¿En qué se parecen o se diferencian la guerra y el coronavirus?

 

En los últimos tiempos se habla mucho del parecido de esta pandemia con la guerra. Yo hablaré, sobre todo, de las diferencias, aunque también puede encontrarse algún parecido.

Primero, las guerras nos las imponen por intereses económicos e imperialistas, no parece que la pandemia tenga la misma procedencia. Segundo, en las guerras nos matamos unos seres humanos contra otros, lo que es una crueldad espantosa, en la pandemia no es así. Tercero, en las guerras muere muchísima más gente que con esta pandemia. Sólo en la guerra civil española murieron más de medio  millón de personas y en la segunda guerra mundial unos sesenta millones. Da la impresión que nos olvidamos pronto de las crueldades de las guerras, a pesar de que desde la segunda guerra mundial, no dejaron de estar presentes, (desde Vietnam, pasando por Irak y Yugoslavia, hasta las actuales). De hecho,  todos los días vemos pateras llenas de seres humanos, huyendo de ellas. No podemos olvidarnos de esas crueldades, pensando que no nos afectan directamente, porque entonces nos convertimos en monstruos. Y cuarto el sistema capitalista está mejor preparado para la guerra, para matar, que para curar. Ésta es otra diferencia importante a la que dedicaré buena parte del artículo.

Los gastos militares son astronómicos, cerca dos billones de dólares en el mundo y creciendo cada año, según la BBC  del año 2018 al 2019,  creció un 4,2% (España no se queda atrás). Una parte importante de ese gasto va a la investigación de armas  y métodos cada vez más sofisticadas, con la finalidad  de no dejar nada a la improvisación. Para esto nunca escasea dinero.

Si a este enorme gasto en la maquinaría de guerra le sumamos la evasión al fiscal por los 20 billones escondidos en paraísos fiscales,  los  incalculables  millones o billones  evadidos por muchos otros medios puestos a su alcance y los que nos roban descaradamente), para el gasto social solo dejan los restos, la calderilla

En sanidad, uno de esos gastos sociales esenciales para la salud, ningún país estaba preparado, pilló a todo el mundo en pelotas y a partir de ahí todo fue improvisación. En España, aún después de conocer la experiencia de China e Italia, nos decían: tranquilos, aquí tenemos una sanidad que es de las mejores del mundo.  Olvidándose de que sería mucho mejor sin los recortes, las privatizaciones, la escasez de personal sanitario y de camas o  las clamorosas listas de espera. También  si hubiesen hecho caso a las protestas del personal sanitario, (las batas blancas) y las plataformas por la defensa de la sanidad pública y de calidad. Estaban sordos y ciegos y lo peor es que creo que siguen estándolo.

En cuanto a la investigación en sanidad, siempre tan necesaria, permítanme reproducir lo dicho por Noam Chomsky cuando lo entrevistan:

 “La escala de la plaga es sorprendente, impactante diría yo, pero no su aparición”. Y sigue: “Los científicos llevan años avisando de la aparición de una pandemia, insistiendo en ello desde la epidemia de SARS de 2003, causada también por un coronavirus, para la cual se desarrollaron vacunas que no pasaron de la fase preclínica. Ese era el momento de empezar a poner en práctica sistemas de respuesta rápida que nos prepararan para otra epidemia y guardar la capacidad de reserva que pudiera necesitarse. También se podrían haber puesto en marcha iniciativas para desarrollar defensas y modos de tratamiento para una probable reaparición de un virus relacionado”. Y añade: Pero los avances de la ciencia no son suficientes. Tiene que haber alguien que tome decisiones. Y esa opción se ve obstaculizada por la patología del orden socioeconómico contemporáneo”.

             En otra parte de la misma entrevista explica: “La gravedad de la patología  se pone en evidencia a través de uno de sus fallos más dramáticos (y letales): la falta de respiradores, que constituye uno de los principales cuellos de botella a la hora de enfrentarse a la pandemia. El Departamento de Salud y Servicios Sociales (se refiere al de EE.UU.) anticipó el problema y contrató a una pequeña empresa para que fabricara respiradores baratos, fáciles de usar. Pero intervino la lógica capitalista. La empresa fue adquirida por una gran corporación,  Covidien, que marginó el proyecto y “en 2014, sin haber entregado ningún respirador al gobierno, la dirección de Covidien comunicó a funcionarios del instituto [federal] de investigación biomédica su deseo de rescindir el contrato, según tres antiguos funcionarios federales. Los directivos se quejaron de que el contrato no era lo bastante beneficioso para la compañía. “Es una verdad que no admite duda”.

Sin comentarios, solo añadir, que esa crítica a la política estadounidense puede extenderse al resto del mundo desarrollado donde, de acuerdo a la lógica impuesta por el sistema capitalista, siempre prima el beneficio empresarial. Tanto es así que ni siquiera, en estos momentos, los países más desarrollados del mundo son capaces de poner el sistema productivo al servicio de las necesidades sanitarias. Este sistema se basa en la propiedad privada de los medios de producción y sus dueños hacen  o fabrican lo que les da la gana. Por eso carecemos de todo tipo de materiales tan  sumamente necesarios  como las mascarillas, los guantes o  los respiradores y los test rápidos. No hablemos ya de la vacuna, con la que, todas las empresas farmacéuticas están mucho más interesadas en  sacar tajada del descubrimiento que en curar la pandemia. Por eso huyen de coordinarse, cada una va a lo suyo.

 

Así es el sistema capitalista. Los países más “avanzados” del mismo, su flor y nata, son tan capaces de prever y cuidar todo el mecanismo de guerra, como incapaces de anticiparse y preparase para posibles pandemias como la actual. No cesan de repetir que la pandemia nos afecta a todos por igual. Sin embargo se trata de una falacia. La pandemia está teniendo  mucha relevancia mediática y sembrando enorme inquietud en la población. Las élites del sistema, aprovechándose de ello, están intentando incrementar aún más sus beneficios, a costa de más miseria y desigualdades sociales.

Mientras, los trabajadores, están haciendo frente a esta situación desde las consabidas carencias y dificultades, corriendo inmensos riesgos, (particularmente el personal sanitario, residencias de mayores y  servicios varios) y arrimando el hombro, cada uno desde la posición que le toca, para salir lo mejor posible de esta situación. Para ellos esos aplausos solidarios desde las ventanas. Para esas élites, que solo buscan incrementar sus beneficios, nuestro desprecio.

En cuanto a los parecidos entre las guerras y el COVID-19 solo uno, que los  muertos y sufrimientos  los ponemos nosotros, los pueblos y  los trabajadores.

¿De qué normalidad nos dicen a la que hay que volver? ¿A la que teníamos? ¿A esa precariedad absoluta?

Pues sí, quieren que volvamos a esos salarios miserables, a esos contratos de esclavitud, al desempleo, a esa sanidad tan mal tratada. En fin, a ese mundo en que los pueblos carecen de todo, y abundan  demasiadas  “residencias” de ancianos, donde muchas de sus muertes no se han producido por ser personas de riesgo, sino por estar en esas residencias de riesgo. Si la Fiscalía quiere encontrar a los verdaderos culpables que mire hacía esas altas esferas. Sí, quieren que volvamos a esa normalidad, que será todavía peor.

En esa “normalidad” seguirán esas monstruosas guerras, provocadoras de refugiados, a los que nadie quiere dar refugio,  de tanta hambruna y desesperación, de esos campos de concentración.

Sabíamos que el sistema capitalista era incapaz de dar solución a los grandes problemas que sufre la humanidad como el cambio climático, el hambre, las guerras, el desempleo o el feminismo. Ahora sabemos que tampoco es capaz de dar solución a pandemias como el COVID-19,  ni  a  las que puedan llegar.

En los medios de comunicación hay mucha insistencia en sacar enseñanzas y  buscan soluciones dentro del sistema capitalista, sin dudar de su existencia. Se da por sentada su eternidad. Pero éste ya no admite más remiendo o arreglos y, como  todo en la vida, da muchas muestras de agotamiento. Ya no es capaz de arreglar sus propios desaguisados ni evitar que sigan sucediendo. Un nuevo sistema de producción y distribución, basado en cubrir las necesidades humanas y no en los beneficios empresariales, es necesario y posible. Está llamando a nuestras puertas. Eliminar el sistema capitalista  es una condición imprescindible para abrir el camino  hacia una vida mejor, con nuevos horizontes de esperanza.  

Ésta es la mejor de las enseñanzas que podríamos sacar de todo ello. La otra, que los pueblos hemos demostrado que sabemos salir adelante de situaciones como ésta.  Aunque nos impongan todos los sufrimientos, dificultades, adversidades y carencias, no nos rendimos. Pruebas como ésta y peores, por las que la clase trabajadora pasa a lo largo de su historia, nos dicen que podemos acabar también con este sistema. Pero necesitamos tener clara esta ineludible prioridad, e incrementar nuestra unidad  y solidaridad de la que, una vez más, estamos dando ejemplo.

Acabo este artículo con  el título y el final de un artículo de Paul Street: “No podemos servir a la humanidad y al capitalismo al mismo tiempo”.

 

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