acerca de algunos problemas que gravitan sobre el actual panorama político español.
 

  1. El marco izquierda—derecha sigue siendo operativo. Las opciones electorales destacadas han sido cinco: tres de derecha y dos de izquierda. Derecha e izquierda conservan una fuerte implantación social.
     
  2. El electorado de las derechas crece en Andalucía, aunque no lo hace con la avasalladora amplitud con que lo ha hecho en Francia. No todas sus piezas progresan en la misma medida. El reparto de cartas en su interior cambia notablemente el paisaje político. Son tres partidos en lugar de dos y, mientras que dos crecen (Ciudadanos y Vox), el tercero (el PP) pierde posiciones. La derecha, pasa de 1.435.581 a 1.804.884, pero la fuerza más votada de ese campo, el PP, pierde 316.410 votos y 7 escaños.
     
  3. La izquierda retrocede en escaños y en votos (ha obtenido 1.593.283 frente a los 2.277.837 de 2015). La mitad de quienes votaron al PSOE en 2015 no le han vuelto a votar. En total consigue 402.035 votos menos que en 2015, pero sigue siendo la primera fuerza electoral. Adelante Andalucía, a su vez, pierde 350.000 en comparación con la suma de Podemos e IU en 2015. Aun así, la izquierda es una fuerza electoral sobresaliente. Nada que ver con la situación francesa. Un 9,9% de las personas que votaron al PSOE en 2015 se han abstenido. El  8,9% de cuantos votaron a Podemos en 2015 también lo han hecho y el 11,6 han emitido votos nulos o en blanco. Entre quienes votaron a IU en 2015, estos porcentajes son de 13,5% y 5,6% respectivamente (40dB). Ciudadanos logra hacerse con un 8,8% del anterior voto del PSOE, con el 3,6% del que fue para Podemos y con el 3,4 del de IU (40dB).
     
  4. La distribución social y territorial no se parece a la francesa. Los diferentes sondeos postelectorales, sobre todo el de 40dB (con 1.514 entrevistas y un trabajo de campo realizado el 4 y el 5 de diciembre), proporcionan informaciones valiosas. Así, se puede percibir que el electorado de Vox no es el de una hipotética Andalucía periférica desatendida. Se localiza en núcleos de población más urbanos que rurales.
     
  5. Vox tampoco es el portavoz electoral de una fracción de la población particularmente empobrecida. En términos generales, la derecha, Vox incluida, se asienta preferentemente en lugares con un mayor nivel de renta. Así lo muestra un estudio llevado a cabo por eldiario.es en Sevilla, Málaga y Córdoba.
     
  6. Vox no se hace con un caudal cuantioso del anterior voto de izquierda. Es una parte pequeña la que se traslada a Vox. El grueso de sus votos actuales procede de lo que fue el electorado del PP en 2015 (54,5%) y de Ciudadanos (23,9%). Quienes votan a Vox habiendo votado antes al PSOE o a Podemos e IU son una pequeña minoría: entre un 7 y un 8% de los casi 400.000 votos de Vox.
     
  7. Apenas alcanzados sus resultados del 2 de diciembre, Vox ha tomado una decisión estratégica: no ha optado por atrincherarse en un espacio exterior sino que prefiere actuar dentro de la derecha establecida. Renuncia a los beneficios que pudiera concederle permanecer fuera y prefiere hacer valer la posición ventajosa que le dan sus doce escaños, de los que dependerá el futuro gobierno andaluz.


Por descontado que todo esto corresponde a un momento y a un territorio. No se pueden extrapolar las conclusiones a toda España ni proyectarlas hacia el futuro como si estuviéramos ante una tendencia general e imparable.

Incógnitas

El mantenimiento, aunque en retroceso, de la izquierda política y electoral en Andalucía, no permite fundar previsiones consistentes sobre el conjunto de España.       

Las peculiaridades políticas territoriales y la naturaleza de las elecciones de mayo próximo –especialmente las de las municipales y las autonómicas– potencia situaciones variadas. Tampoco es posible prever cómo van a incidir en esas elecciones la acción del Gobierno de Pedro Sánchez, y, en general, los episodios políticos que se sucederán en los próximos meses.

La izquierda, si bien sigue teniendo una existencia destacada, ha experimentado un retroceso en Andalucía, lo que debería motivar una reflexión en profundidad sobre sus causas.

Sigue existiendo, pero, ¿cómo? ¿En qué estado? ¿Con qué recursos para actuar? ¿Cuáles son sus puntos débiles más acusados? ¿Qué modificaciones deberían introducirse en su actividad para prevenir nuevos retrocesos? ¿Conseguirá propiciar el PSOE esta reflexión y acometer las transformaciones necesarias? ¿Logrará Unidos Podemos afrontar las pruebas actuales?

¿Unos y otros serán capaces de promover un horizonte ideológico y político en el que tengan adecuada cabida las principales cuestiones de la acción política presente con la vista puesta en la reconstrucción del contrato social hoy erosionado? Entre ellas sobresalen la defensa de un sistema de solidaridad pública y de redistribución, lo que incluye la política fiscal, la de vivienda, la laboral, con especial atención al empleo de los jóvenes, y la seguridad social; un proyecto interterritorial para España en un sentido federal, con un tratamiento eficaz respecto a Cataluña; proseguir la acción en favor de la igualdad entre mujeres y hombres y contra la violencia machista; una nueva perspectiva sobre la inmigración, los derechos de la población refugiada e inmigrada y las relaciones interculturales; un concepto de la economía que dé toda su importancia a la cuestión de la sostenibilidad.

¿Acertarán los partidos de izquierda a emprender la necesaria renovación de sus prácticas políticas? No solo para acabar con la gran corrupción, sino también con la más común y extendida, las pequeñas chapuzas, la colocación de amigos y familiares, el clientelismo, los favores a los nuestros… Renovación debería significar también un nuevo concepto de las formas de representación, que quienes se dedican a la política profesionalmente no vivan de espaldas a la sociedad, como sucede a menudo, que la rendición de cuentas se convierta en un hábito, que no prolifere, como hoy ocurre, el uso del engaño, de la simulación y de la manipulación.

Sobre esta base acaso sea posible rehacer la comunicación y los vínculos con sectores de la sociedad que están desconectando del mundo político oficial. Y también  impulsar amplias alianzas no solo políticas entre partidos, lo que sin duda tiene su importancia, sino también sociales entre mujeres y hombres, entre diferentes sectores sociales, entre distintas generaciones y variados agentes territoriales, y retomar la iniciativa frente a una derecha que se está creciendo a ojos vista.

Hoy por hoy, sigue vivo el sistema de identificación y representación política izquierda—derecha. La izquierda sigue existiendo aunque no faltan las incertidumbres sobre su futuro. Nos preguntamos cómo administrará sus recursos; qué lazos tejerá con las mayorías sociales; qué cooperación mantendrán los partidos de izquierda y al servicio de qué ideas; qué propuestas, qué estilo y qué prácticas desarrollarán en su labor institucional; qué capacidad de autotransformación tendrán.

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Eugenio del Río es ensayista político
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