Este volumen de la colección “Pensamiento africano de ayer para mañana” de Wanafrica ediciones, con traducción de Marta Patrón Jiménez, se abre con un texto de Mireille-Fanon Mendèz-France, que nos introduce en el pensamiento de su padre, plenamente vigente hoy, como se encarga de demostrarnos, pues su insistencia en el papel desempeñado por las elites locales en la explotación colonial nos da la clave de la pervivencia de ésta a través de los mecanismos neocoloniales. Sólo así se explica la atroz desigualdad del mundo partido en dos que vemos alrededor, y el dominio absoluto de unos estados y poderes económicos occidentales que siembran de dictaduras el Tercer Mundo, intervienen con sus ejércitos cuando y donde lo juzgan necesario, y arruinan con todo ello cualquier destello de esperanza. Los medios de comunicación hacen digerible la siniestra farsa poniendo al servicio de los capitalistas la conciencia de los seres humanos.

Frantz Fanon nació en Martinica en 1925 y combatió muy joven en la guerra mundial enrolado en el ejército francés. Después realizó estudios de medicina psiquiátrica y ejerció su profesión en diversas localidades del norte de África, al tiempo que participaba en las luchas por la independencia de Argelia. Lograda esta, trabajó para el gobierno provisional del país hasta su fallecimiento en 1961 a causa de una leucemia. Sus obras más importantes, Piel negra, máscaras blancas (1952) y Los condenados de la tierra (1961), tienen la virtud de sumergirnos sin contemplaciones en la perversidad del pensamiento colonial. El primer texto recogido en el libro es precisamente un extracto del capítulo 3 de la segunda obra citada, un alegato brillante sobre el triste papel de las burguesías locales de los países sometidos, incapaces tras la independencia de liderar el desarrollo económico y el progreso social, entregadas al lucro, y actuando en definitiva como simples herramientas de la vieja metrópoli en la nueva fase, neocolonial, de explotación. Es lamentable también la pervivencia del espíritu de discriminación entre las masas, que heredan los esquemas de asimetría social y tienden a apropiarse de privilegios para una determinada etnia o religión. La conclusión es que la única vía de emancipación en estos casos pasa inevitablemente por la solidaridad entre los pueblos y por dejar de lado a las burguesías anquilosadas y egoístas.

Se incluye también en el libro un texto de 1956 en el que Fanon analiza la situación de la cultura de los dominados en el contexto colonial. La supervivencia, momificada y sometida, de lo que en un momento estuvo vivo, origina la apatía de carácter y el complejo de culpabilidad que son rasgos comunes de estos pueblos. Sólo el fin de la explotación puede revitalizar las viejas formas, y se desencadena entonces un proceso profundamente liberador, un auténtico deslumbramiento, marcado por exaltación y reacciones paradójicas, en el que las dos culturas antes contrapuestas pueden coexistir y enriquecerse mutuamente. Por último, un artículo de 1957 nos presenta la atroz realidad de las torturas practicadas durante la guerra de Argelia como un corolario inevitable del racismo colonialista. Resulta significativo que las críticas de algunos intelectuales de la metrópoli a estos métodos ignoraban a sus víctimas, centrándose en el daño que ocasionaban a la conciencia de sus verdugos y al honor nacional de la potencia colonizadora.

Las muestras reunidas en este pequeño volumen han de servir como incitación a la lectura de Piel negra, máscaras blancas y Los condenados de la tierra, textos de una lucidez extrema que fustigan las mentiras y la fría superioridad con que encaramos el horror que se despliega en el mundo. El pensamiento de Frantz Fanon alumbra el camino para comprender que esa miseria que contemplamos y apenas nos conmueve, no nos es ajena, y nos enfrenta al reto de descubrir que somos todos cómplices por inacción, ignorancia y cobardía de las políticas que asuelan al planeta y sus gentes.

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