Menores, maltrato y política de extranjería, Cheb Hbitri bajo un camión (I)

Relatos de racismo y represión, quién invade a quién o el Plan África y la inmigración Asturbulla

Cheb Hbitri bajo un camión. Menores, maltrato y política de extranjería

I

Un chico me aborda por la calle, tímidamente: ¿Dónde está la comisaría de la policía local?. Después se encoge como pidiendo perdón por hablarme. Dudo unos segundos y me doy cuenta de que no sé dónde está la sede de la local. No tengo ni idea le digo. Él comienza a alejarse en el mismo momento en que empiezo a registrar que quien me ha preguntado es un niño, que está solo, que es extranjero probablemente, por el acento, marroquí y que me ha hecho una consulta, digamos, poco común. Me dirijo a él antes de que se vaya definitivamente: Pero, ¿para qué quieres saber tú dónde está la comisaría? ¿Necesitas algo?.

Poco después S. y yo subimos las escaleras de mi portal. A pesar de esa primera apariencia de retraimiento y timidez, no le ha costado mucho soltarse a hablar conmigo. En realidad, parece que necesitaba comunicarse con alguien. En torno a un plato de lentejas, la conversación se hace más fluida aún. Me sorprende su buen castellano. Vengo de Melilla me explica.

S. nació en Fez hace catorce años. La ciudad, capital de Marruecos durante mucho tiempo, es una de las más importantes del país y supera el millón de habitantes. En ella pasó los once primeros años de su vida. En ella creció al calor de su madre y de sus dos hermanas mayores. Su padre, trabajador en una panadería del barrio, obtenía los únicos ingresos monetarios de la familia. Pero el padre de S. murió hace tres años. Incluso antes de que les dejara, las estrecheces económicas ya habían empujado a una de sus hermanas la mayor a viajar a Europa en busca de una vida mejor. Ahora está en Holanda o eso cree S., pues no sabe de ella desde hace cinco años. Su otra hermana se casó y se fue a vivir a Tánger.

A la madre de S. la vida no le dejó tiempo para llorar la muerte de su marido. Poco después del entierro, se vio obligada a marcharse de la ciudad con su pequeño hijo, pues no lograba encontrar trabajo en Fez. Viajaron a Nador, más al norte. En Nador hay playa, en Fez no sonríe S. ¿Y encontró trabajo tu madre? pregunto al chico. A veces le cuesta encontrar las palabras adecuadas. Después de varios intentos y de representar con gestos la carga de sacos pesados al hombro, logra explicarme que su madre cruza la frontera de Melilla para comprar telas y ropas que luego trata de vender en el mercado de Nador. Yo la ayudaba dice orgulloso. No podía pasar la frontera, pero esperaba a que mi madre volviera para ayudarla a cargar la ropa hasta la estación de autobuses. Allí subían a un vehículo que cubría los quince kilómetros que separan las dos ciudades. Veinte céntimos recuerda S. que costaba el trayecto. ¿Y quién os compraba la ropa en el mercado?. Turistas, muchos turistas. Españoles, franceses, ingleses, también muchos alemanes. Y, entonces ahora viene la pregunta de siempre, la que no sabes cómo formular porque, por un lado, te sientes un poco ridículo planteándola, ya que la respuesta es obvia y, por otro, temes no entender del todo la contestación, ¿qué haces aquí? ¿Por qué has venido?. S. me mira como diciendo: ¿que por qué he venido? Es evidente, ¿no?; pero contesta, resignado: Poco dinero, muy poco dinero.

Cruzó la frontera de Melilla debajo de los asientos de un coche. Poco después ingresaba en el Centro de Menores La Purísima. En una como ésta dice S. midiendo con su mirada mi habitación de unos ocho metros cuadrados vivíamos cuatro chicos. La mayoría eran de Marruecos y de Argelia, aunque también había algunos compañeros de países del África subsahariana. A veces nos llevaban solos a una sala y nos pegaban. ¿Cómo que os pegaban? ¿Por qué?. No lo sé. Pero, ¿os decían algo cuando os golpeaban?. Sí, decían: “para qué has venido aquí”, “para qué has cruzado la frontera”, “quédate en tu casa”. Nada más.

Cuando se cansó del hacinamiento, de los malos tratos y de la escasa comida, S. se metió bajo un camión y, allí escondido, cruzó en un barco que le llevó a Málaga. Vas bien sujeto, no hay peligro de caerse dice con seguridad. No, no tenía miedo. Sólo quería que no me descubrieran, porque sueltan perros para buscarnos. Yo los vi, pero ellos a mi no.

¿Se lo dijiste a tu madre antes de partir?. No, la llamé cuando llegué a Málaga. ¿Y qué te dijo?. Que consiguiera papeles. ¿Nada más?. No. Bueno, sí, lloraba. ¿Y tú?. Yo sonríe S. un poco nervioso también lloraba.

II

En Málaga pasó cinco días. Nada más salir del puerto, se dirigió a una mezquita. Allí encontró apoyo, ropa, alimento y un techo donde dormir durante varias noches. Cuando S. estaba en Melilla, un amigo compañeros de juegos en las calles de Fez le había llamado y animado a viajar a Oviedo para encontrarse con él. Fue quien le explicó que llegara a la ciudad y preguntara por la policía. S. viajó de noche, en autobús, a Madrid. A la mañana siguiente cogió otro autobús con destino a Oviedo. Supongo que alguna de las personas que conoció en Málaga, al enterarse de los deseos del chico, le sacó los billetes.

¿Dónde está la comisaría de la policía local?. Es la primera vez que me encuentro con un Menor Extranjero No Acompañado (MENA) así les llaman y no sé si debemos realmente contactar con la policía. Prefiero hablar con uno de los educadores de la Unidad de Primera Acogida del Centro Materno Infantil de Oviedo; educador que, por cierto, está expedientado junto a otro compañero por denunciar públicamente el desentendimiento del gobierno asturiano respecto a sus obligaciones con los menores. A través de sus denuncias me he podido enterar de muchas irregularidades, incluidos encierros en Centros de Internamiento de Extranjeros (CIES) de menores a los que se expulsa porque, supuestamente, y siempre según las autoridades, son adultos.

En este caso, me cuesta temer que tengamos algún problema. S. es menor, manifiestamente menor, evidentemente menor. Pero, a pesar de todo, y aunque no consigo localizar al educador, decido hablar primero con Asturias Acoge, por si pueden hacer alguna gestión que facilite las cosas. Efectivamente, una de las responsables de la asociación llama inmediatamente a la Unidad de Primera Acogida. La respuesta del Centro nos deja perplejos: tenemos que llevar al menor a la comisaría de la Policía Nacional situada frente al Hotel Reconquista para que sea la policía quien lleve a S. a la Unidad de Primera Acogida o, en su defecto, si no hay plazas, a otro centro de menores. A pesar de que nos parece que el tratamiento policial del asunto implica la criminalización de los menores, seguimos las instrucciones. S. parece el menos nervioso de todos, solamente preocupado por saber cuándo iremos al Centro y, así, encontrarse con su amigo.

Me encargo de acompañarle a la maldita comisaría. Nos pasan a una sala de espera. Tú no hables mucho, S., cuanto menos español sepas, mejor. Mientras esperamos y yo le doy vueltas a lo que debo decir, S. tararea una canción. ¿Qué cantas?, le pregunto. Se ríe. Chebbirtri dice finalmente (o algo así entiendo yo). ¿Cómo?. Saco papel y lápiz y lo escribe: Cheb Hbitri. Cuando vuelvas a tu casa me dice lo buscas en internet. Yo también me río.

Una agente de la policía nacional entra y, en la propia sala de espera, nos pregunta por el motivo de nuestra presencia. Explico la situación y solicito que acompañen al menor a la Unidad de Primera Acogida, remarcando que el caso es ya conocido por un abogado, por varias asociaciones de apoyo al colectivo inmigrante y por el propio centro de acogida. En ese momento, por el pasillo por el que se accede a la sala de espera pasa un policía que, poco después, la primera agente nos confiesa que es su superior. Éste, que escucha de pasada mi explicación, se dirige a su subordinada y, en un tono que refuerza su mirada de desprecio hacia S., ordena que se le lleve al Albergue Cano Mata un centro para transeúntes adultos, de tres días de estancia máxima y no a un centro de menores, “puesto que antes tendrá que demostrar que es menor”. El tipo, sin más, continúa su camino y desaparece por el pasillo. Insisto en que S. debe ser llevado a un centro de menores y amenazo con poner una denuncia ante el fiscal de menores. La agente se retira de la sala de espera para, según sus palabras, seguir debatiendo el caso con su superior es decir, el energúmeno del pasillo, pero pronto vuelve para decirnos que sus órdenes son enviar al menor al Albergue Cano Mata.

S. y yo nos vamos. Es domingo por la tarde, primera jornada de la liga de fútbol. Quizás el evento justifique que encontremos cerrado el Juzgado de Guardia, al que nos encaminamos para denunciar los hechos y pedir una solución al fiscal de menores; también debe de estar justificado que a esas horas justo en medio de la retransmisión televisiva nadie responda en el 092, en un último intento por tratar que la local sea la que lleve a S. al centro de menores.

Volvemos a casa. Encontramos a Cheb Hbitri en Internet. S. sonríe mientras ponemos uno de los videoclips. Hip-hop marroquí. A pesar de todo supongo que porque sigue siendo un niño en una vida de adulto aún no le han arrebatado completamente su capacidad de disfrutar.

III

A la mañana siguiente escuchamos con estupor cómo la ordenanza de la Consejería de Bienestar Social nos comunica en una nueva sala de espera que nadie nos va a recibir, pues el protocolo dice que tenemos que acudir a la policía. Blandiendo un par de hojas grapadas la denuncia que dirijo al Juzgado de Guardia narrando los hechos del día anterior, exijo que nos atiendan; la mujer, abochornada, se compromete a hacer un nuevo intento para que alguien se digne a hablar con nosotros. Cuando reaparece por el pasillo, su expresión ya anuncia que trae más de lo mismo. S. mira a la pared, al techo, al suelo, incapaz de comprender ya si este lugar es la comisaría, el juzgado, la consejería o el pasillo de un albergue. Evidentemente, no vamos a volver a visitar al energúmeno del día anterior que, en todo caso, no debemos olvidar que no hacía más que cumplir órdenes de sus superiores en su comisaría. Así que nos quedamos y explicamos a la ordenanza lo que puede comunicar de nuestra parte a los responsables de bienestar social: Diles que avisen a los de seguridad o que llamen ellos a la policía, porque nos van a tener que echar del edificio. Nosotros no nos vamos.

Hora y media después entretanto ha pasado por allí un fotógrafo del periódico La Voz de Asturias baja un educador y nos atiende en la propia sala de espera. Allí, tras leer la denuncia de los hechos del día anterior, y sin dar ninguna explicación de por qué nos han hecho vagar durante un día completo, empieza a acribillar a preguntas a S. ¿De dónde vienes?. De Melilla. ¿Cuánto tiempo estuviste allí?. Tres meses. Venga, seguro que llevas más tiempo en España. Tres meses repite S. ¿Cuántos años tienes?. Catorce, responde S. con seguridad. Tienes algunos más, venga, dímelo. Catorce… y medio insiste S. Indignado, le digo al educador que deje de interrogar al chico y le pido a S. que no responda. Han pasado veinticuatro horas desde que nos encontramos en la calle y, tras todo el periplo sufrido y tras haberse negado por tres veces a recibirnos, el educador se extraña de que yo desconfíe de sus intenciones. ¡Qué hipocresía! No quiero que S. diga cosas que le perjudiquen, así que consulto con una persona de confianza la forma más oportuna de actuar. Que diga la verdad es lo que me recomiendan. Pero el educador para mi sorpresa dice que ya ha terminado y que podemos dirigirnos a la Unidad de Primera Acogida, ya que se ha autorizado el ingreso de S. ¿Se diferencian sus preguntas de las de un policía? ¿Cómo estás? ¿Por qué te has jugado la vida para venir a Europa? ¿Cómo te trataban en el Centro La Purísima de Melilla? Estas preguntas no se hacen, no vaya a ser que las respuestas del chico perjudiquen a la administración para lograr su objetivo: desembarazarse de los menores, devolverlos a Melilla y, si se puede, a Marruecos hoy mismo me han llamado desde Melilla para denunciar cómo la policía está arrojando a los menores, de forma completamente ilegal, al otro lado de la frontera.

A nivel estatal, la política de repatriaciones de menores está a la orden del día. En 2006 se realizaron 111 repatriaciones y un total de 1.300 expedientes de repatriación. En muchas ocasiones la policía se los lleva de los centros que son el domicilio de los menores a altas horas de la madrugada, esposados y sin que su familia sepa que van a ser devueltos. Las repatriaciones sirven como medida ejemplarizante para los menores que se quedan, que muchas veces se escapan de los centros por miedo a que se les aplique a ellos la reagrupación familiar en origen.

¿Está lejos? pregunta S. impaciente mientras caminamos. Qué va, ya estamos llegando. Ese es el edificio. S. pone cara de incredulidad. La Unidad de Primera Acogida tiene importantes problemas de recursos, pero la comparación con el Centro de Menores La Purísima de Melilla, el único centro que conoce, es fácil de realizar a primera vista. Aquí ve un edificio en medio de la ciudad, con un parque enfrente, mientras que La Purísima, antiguo fuerte militar en estado ruinoso, se encuentra aislado y apartado cuatro kilómetros del centro de Melilla. A través de Prodein, una asociación de Melilla de apoyo a los menores, nos enteramos de que son muchos los menores que en las últimas semanas han huido a la Península jugándose la vida en el puerto bajo un camión, debido a los malos tratos y el abandono que sufren por parte de las instituciones.

La educadora, tras recibirnos en una pequeña sala, acompaña a S. al piso superior. Nos veremos pronto le digo con un nudo en la garganta. Tienes mi teléfono y el del abogado, no dudes en llamar si lo necesitas. S. camina, contento, al encuentro de su amigo.

IV

Cuando dos días después llamo al centro para saber de S. y la educadora me explica que ya ha cumplido con el protocolo, el sentimiento de rabia y frustración es intenso. Han acompañado a S. a comisaría para tomarle las huellas dactilares es natural, hay que contrastar si ya está acogido en otra comunidad autónoma y le han llevado al hospital para hacerle cómo no una prueba radiológica para determinar su verdadera edad. No le puedo dar los resultados porque los desconozco escucho que me dicen al otro lado del hilo telefónico.

Unos días después consigo volver a ver a S. Nos encontramos en el parque, junto al Centro de Menores. Está sentado en un banco, con otros cinco chicos marroquíes. Me los presenta y yo me disculpo porque son demasiados nombres para mi mala memoria. Ha salido quince me dice poco después, mientras damos una vuelta. Quince, ¿qué? pregunto extrañado. S. señala su brazo: la prueba de la edad me dice. Mi primer pensamiento de desprecio es para el educador que trataba de convencerle de que tenía varios años más de catorce y medio.

A pesar de que le han enviado junto a otros cinco chicos a una residencia de estudiantes, ya que la Unidad de Primera Acogida está saturada no porque haya ninguna avalancha sino porque sólo tiene 16 plazas, S. me dice que está bien. Prefiero estar con todos los chicos. ¿Por qué nos han llevado a otro sitio? me pregunta. Le explico las razones. Espero que se normalice pronto tu situación, supongo que abrirán otro centro, pero no lo sé le digo. He leído en la prensa que la Consejería pretende crear un centro exclusivamente para extranjeros, experiencia ya probada en otras comunidades con el resultado de una mayor segregación y aislamiento de los menores.

Me enseñaron la foto del periódico me dice sonriendo. El comentario me recuerda que debo preguntarle algo: ¿Recuerdas todo lo que me dijiste cuando estuviste en mi casa? La historia de tu familia, de tu viaje, de Melilla. Sí, claro me dice. La he escrito, S. ¿Quieres que la guarde o que se la contemos a la gente? Quizás sirva para que conozcan no sólo tu historia sino la de muchos chicos como tú.

S. me mira y dice: Cuéntala.

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Este relato forma parte de un libro titulado A la vuelta de la esquina. Relatos de racismo y represión (Cambalache, 2008). Eduardo Romero es autor también de Quién invade a quién. El Plan África y la inmigración (Cambalache, 2006) y coautor de Frontera Sur. Nuevas políticas de gestión y externalización de la inmigración en Europa (Virus Editorial, 2008).

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