El primer paso en la luna de una sociedad que se estanca

 

"Es un pequeño paso para un hombre, un salto gigante para la humanidad", esta frase pronunciada por Neil Armstrong al pisar la luna, expresaba el sentimiento de todos aquellos que asistieron en directo al primer alunizaje; 50 años más tarde, esa proeza sigue siendo un símbolo. Si Subraya las formidables capacidades científicas y técnicas alcanzadas por la humanidad, también lo hace con las taras no solucionadas de dicha sociedad en la que se consiguió tal proeza.

Proporcionar los medios, a algunos astronautas, que permitieron recorrer los 380.000 kilómetros que separan la Tierra de la Luna, alunizar en ese satélite en el que el oxígeno brilla por su ausencia y volver a la Tierra  sanos y salvos, es una hazaña. Para eso se ha necesitado, durante años, la colaboración de aproximadamente 400.000 personas: astronautas y pilotos intrépidos; ingenieros y científicos dominando las leyes de la física e inventando nuevas técnicas; miles de obreros y técnicos implementando medios de producción complejos, fruto del desarrollo industrial en el mundo entero.

Para propulsar Armstrong, Aldrin y Collins hacia la luna, se necesitó muchas otras “figuras ocultas” (1), como esas mujeres afroamericanas estadounidenses, matemáticas y analistas excepcionales, víctimas del segregacionismo presente en Estados Unidos en los años 1950 y 1960, y que se vieron obligados a contratar por necesidad.

El objetivo de ese primer viaje a luna respondía, por parte de Estados Unidos, a un imperativo impuesto por el gobierno estadounidense, provocado por la necesidad de alcanzar, e incluso de superar, a la Unión Soviética que iba ya un paso por delante en la conquista del espacio. Si algunos quisieron ver la eficacia de la sociedad “socialista” frente a la sociedad capitalista, como otros más tarde, la superioridad de la sociedad capitalista frente a la sociedad soviética, en realidad lo que sí ha demostrado esa conquista del espacio, en un caso como en el otro, es la capacidad de una economía planificada en la que no cabe la competencia entre empresas motivadas por las ganancias.

En 1958, para poner un término a esa rivalidad, el gobierno estadounidense creó de cabo a rabo la Nasa, una agencia pública encargada de coordinar, con medios considerables, el programa espacial estadounidense. En diez años, los medios, las capacidades y las energías necesarias movilizadas para que Estados Unidos pudiera ponerse al día han sido gitanescas. En ese país, también ha prevalecido la planificación sobre la economía de mercado. Como casi siempre en la historia del capitalismo, la intervención del Estado ha sido necesaria para realizar grandes inversiones.

No obstante, Estados Unidos, no teniendo nada que ver con el socialismo, la NASA subcontrataría, bajo su tutela, la producción de todos los elementos del programa espacial. Los miles de millones de dólares que costaría el programa Apolo,  harían felices a una multitud de empresas privadas. Así como todos los organismos públicos en todos los países del mundo, la NASA iba a ser una nueva mina de oro para los capitalistas.

El último de ellos, Elon Musk, propietario de Space X, está a punto –aprovechando la experiencia acumulada por la NASA– de transformar el espacio en un Luna Park para ricos privilegiados pudiendo pagar su billete al precio de decenas de millones de dólares. Una manera repugnante de dilapidar el trabajo colectivo de la humanidad para entretener a algunos ricachones en una sociedad que carece de medicamentos o de viviendas. 

Si es verdad que la NASA es un ente civil cuyas actividades pacíficas tienen, a pesar de todo, múltiples efectos positivos en la vida cotidiana, desde el GPS hasta el pronóstico del tiempo, no por eso el programa espacial ha quedado fuera del control militar, control ejercido constantemente desde su principio; un motivo más que empaña el entusiasmo suscitado por el primer paso del hombre en la Luna y las proezas espaciales que han seguido.

La capacidad humana y los medios técnicos acumulados, desperdiciados por una organización social que mantiene la propiedad privada de los medios de producción, la competencia y la guerra entre las empresas y los Estados, defensores de sus intereses, requieren realizar el más «grande de los pasos para la humanidad» : derrocar ese orden social.    

Xavier LACHAU (Lutte Ouvrière)

Traducción: Mario Diego Rodríguez

(1Foto: Figuras ocultas

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