Lucha de clases. Un análisis imprescindible

La burguesía como clase se ha vuelto parasitaria, más sociológica que económica, “paga” a unos empleados y se limita a recibir el plusvalor

 

La lucha de clases no puede desaparecer desde el momento en que la sociedad está dividida en clases. Si hay una división así, las clases están condenadas a enfrentarse porque su misma existencia responde a un control diferente de los medios de producción que las lleva a la lucha recíproca. La clase burguesa es poseedora y/o controladora de los medios para producir, y la clase proletaria, en general, solamente es poseedora de su fuerza de trabajo. Pues bien, por más que los sociólogos y economistas “ortodoxos” quieran matizarnos esta dualidad sustancial, al menos en Europa y en el resto del “mundo desarrollado”, lo cierto es que no pueden llegar a negar la dialéctica y dualización misma. No pueden.

 

Se suele decir que una parte del proletariado es poseedora de un pequeño capital, es también inversionista, participa de la apropiación de plusvalía, adopta estilos burgueses de vida cuando hay subida de salarios, y que además el trabajo estable constituye en sí mismo un “bien” que permite diferenciarla del trabajador precario, inmigrante, etc. Estas diferencias internas al proletariado pueden tener repercusiones de cara al comportamiento político y sindical pero no pueden oscurecer el hecho bruto y esencial de la explotación. Mayor o menor explotación, pero la definición de proletario es rigurosa: su fuerza de trabajo es explotada.

 

Las transformaciones de fin de siglo XIX, y principios del XX, fueron mucho mayores en lo referente a la clase burguesa. Desde que en el XIX se legalizara y se generalizara la sociedad anónima, el empresario individualizado, con su liderazgo y personalismo, o el modelo burgués de las “sagas familiares” fue cediendo el paso al sistema de las grandes corporaciones con miles de accionistas y una elite gestora y tecnocrática que, siendo apenas titular de una pequeña parte del capital, es no obstante la controladora de las grandes masas de éste, decidiendo la política de inversiones, la estrategia global de la empresa y reduciendo al accionariado a un mero papel pasivo de recepción de beneficios.  

 

La burguesía como clase se ha vuelto, pues, progresivamente parasitaria. Su definición adquiere una coloración más sociológica que económica, pues la mayor parte de ella ya no es gestora de la producción, no asume papel alguno en la estrategia de apropiación y acumulación de plusvalía. Ella en general, como clase, “paga” a unos empleados (managers, gerentes, tecnocracia) para que les canalicen la plusvalía desde la fuerza de trabajo explotada hasta sus hondos bolsillos. Básicamente, hoy la burguesía es un gran bolsillo. Se limita a recibir el plusvalor. 

 

Con todo, la coloración sociológica de la clase burguesa nunca debe ser olvidada en detrimento de la estricta función económica, cada vez más parasitaria. No debe ser olvidada porque precisamente al compartir intereses con la elite tecnocrática y con los sectores más privilegiados del proletariado (trabajadores “estables”, funcionarios, etc.) pueden hacer masa, y de hecho la hacen, contra cualquier intento de reorganización proletaria a la hora de mejorar sus condiciones de vida y trabajo. 

 

Lo vemos con notable claridad en el caso español, y de forma meridiana y casi “experimental” en el asturiano. La política del bipartidismo (PSOE-IU, que a efectos prácticos son la misma fuerza, y PP) es expresión inmediata de esta estructura socioeconómica. Al haberse rebajado considerablemente la fuerza y la demografía misma del proletariado “clásico” (industrial, minero, fabril) y programarse políticamente una terciarización de la economía, el “bloque” burgués se vuelve monopolista y omnímodo en lo que hace a sus decisiones estratégicas y fundamentales. Se vuelve un bloque social incontestable, y los cuadros obreros que no militen dentro de los sindicatos verticalmente diseñados (en el sentido literal, pero también en el sentido franquista) pasan a engrosar las filas de la llamada “marginalidad”. Partidos y sindicatos, amén de organizaciones ciudadanas de otra índole, que no expresen los intereses inmediatos del bloque burgués-parasitario, son criminalizados y arrinconados con demasiada facilidad. La posibilidad de establecer una “barricada” nítida de lucha de clases, como todavía sucedía en los años de la llamada Transición, esto es, llevar la contestación y la defensa de los intereses proletarios al centro mismo del sistema o alcanzar siquiera visibilidad, se hace cada vez más complicado. El Bloque burgués-parasitario crea su propio “centro” simbólico de prioridades e intereses, controla la prensa y los mass media, decide a quién se le da voz y a quién ha de cerrársele la boca. Se promueven a las personas afines al Bloque y se postergan a otras. 

 

Una izquierda real, no oficial, es una izquierda que no admite el centro dibujado por el Bloque parasitario. Es una izquierda combativa (no representada parlamentariamente, y apenas municipalmente) que nunca debe renunciar a trazar su propio centro de lucha, la propia línea de barricada frente a un régimen clientelar y parasitario diseñado únicamente para perpetuarse y para organizar el saqueo al medio ambiente, al territorio, a los sectores más desprotegidos (juventud, mujeres, campesinos, emigrantes…). Una izquierda “de verdad”, ya sea marxista en su orientación clásica, ya sea soberanista, ecologista o de otra índole, debe permanecer inmune a las estrategias de asimilación por parte del Bloque de poder. A éste le es demasiado fácil cooptar a los que destacan, comprar a los que se dejan, acallar a los que gritan. Esa izquierda real debe saber dónde está lucha, quiénes son los enemigos. Por ello pienso que un análisis en términos de clase le va a resultar imprescindible.

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