¿Qué es la dignidad?

 

 

 

Es una palabra bonita, redonda, definitoria y que nos encontramos a menudo: salarios dignos, trabajo digno, pensiones dignas, vida digna, sociedad digna, etc., etc., que todo el mundo repite como algo bueno, pero que no se concreta nada. Por ello pienso que es necesario que la clase trabajadora debiera hacerse esta pregunta.

 

En la biografía, “El médico que no quería morir” (trata de la vida de un médico que ejerce su profesión en una de las comarcas más castigadas por el fascismo de la provincia de León, llamada Fornela, asesinado por el franquismo en 1947) se relata como un grupo de milicianos, en el frente de Asturias, se hacen esta misma pregunta ¿Qué es la dignidad? y la respuesta de uno de ellos fue “no dejarse morir mientras no te maten”. Ante esa definición tan desconcertante, uno de los compañeros le dice ¿qué quieres decir? A lo que le contesta que la dignidad es “no dejar que te pisoteen, ni que te humillen, ni que te sometan, ni que te avasallen….es rebelarse contra lo que consideras injusto…vamos mantenerte en píe mientras no te maten”.

 

 Esta original definición implica, sobre todo, actitud, lucha, beligerancia contra la explotación, la injusticia y por la libertad. Algo de lo que no estamos muy sobrados en los tiempos que corren.

 

Esta sociedad capitalista está basada en la explotación del hombre por el hombre, afirmación que nadie discute. De ello devienen todos los problemas que la sociedad y los trabajadores padecemos: empleos precarios, jornadas abusivas, salarios miserables, sociedad estresada; pensiones miserables, atención a nuestros mayores deficiente y educación pública ninguneada; escasez de viviendas, desigualdades crecientes, etc., etc. La espoliación del llamado tercer mundo provoca represión y hambruna, de la que huyen cómo y por donde pueden, acabando algunos de ellos en el mar o en campamentos inhumanos. Para incrementar aún más sus beneficios y poder, nos imponen guerras imperialistas, de rapiña,  provocando millones y millones de muertos, heridos y exiliados a los que nadie da asilo.(Las guerras son el gran “negocio” para el gran capital, para los pueblos indescriptibles miserias y desgracias).

 

Sus crisis económicas, las cargan sobre nuestros hombros, recortándonos derechos sociales y económicos como los que padecemos desde el 2008. (Instituciones del gran capital como el Fondo Monetario Internacional vuelven a hablarnos de nuevas recesiones), es decir, más recortes.

 

Este sistema capitalista, de seguir existiendo, acabará con la habitabilidad en este planeta tierra.

 

Después de toda esta canallesca trayectoria, se encuentra encallado. Nos encontramos en el reino de la incertidumbre y la preocupación: ¿Qué será de los sistemas públicos de pensiones, de la enseñanza o la sanidad públicas, de la atención social de nuestros mayores, de la estabilidad social de nuestra juventud con sus contratos inestables y salarios miserables, en fin que será de nuestra vida, de la de nuestros hijos, de nuestros nietos, de nuestro planeta etc?. Son algunas de las preguntas que oímos con demasiada frecuencia, para las que no tiene respuestas.

 

En el horizonte solo se ven amenazantes nubarrones, pero a los que un potente aire fresco barrerá, permitiendo la irrupción de la luz  esclarecedora del camino  hacia un porvenir de esperanza y de paz.

 

Para avanzar en lo anterior, tenemos  un problema, del que se habla muy poco y pienso que por su importancia debiéramos intentar despejarlo. ¿Quién manda en el mundo? La inmensa mayoría de los ciudadanos nos dirán que los gobiernos que hemos votado. No nos percatamos que hay un poder en la sombra, el de las altas finanzas, los llamados “Mercados”, (esos de los que sabemos poco pero que siempre están ahí, al acecho, amenazando con aguarnos la fiesta, exigiendo fidelidad ciega). Ellos imponen las reglas de la dinámica económica. Son los que marcan el camino a los gobiernos. Les van a permitir ir por la izquierda o por la derecha, pero pobre del que intente desviarse.

 

Les ordenan cambiar la Constitución Española, por ejemplo, e implantar en ella el art. 135, y se hace urgente (24 horas), sin rechistar, no hace falta referendo, ¿para qué). Lo mandó el amo y punto. El pueblo griego luchó sin desmayo pero los sometieron; los trabajadores franceses pelearon contra la reforma laboral pero siguen padeciéndolo. Los ejemplos son inacabables y todos tienen en común la insolidaridad. Estuvieron solos, estamos demasiados solos, nos olvidamos demasiado de la solidaridad de clase.

 

A pesar de todo, con nuestra lucha, fuimos  capaces de ir mejorando nuestra situación y en ello hemos de perseverar, (tampoco nos queda otra), pero es difícil calificar de digno algo dentro de este sistema capitalista, corrupto hasta la médula. Hemos mejorado nuestros salarios, las pensiones, nuestro bien social, etc., vale, pero la explotación continúa.

 

Cuando hablamos de salarios dignos: ¿son mil €, mil quinientos, dos mil?, ¿Es porque  llegamos a fin de mes?, ¿por ser iguales al de otros? ¿Por qué son dignos o no lo son?. En mi opinión tanto los salarios como la calidad del trabajo y demás conceptos ya enunciados, dependen de la envergadura de nuestra lucha, de la solidaridad entre los trabajadores, de la correlación de fuerzas alcanzada en cada momento, en definitiva, de nuestra dignidad (aquí sí podemos hablar de dignidad sin titubeos).

 

Es decir, no basta desear, la mejora social, reivindicarla y apellidarla con el calificativo de digna. Hay que definirla y concretarla constantemente. Hay que conquistarla y defenderla. Esa es la dignidad, nuestra dignidad, la dignidad de la clase trabajadora.

 

Como señalaba aquel miliciano, la dignidad es: mantenerse en píe mientras no nos maten.

 

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