Cuando leo a Carlos Fernández Liria, una respuesta a su artículo Perdón, Perdón, Perdón

 

 

Cuando leo a Carlos Fernández Liria, se me invoca inevitablemente aquel capítulo 6 del Libro I de El Quijote, donde se relata cómo el cura y el barbero diseccionan la biblioteca del hidalgo con el fin de hallar la causa que le ha sumido en la locura. Como alguien que ha sido alumno de Fernández Liria, debo afirmar que éste me provoca un doble sentimiento encontrado: por un lado, el profundo respeto personal y académico hacia quien piensa e incita a pensar; y, por otro, la no menor oposición hacia quien ha hecho del marxismo una caricatura y ha engendrado un ejército de fanáticos y -me atrevería a decir- sectarios. Sin ánimo de lanzar por la ventana lo que es causa de estímulo intelectual, se hace preciso rechazar y rebatir algunas ideas responsables de tanta locura entre sus fieles, como reproduce el artículo del miércoles 29 de mayo Perdón, perdón, perdón publicado en el diario digital Cuartopoder. Para ello, procederé comentando cinco ideas que considero pertinentes de acuerdo al mismo orden de su aparición y recurriendo, allí donde sea necesario para su esclarecimiento, a otras fuentes:

 

 

 

1.     El mismo planteamiento del artículo.

 

Más allá de tratarse de un recurso literario, adjudicar la responsabilidad a un individuo (ya sea Felipe González o a Pablo Iglesias) de una deriva política es, cuanto menos, simplificar una realidad que es, por definición, compleja. De la misma manera que Louis Althusser renegaba de la estratagema del “culto a la personalidad” como pseudo-explicación del proceso de stalinización de la Unión Soviética al no determinar sus causas internas, cabe preguntarse, igualmente: ¿realmente Fernández Liria cree que aporta alguna explicación adjudicando simplemente a la figura de Pablo Iglesias la deriva de Podemos y de la situación política desde el 2014? ¿Es la voluntad de Iglesias omnipotente? Si fuera tan sencillo, tan sólo habría que deshacerse de Iglesias, poner a otro y solucionado el problema. Y es precisamente tal la propuesta de Fernández Liria: quitar a Iglesias para poner a Errejón. ¿Qué es lo que guardan en común la pseudo-explicación del “culto a la personalidad” y la supuesta voluntad omnipotente de Iglesias? Que no explican nada. Ambas pseudo-explicaciones se asientan en aquello que entendemos por humanismo teórico, dicho de otro modo, justamente todo lo contrario a lo que inauguró Marx en 1845: una explicación materialista de los fenómenos sociales donde las clases sociales y, más concretamente, la relación entre ellas (el conflicto, la lucha) guardan un carácter determinante en última instancia. Hace bien Fernández Liria imaginándose a un Iglesias arrepentido, pues sólo alguien bajo el resentimiento moral puede creerse la causa absoluta del bien y del mal. Un autodenominado marxista sin análisis de clase se parece más a Gabriel Albiac que a un comunista. Una explicación del fracaso de la izquierda tras el ciclo abierto por el 15M por la omnipotencia de la voluntad de un individuo se asemeja, más bien, a un cuento, y, con ello, se impide reproblematizar los rasgos que efectivamente caracterizaron a lo que durante estos últimos años se ha llamado “bloque del cambio”, concretamente la sustitución de una práctica de la política como práxis colectiva y autoemancipadora por una práxis de delegación a “expertos” o, dicho con exactitud, burócratas expropiadores de la política a aquellas masas que tomaron las plazas.

 

 

 

2.     “Perdón por haber arruinado lo que en su momento fue una esperanza no solo para transformar este país, sino para marcar el rumbo que podía seguir la izquierda europea y latinoamericana […] Perdón por haber impuesto una estrategia suicida.

 

“Transformar”, “marcar el rumbo” y “estrategia suicida”. La pregunta es bien sencilla: ¿cuál es la estrategia por la que se debería haber apostado y cuál es la que resultó ser suicida? No se dice. No obstante, conocemos algo. Sabemos que el proyecto de Fernández Liria se declama heredero del republicanismo de la Ilustración, lo cual no es mucho decir, pero sí deriva de ello aspectos fundamentales en este sentido: defensa del Estado de derecho y de las instituciones salidas de la Revolución Francesa, es decir, del parlamento como órgano legislativo y de la división de poderes frente a la intervención en la vida pública de los poderes económicos y privados. Sin ánimo de desviar el tema, los neoliberales más radicales proponen el gobierno absoluto del mercado en el conjunto de la vida pública. Este proyecto de Ilustración y neoliberalismo extremos son, de acuerdo con lo que acabamos de apuntar, posiciones opuestas. Sin embargo, guardan algo en común: son ideas límite, irrealizables, utópicas y, como tales, irrefutables. Para un neoliberal jamás habrá suficiente libre mercado; para un ilustrado versión Fernández Liria jamás habrá suficiente dominio público de la razón frente a los intereses privados. Pero, para centrarnos en las ideas del artículo que aquí nos interesa, el error sobre el que pilota todo su proyecto político consiste en algo que Engels, Marx y, más tarde, Althusser llamaron la atención: elaborar una crítica y una propuesta política sobre los principios ideológicos de la sociedad capitalista, es decir, de la sociedad misma que pretende superarse. Tal rasgo es, precisamente, lo que los fundadores del materialismo histórico definieron como “socialismo utópico”. De esta manera, fundar un proyecto de sociedad sobre estos principios, a saber, categorías morales o jurídicas, no pueden llevar sino a reproducir la realidad material de la que emanan. Pero no queda aquí el asunto, pues de todo proyecto de transformación utópico sólo pueden desarrollarse medios de transformación igualmente utópicos. Así, y sirviéndonos de otro texto, La normalidad Podemos, publicado en 2014 en eldiario.es, cuando aún no se había hecho presente el hastío y el arrebato y, por tanto, tal transformación del ánimo, Fernández Liria decía lo siguiente: “el elitismo democrático puede provocar que sencillamente todo se venga abajo antes siquiera de empezar”. Y continuaba: “Cada cosa en su lugar. Los círculos son imprescindibles para organizar y movilizar a la ciudadanía. […] Pero una cosa es movilizar a la ciudadanía y otra cosa ocupar el lugar de la ciudadanía. Unos cuantos millares de militantes no pueden suplantar a millones de ciudadanos que no tienen tiempo para militar, ni, a lo mejor, ninguna gana de hacerlo”. Se comprueba que el socialismo utópico del autor no puede más que reproducir la ideología dominante de la sociedad capitalista que, en su intento de hacerla de transformación social, se torna en deseo inútil, desorientador y, en último término, delirante. Así como las cooperativas obreras de Owens o los falansterios de Saint-Simon, el parlamentarismo puro al que se aspira se halla prisionero de los principios económicos, políticos e ideológicos de la ideología dominante vertebradora del orden capitalista. ¿Nos podríamos imaginar a los ilustrados franceses de 1789 o a los españoles de 1808 poniendo fin a las relaciones señoriales y al Antiguo Régimen por medio de las mismas instituciones medievales y no construyendo otras de acuerdo con la nueva realidad de clase sobre la que se erigiría el nuevo modelo de sociedad? Pues algo así nos propone.

 

 

 

3.     “[…] que, desde Vistalegre I, fue expulsando, marginando o desilusionando a mis mejores amigos y colaboradores, sustituyéndolos por palmeros, burócratas y lameculos, es decir, como yo les llamé en su momento, por soldados.

 

Hannah Arendt hablaba de dos modelos de sofística: la sofística de los antiguos, que manipulaba argumentos, y la sofística de los modernos, que manipulaba los hechos. De acuerdo con esto, si bien, como se constata fácilmente, todo miembro de la izquierda, aunque no participara en el 15M e incluso renegara en su momento de él, se reclama quincemayista, algo exactamente igual y opuesto ocurre con Vistalegre I. En el mismo artículo anteriormente citado de 2014, dice: “hay que apoyar el modelo propuesto por Pablo Iglesias y Claro que Podemos”. Entonces, ¿qué ha sucedido para tal radical cambio? Quizás podamos entender algo si consideramos las razones que llevaron a apoyar a CQP y al equipo de la Tuerka en Vistalegre I y, así, podamos dar con aquello que ha cambiado: “tengo derecho a votar por confianza. Tengo derecho a fiarme de un equipo que desde hace seis meses no ha hecho más que sorprenderme y asombrarme […]. Han obrado un milagro. Por mi parte, en todo este tiempo, no he tenido ni una idea mejor que la que luego veía exitosamente materializada ante mis ojos. Y cuando se me ha ocurrido alguna crítica o me ha asaltado alguna duda, he tenido en seguida que reconocer que me había equivocado”. Como podemos leer –es conveniente releerlo-, no hay razón alguna, sólo emociones y declaraciones de adhesión ciega mezcladas con un uso del lenguaje enrevesado que quizás proporcione mayor elegancia y elaboración al texto. “Sorpresa”, “milagro” y “duda” vs “equivocación”: lo que Fernández Liria manifiesta es una experiencia religiosa, semejante a un éxtasis y posiblemente se trate de algo cercano al Vivo sin vivir en mí de Teresa de Jesús. Pues bien, si lo que llevó a apoyar Vistalegre I fue una mística, una experiencia que por su naturaleza no puede ser expresada racionalmente más que con poesía y fidelidad, entonces ¿deberíamos concluir que ahora se defiende otro dogma, otro “milagro”, otro hecho “sorprendente” y algo que hace de nuestras “dudas” meras “equivocaciones”? Ese nuevo ser sobrenatural, superhombre de la razón, parece que es Íñigo Errejón, el cual, por cierto, y sin que en ningún momento se problematice, fue el arquitecto de lo que hoy es Podemos y del susodicho primer congreso. Fernández Liria busca el perdón ajeno, pero sin ninguna autocrítica suya ni de su nuevo líder. Resulta extraño advertir entre quienes ensalzan la Ilustración y a quienes se les llena la boca con la “ciudadanía” la insistente permanencia y cautividad en aquel estado de minoría de edad tan retóricamente adjudicado a los demás. Pero no hay que detenerse aquí, porque la fe cambia cuando se han producido hechos que la han desorientado: “fue expulsando, marginando o desilusionando a mis mejores amigos y colaboradores”. Llegamos al meollo del asunto: la cultura podemita ha logrado romper todo vínculo con el significado de la etimología del término “cultura”. Allí por donde ha pasado, como Atila, la cultura podemita ha segado y ha impedido que creciera algo vivo y alegre.  En lugar de promover las pasiones alegres, el debate colectivo y la agregación, la cultura podemita ha inundado y afianzado entre el conjunto de sus adeptos, desde la militante de base hasta sus intelectuales orgánicos como Fernández Liria, la ausencia del debate público, cualquier tipo de debate, los sentimientos más débiles y la atomización. Ningún debate sobre Europa, ningún debate sobre el fracaso de Syriza, ningún debate sobre el modelo de democracia a construir, ningún debate sobre el programa antineoliberal, ningún debate sobre qué relación hay que mantener con el PSOE, ningún debate sobre la articulación política institucional-movimiento social, ningún debate sobre la crisis internacional, ningún debate sobre el auge de la extrema derecha, ningún debate sobre cómo llevar la democracia al centro de trabajo… ningún debate sobre absolutamente nada. Y, ¿por qué? Porque quien dirige el proceso no lo necesita, está ya en posesión de la verdad y, por ello, tan sólo se requiere que el resto, el vulgo, la asuma por medio de la locuacidad y pedagogía de “los que saben”. Esta concepción sacerdotal de la política sólo podía crear un tipo de relación: la familia. Y eso es lo que es Podemos: no una organización política, esto es, un espacio de encuentro mediado por un proyecto plural y común, sino una relación de afinidad personal, una gran familia. Así es, quienes invocan a la Ilustración como proyecto político están paradójicamente construyendo en la práctica relaciones políticas feudales, composición y descomposición fundadas en la lealtad que en muchas ocasiones se materializa en relaciones sentimentales (vuelta a la práctica del matrimonio o de la unión como expresión de alianzas políticas). Y, como nos dice Fernández Liria, el problema es que se ha “expulsado”, “marginado” o “desilusionado” a “amigos” y “colaboradores”, es decir, se ha echado de esa gran familia que es Podemos a los suyos. Por eso, porque defiende exactamente lo mismo que entonces, no podemos encontrar autocrítica en Fernández Liria por su adhesión a la línea mayoritaria en Vistalegre I, sólo arrepentimiento. Y todo indica que, en el mejor de los casos, haga lo mismo con respecto a lo que hoy se pliega con tanto entusiasmo.

 

 

 

4.     “Más Madrid ha sabido conservarlos, cosa que, como es obvia, viendo los resultados en el resto del Estado, jamás habríamos conseguido nosotros […]. Perdón, en fin, porque, para rematar la faena, la semana pasada pedí el voto para Madrid en Pie, haciendo las delicias de todos aquellos (un 2,6%, como se ha comprobado) que decían que dejar que gobernara Carmena era como darle carta blanca al Ibex 35”.
¿Por qué Fernández Liria no hace referencia al mejor resultado obtenido por una candidatura del entorno de Podemos? ¿Por qué Fernández Liria no dice que en Cádiz se han obtenido no sólo los mejores resultados electorales, sino que se trata del único lugar donde se ha crecido? Porque entonces Fernández Liria tendría que concluir, de acuerdo a los propios argumentos esgrimidos por él mismo, que habría que seguir la línea de los anticapitalistas, pues allí donde han gobernado han logrado conservar y aumentar el apoyo social. Pero eso no lo va a hacer, porque, como hemos dicho, su “familia” es otra, y la encabeza el pater familias Errejón. ¿Y qué tiene Más Madrid y el errejonismo como para considerarlo el nuevo modelo a seguir? Dos cosas. Por un lado, una concepción de la política; por otro, un programa. En cuanto a lo primero, preguntarse sobre qué proyecto se ha de defender o qué se quiere construir debe ser una cosa del pasado, algo incómodo para la “nueva política”. La “nueva política” se relaciona con lo que considera “viejo” como el nuevo técnico se relaciona con el viejo artesano: no le interesa más que lo inmediato, lo útil y la eficacia. Y en política esto tiene un nombre: lo único importante es ganar las elecciones. No ganar socialmente (ser mayoría social) ni ganar políticamente (estar en disposición de aplicar un programa político), sino ganar electoralmente. Poco importan las experiencias de América Latina, la experiencia de Syriza y todas las demás experiencias gobernistas que muestran que no se puede producir una transformación social y política desde las instituciones del Estado. Esta idea no es, obviamente, nueva, ya fue propuesto, bajo determinaciones históricamente determinadas, por Lasalle, Bernstein o el eurocomunismo, y lo que el populismo ha acabado de apuntalar con la autonomización de la política no hace más que profundizar la separación liberal entre las esferas de la sociedad civil y la sociedad política. El platonismo político que tanto ha atraído a Fernández Liria va parejo al segundo elemento a considerar. La autonomización de la política es un imposible, pues toda sociedad de clases conlleva una política que interviene necesariamente en la lucha de clases y, por eso mismo, es inevitablemente de clases. Hasta tal punto es un imposible una política sin clases que la causa del éxito del propio errejonismo sólo se explica porque se trata de la expresión política de una tendencial social/material: la reacción de las clases medias progresistas que se han visto abocadas a la proletarización a consecuencia de la crisis económica y del modelo capitalista salido de él y, así, han sido expulsadas del Régimen del 78 que, más que superar, proponen reeditar siendo ellos ahora las nuevas élites. El errejonismo es la ideología de las clases medias reformistas y, por eso, nos equivocamos si les adjudicamos pretensión alguna de superar el modelo de sociedad capitalista,
como Manuela Carmena ha demostrado aliándose a los poderes financieros y abandonando a aquellos sectores sociales desfavorecidos y grupos políticos de izquierda a quienes se culpa de su derrota: se culpa a los barrios populares de no votar, sin cuestionarse que quizás no tenían nada que defender, y se culpa a la izquierda por haber erigido la alternativa Madrid en Pie que pretendía ser continuadora de Ahora Madrid, sin cuestionarse que quizás no habría que haberles expulsado y no haberse cargado el proyecto nacido en 2015. Fernández Liria continúa echando la culpa del voto recogido por Madrid en Pie de la derrota de su “familia”, con lo que insiste en aquella práctica sofística contemporánea que señalaba Arendt: si se sumara el voto de Madrid en Pie a Más Madrid (lo cual sería imposible en la realidad) no se habrían modificado los resultados. Esperemos que Fernández Liria en la próxima ocasión no esgrima los mismos argumentos que ha empleado hasta ahora para pedir el voto para el PSOE. 

 

 

 

5.     “Perdón y perdón, por cierto, por no haberle cerrado la boca a Juan Carlos Monedero, que todavía ha tenido el rostro de echarle a Más Madrid la culpa de nuestra pérdida de diputados”.

 

Como he afirmado al comienzo de este escrito, Fernández Liria es alguien a quien respeto y a quien debo, aunque sea en su mayor parte por oposición, muchas de las ideas que hoy comparto. Por eso, porque guardo un sentimiento de afecto, hay que transmitirle que el problema de Juan Carlos Monedero es el rol nada elogiable que cumple en la familia “pablista”, y que mal haría él si continúa sus mismos pasos, como parece que todo indica, en su familia “errejonista”. Porque del error se sale, y, a ser posible, más fuerte si se analizan las causas para modificar las posiciones, pero del ridículo es difícil recuperarse.

 

 

 

No tiremos aún por la ventana los escritos de este autor y démosle una segunda oportunidad, esperando, con ello, una segunda parte cargada del talento y profundidad que en tiempos más difíciles demostró tener e, incluso, compartir.

 

Artículo citado: Perdón, perdón, perdón

 

Carlos Gómez Palacios, licenciado en filosofía.

 

 

Top