La utopía del capitalismo

Sarkozy, Zapatero y Merkel hablan de “refundar el capitalismo” y Obama con billones a los bancos, mientras que África, se muere de SIDA, hambre, sed y guerra teledirigida por transnacionales

Asturbulla

 

Los fenómenos de crisis económica son inherentes al sistema capitalista. La utopía de un modo de producción capitalista lineal, de crecimiento armónico, continuado en ausencia de destrucción, es uno de los cuentos más grandes que se han difundido a lo largo y ancho del mundo.

Desde su análisis científico en el siglo XIX, el capitalismo se ha revelado como un sistema que busca la producción de la plusvalía, basada siempre en la apropiación privada del valor producido por el esfuerzo humano. El pago que ha de hacerse a cambio de esta producción de plusvalía es el de una inmensa pérdida de valores (de uso) en todo el planeta. La naturaleza y el ser humano en su conjunto han de subordinarse a los intereses de los agentes apropiadores de la plusvalía. Y esta subordinación implica siempre una destrucción de riqueza entendida en el sentido ecológico y humano. Dicho en términos más sencillos: para que unos pocos ganen (plusvalor convertido en capital), el resto del mundo debe esclavizarse y degradarse, poniéndose a su servicio.

Cuando los políticos de turno, así como los economistas ortodoxos en su calidad de lacayos del Capital, hablan de “creación de riqueza”, “crecimiento”, “productividad” y demás monsergas, hemos de leer siempre entre líneas, y echar un vistazo a la trastienda de sus sermones y recetas: destrucción, destrucción y nada más que destrucción. Esto es lo que nos pueden ofrecer los partidarios del capitalismo. Empezando por un Sarkozy, un Zapatero y una Merkel que hablaron un día de “refundar el capitalismo”. Empezando por un Obama y todos sus fans que aplauden sus inyecciones de billones a los bancos, mientras que un continente entero, África, se muere de SIDA, de hambre, de sed y de guerra pseudo-étnica teledirigida por transnacionales.

Tan destructivo es el capitalismo, que la propia plusvalía generada por vía de la explotación de la fuerza de trabajo debe ser ella misma aniquilada –por lo menos en parte- si una vez que sale de las manos del trabajador y de su sudor cutáneo, ella no encuentra posibilidades de realización. Esta realización de la plusvalía generada debería cerrar un ciclo, con vistas a que el capitalismo cobrara algún sentido, en términos de reinversión del capital en nuevas empresas productivas (léase, explotadoras), y nunca se agota en el mero consumo suntuario de los capitalistas (lujos, caprichos) o el gasto de defensa y mantenimiento del sistema (sufragar al estado y a sus aparatos represivos e ideológicos). Dicho de otra manera: queda mucha plusvalía sin gastar, sin “quemar” y ésta plusvalía que el sistema no pude absorber es como un veneno que corroe las entrañas del propio capitalismo. Justamente aquella sustancia que busca locamente y a toda costa, la plusvalía, es la que le hace morir.

Mientras tanto, la humanidad y el planeta se degradan. En los países con estructura social más débil (eufemísticamente llamados países “en vías de desarrollo”) ya una buena parte de su clase trabajadora vive en condiciones de semi-esclavitud. Otra parte, la que no puede asimilar su tejido productivo desigual y precario, es lanzada al exterior. Un exterior opulento que les acoge con gestos espasmódicos y contradictorios: “venid, venid a España, a la Unión Europea donde viviréis como dioses, al menos en comparación con vuestras míseras ratoneras de las que procedéis.”

Los medios y los intelectuales al servicio del capital rara vez entran en el detalle de que las “ratoneras” son un sub-producto de la propia historia de Europa: una consecuencia directa su acción depredadora, colonialista. Una consecuencia de los intereses “misioneros” de las grandes transnacionales que anhelan el trabajo barato de los niños, que anhelan las jornadas de 18 horas, que ansían un mundo sin seguridad social, sin derecho a sindicación, sin subsidio de paro ni vacaciones. Ese paraíso de las multinacionales es el infierno del hombre, el tercer mundo que peligrosamente va en camino de convertirse en único: el infierno-mundo.

La llegada de emigrantes extranjeros a la Europa opulenta es la avanzadilla de la nueva fase de degradación del factor trabajo. Las condiciones “tercermundistas” en las que trabaja el jornalero de la fresa, del ajo, de la vendimia, del cultivo bajo plástico, son el preanuncio de lo que aguarda el sistema capitalista a todo trabajador asalariado de Europa, cargado con todos sus privilegios. Proletarios del mundo, uníos. Si no hacéis causa común con esta mano de obra “de usar y tirar” que tanto se estila por el Sur y por el Levante español, si no les veis como trabajadores iguales en derechos y aspiraciones a vosotros, la suerte que correréis a poco andar va a ser la misma. Vivir en un mundo en el que si protestas, vas a la calle o te expulsan por no tener papeles. Vivir en un mundo dominado por el Terrorismo Patronal, sin derecho a la queja ni a la huelga. El magrebí, el rumano, el ecuatoriano, por decir algunas nacionalidades, esto es, todo el que suda en Huelva, Almería, Levante… es la profecía del trabajador asturiano, vasco o castellano de mañana. Esto es, el futuro que le aguarda tras una muerte absoluta de la conciencia sindical y social, tras una rotura de la solidaridad de los trabajadores, tras una pérdida imperceptible y gradual de los derechos básicos.

La utopía capitalista sigue soñando: destruir a los trabajadores rompiendo su conciencia de clase, creando cizaña entre nacionalidades y etnias. Al final el capitalismo querrá lograr su sueño infernal: hacernos a todos iguales…en la esclavitud.


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