La abstención como chivo expiatorio

La ausencia de tejido social organizado y de una cultura participativa, solidaria, humana y soberana es lo que alimenta el avance de la mentalidad derechista-conservadora, y no la falta de papeletas en las urnas.

 

 

 

Reconozco que, como tanta gente, sigo alguna red social. Navego, curioseo, a veces escribo algo, reboto alguna noticia... También discuto; cada vez menos, por cierto. Como cualquiera puede fácilmente comprobar, estos medios cibernéticos, superando, casi, el tradicional papel de las televisiones y periódicos, se han convertido en un importante espacio para la promoción de los partidos políticos. Meses antes de cada contienda electoral se ven crecientemente inundados por la autopropaganda de unos y de otros, así como del fervor de quienes siguen a los distintos bloques y partidos, adquiriendo dicho seguidismo una inquietante similitud con el forofismo futbolero. Si además, como es mi caso, uno se relaciona con el mundo de la política desde algún tipo de movimiento o plataforma social, es inevitable ser espectador de la campaña personal de un buen número de amigos y conocidos, en funciones de candidatos o de simpatizantes.

 

Ya sabemos lo que son las campañas electorales, y cómo cada partido, con estrategias de mercadotecnia más espontáneas o más planificadas, se esfuerza en movilizar a su electorado y en captar votos de entre los vecinos. Se da el caso de que en España el tradicional bipartidismo entre PP y PSOE ha desembocado en una, no por más moderna y sectorizada menos bipartidista, pugna entre "derechas" e "izquierdas". A menudo, por cierto, cuesta distinguir donde empieza una y acaba otra, atendiendo tanto a sus propuestas electorales como a su forma de gobernar. Hay un tercer "bloque" del que se habla lo menos posible que, fluctuando habitualmente entre un 30 y un 40% del censo, en realidad podría ser cuantitativamente superior a cualquiera de los otros dos nombrados. Sin embargo las personas abstencionistas apenas estamos organizadas, y apenas hacemos campaña nunca. Especialmente si comparamos lo poco que se hace en tal sentido con los ingentes medios desplegados y el martilleo -por tierra, mar y aire- de los partidos. Es corriente que los miembros de dichos partidos traten de pescar en tan nutrido -y poco beligerante- caladero con apelaciones a la utilidad, al temor y, sobre todo, con lo que me resulta una especie de cutre chantaje emocional: "será culpa vuestra si gobiernan los malos". Como si la causa de no haber obtenido el resultado deseado no fuera la "democrática" acción de votar de esa mayoría de personas igualmente ciudadanas que ha optado por las candidaturas contrarias. Esas son las reglas del juego para quienes aceptan jugar a él, ¿no?

 

Por otra parte, sabiendo lo peligroso que es generalizar, no puedo dejar de pensar en que la inmensa mayoría de los integrantes de listas de partidos -a nivel local y otros niveles- que han estado inundando nuestras pantallas estos días con todo tipo de mensajes "ilusionantes", más allá de sus encendidos discursos sobre lo maravillosa que sería la ciudad o la autonomía si llegaran a gobernar, estén ahí por algo que vaya más lejos de la simple esperanza de medro personal. Ya sé que está feo insinuar este tipo de cosas, pero es que uno compara el esfuerzo y la energía que se invierte en el electoralismo con, por ejemplo, la que se entrega a causas en las que no hay puestos ni dinero que repartir, y salen las cuentas que salen.

 

Y yo, de hecho, pienso que es precisamente en esos sitios -de base-, y no en las butacas desde donde se gobierna, donde hay que estar para que pueda darse un verdadero cambio social. Me podré equivocar mucho o poco y entiendo que es completamente discutible lo que digo, pero lo cierto es que no tengo fe en un cambio social transformador que proceda de las estructuras de gobierno del sistema: un conjunto de resortes casi automáticos, más que determinados y penetrados hasta la médula por poderes tan incontrolados e incontrolables como el militarista, el mediático o el económico, a niveles que incluso trascienden las fronteras estatales.

 

Por ello me resulta tristemente lamentable ese señalamiento a las personas no votantes que tan de moda se ha puesto últimamente: "vuestra irresponsabilidad abre el camino a la derecha (o al fascismo, póngase la etiqueta que se desee)". Cuando no se habla directamente de capricho o de pereza. Y, ciertamente, mucho podríamos hablar sobre pecados capitales en relación a este tema... Sin embargo, más allá de la falta de respeto que supone la expresión de este punto de vista, que no tiene el menor interés en conocer la motivación de quien se niega a votar, ni respeta su libertad individual, podría perfectamente oponerse una queja similar hacia quienes lo mantienen. Es, precisamente, la falta de personas y medios suficientes en proyectos sociales de base, de autogestión, de comunidad..., lo que paraliza e impide el cambio social. La ausencia de tejido social organizado que alumbre una cultura participativa, solidaria, humana y soberana es, de hecho, lo que alimenta el avance de la mentalidad derechista-conservadora en la sociedad, y no la falta de papeletas en las urnas. Pero cierto es que ir al colegio electoral de cuando en cuando requiere infinitos menos esfuerzos que el compromiso citado. Ser electo para un cargo político, además, suele conllevar una interesante recompensa monetaria. Llama la atención que quienes se instalan en tal economía ahorrativa de esfuerzos transformadores, y en vidas, por lo común, no especialmente significadas en el día a día en pro del cambio social, se atrevan a afear la conducta de quienes sí lo hacen. Podríamos analizar también, largo y tendido, el papel desmovilizador con respecto a este tipo de realidades populares y soberanas que produce la "cultura" del electoralismo. Así que, por favor, un poco más de respeto y, tal vez, de autocrítica.

https://www.grupotortuga.com/La-abstencion-como-chivo

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