Eva Joly denuncia la verdad sobre la presencia de Francia en África

El camuflaje se ha sofisticado: los tiranos son los amigos que Francia colocó en el poder y cuya fortuna e influencia están protegidas por redes de corrupción; a cambio, ellos velan por los intereses y los recursos de las empresas francesas

Eva Joly. Foto: Investig’Action.

 

No nos resistimos a publicar para nuestros lectores algunos extractos del último libro de la diputada francesa Eva Joly, en el que detalla los «crímenes» cometidos por su país en África, sobre todo en Camerún; se detiene especialmente en la masacre de los Bamilekes, llevada a cabo por el país galo.

 

Nunca había entendido lo que el escritor Slimane Zeghidour quería decir con «el secreto de familia de la República». Cuando se me asignó la instrucción del caso Elf, desfilaron ante mí los personajes más poderosos de la industria petrolera francesa. Detestaba su arrogancia y la forma en que se habían llenado los bolsillos. No obstante, cuando invocaban el interés superior del país, no dudaba en creerlos.

 

Acababa de finalizar una comisión de servicio en el Ministerio de Finanzas, donde estaba rodeada de altos funcionarios íntegros y de una competencia absoluta.

 

Confiaba en las instituciones de mi país de adopción. Ni me planteaba que la finalidad de los dirigentes de las empresas petroleras estatales fuera otra que el bien común. Perseguía las derivas, pero no el sistema.

 

Sin embargo, a lo largo de mi investigación, descubrí un mundo subterráneo. Como magistrada, estaba limitada por el marco de mi nombramiento y por mis competencias a nivel nacional, y tuve que detenerme ante el umbral de algunas puertas que conducían hacia el extranjero.

 

Descubrí caminos que habría sido apasionante recorrer, conexiones que me horrorizaron. Las cifras y las cuentas nos descubrieron una amplia red de corrupción institucionalizada cuyos hilos llevaban directamente hasta el Elíseo.

 

No era mi responsabilidad extraer conclusiones políticas, pero fue algo que me dejó huella. Por aquel entonces, dibujamos un gran esquema que hoy sigo conservando. Cuando está desplegado, ocupa ocho metros.

 

Serpentea desde el despacho de un directivo de hidrocarburos de Elf hasta las oscuras cuentas alimentadas por Gabón, en manos de Omar Bongo: cuarenta años en el poder y una enorme y recurrente dificultad para distinguir entre su hucha y su familia por un lado, y el presupuesto del Estado y el Gobierno por el otro.

 

Suelo llevarme el esquema a las reuniones. Lo extiendo sobre la mesa, como si fuera una capitana en guerra y sacara mis viejos mapas.

 

Está claro que las posturas han cambiado y que las técnicas de camuflaje se han sofisticado, pero el sistema sigue siendo el mismo: los tiranos son amigos que Francia colocó en el poder y cuya fortuna e influencia están protegidas gracias a enormes redes de corrupción; a cambio, ellos velan por los intereses y los recursos de las empresas francesas llegadas al continente para explotar el terreno. Y a toda esta gente le interesa que nada, nunca, estimule la economía o las instituciones del país.

 

Así, Francia contribuye al empobrecimiento de Gabón.

 

De hecho, si nos detenemos un momento en este país, ¿qué es lo que encontramos? ¿Un país rico que exporta más de 13.000 millones de dólares en crudo al año y que cuenta con un PIB por habitante muy por encima de la media africana (6.397 $)? ¿O un país pobre cuya esperanza de vida es de 55 años para las mujeres y 53 para los hombres, lo que supone uno menos que en Madagascar, cuyos habitantes nacen en un suelo sin petróleo? La tasa de mortalidad infantil en Gabón es especialmente alta y la de vacunación contra el sarampión se sitúa en el 40 %, cuando la media es del 79 % en los países en desarrollo.

 

Así está Gabón, coto privado de Francia, proveedor de tesoros en forma de petróleo y uranio, feudo de Total-Elf y la primera capitalización bursátil gala.

 

Si los habitantes de Libreville, no se benefician de la riqueza de su país, es solo porque Francia se ha adueñado de los recursos mineros, siempre con la complicidad de un presidente que desde su servicio militar está vinculado al ejército francés y a su servicio secreto, y que París colocó a la cabeza del país cuando tenía 32 años, convirtiéndolo así en el jefe de Estado más joven del mundo. Como consecuencia, Francia controla el ejército y las elecciones, y protege su futuro.

 

A cambio, Omar Bongo abre la puerta varias veces al año y recibe, en la avenida Foch o en el hotel Crillon, a los políticos, publicistas o periodistas franceses que importan. Y todos acuden corriendo.

 

En los años 90, un político francés de primera línea, entonces en funciones, se beneficiaba de forma paralela de un contrato como «asesor» firmado por Omar Bongo y muy bien remunerado. De Roland Dumas, el presidente de Gabón habla como de «un amigo íntimo». Previsor, también apreciaba a Nicolas Sarkozy, quien «le pidió consejo» como candidato a las elecciones presidenciales.

 

Durante la instrucción del caso, registramos la sede de la FIBA, el banco franco-gabonés, y consultamos el listado de clientes, que parecía escrito con una pluma Sergent-major. Era una especie de «Quién es quién» de Francia en el continente africano, lo que ya decía mucho de la República y de los medios de comunicación.

 

Francia finge que ayuda a los países ricos en materias primas.

 

Aquellos que aún crean en la ayuda desinteresada que presta Francia en África, deberían consultar las cifras del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo). La relación entre la cuantía de ayuda prestada por Francia y la riqueza en materias primas del país es más que regular.

 

En resumidas cuentas, quien no tenga nada en su subsuelo no debería esperar demasiado de París. No es sorprendente, por lo tanto, que Gabón sea uno de los principales beneficiarios de la ayuda pública francesa al desarrollo. El resultado es preocupante para el sistema sanitario y educativo. Porque el dinero se pierde por el camino. Y ese es su único propósito.

 

No se trata de un extravío, sino de una organización coherente y razonada. A lo largo de la instrucción, en todas las declaraciones nos hablaron de presiones físicas, de vigilancia permanente y de espías.

 

Durante los registros en la torre Elf, en el distrito financiero de París, obtuvimos una serie de documentos que revelaban datos confusos. Los pusimos a disposición del tribunal de Nanterre, pero han evitado abrir nuevas investigaciones.

 

Total es hoy, al igual que lo fue Elf en su día, un Estado dentro del Estado. Concebido por Pierre Guillaumat, antiguo ministro de Defensa, jefe del servicio secreto y responsable del programa nuclear francés, su único objetivo es servir a los intereses geopolíticos de París.

 

Noruega utilizó su petróleo para crear y garantizar el sistema de pensiones. Francia, en cambio, se vale de Elf Total para reafirmar su poder.

 

La compañía interviene en el golfo de Guinea, en Nigeria, en Congo-Brazzaville, en Angola… Todos ellos países que han conocido la guerra civil y la dictadura, apoyadas por Francia desde las sombras. Ello demuestra que, cuando sobreviene el caos, al sistema no le importa. No hay más que fijarse en Angola, un país que estuvo en guerra durante décadas, y donde nunca se desperdició ni una gota de petróleo.

 

Durante la guerra, los negocios continuaban. Los bancos franceses, con Bnp-Paribas a la cabeza, se aprovecharon de la ocasión para urdir tramas financieras para los países en guerra, con tasas espeluznantes, y la garantía de que no se estaban arriesgando lo más mínimo. Ahora bien, está claro que no todo el mundo perdió dinero. Este es, al fin y al cabo, un espejo en el que es mejor no mirar muy a menudo a las élites francesas.

 

(…)

 

En la misma época, la República francesa puso en marcha en África un sistema muy alejado de sus valores y de la imagen que le gusta proyectar al mundo. ¿Cómo pudieron unas instituciones sólidas y democráticas, unas mentes brillantes y claras tejer una red que violaba sistemáticamente la ley, la justicia y la democracia? Es más, ¿por qué tantos periodistas reputados toleraron lo que veían? ¿Por qué los partidos políticos y las ONG, siempre tan dispuestos a estallar, no quisieron verlo?

 

Occidente cerró los ojos ante los crímenes de Francia.

 

No lo condeno. Yo también estuve ciega. Era como ellos, antes de asomarme por el hueco de la cerradura y entender las dimensiones reales de este secreto de familia: Francia sigue siendo un imperio y mantiene su poder. La independencia política ha sido, en gran medida, una mascarada en África occidental.

 

Occidente cerró los ojos, puesto que Francia prevalecía como el «gendarme» que defendía la mitad del continente africano contra el comunismo. Los franceses los dejaron hacer, ya que, con astucia, De Gaulle y sus sucesores presentaron sus políticas como una muralla contra la hidra estadounidense. Elf era una de las piezas maestras de esta partida geopolítica.

 

El doble juego se vio facilitado gracias a la certeza, enraizada en las mentalidades, de que «allí todo es distinto». Allí lo normal es la corrupción, el nepotismo, la guerra, la violencia. Allí lo normal es que esté el ejército francés, que los procónsules habiten en la embajada o en el estado mayor, que haya campamentos militares. Allí lo normal es que se forme a la guardia presidencial. Allí lo normal es que uno se apropie de las riquezas naturales.

 

Además, «lo hace todo el mundo». Joven o viejo, de izquierdas o de derechas, no hay ningún francés que no se sorprenda cuando ve cómo nuestros soldados despliegan, casi todos los años, una operación militar en África, en Chad, Costa de Marfil o Ruanda, cuando todos se mofan de que Estados Unidos vaya a Irak a ejercer de policía, maquillando con democracia los intereses geopolíticos y petroleros de Washington. Y, sin embargo, no hay mucha diferencia.

 

Hace poco vi un documental sobre la guerra civil de Nigeria, dos o tres horas de puros testimonios de los actores principales, sin comentarios. Me quedé sin habla. A quienes nacieron después de 1970, este conflicto, también conocido como la guerra de Biafra, no les suena de nada. En esta región de Nigeria, rica en petróleo, una etnia cristiana animista armada por Francia reclamaba la independencia. Ello desembocó en una guerra letal de tres años. Una revuelta financiada desde el Elíseo a través de sociedades suizas.

 

Por aquel entonces, a la televisión francesa le gustaba mostrar a niños hambrientos rescatados por militares franceses, quienes se los llevaban en avión para curarlos. No obstante, nunca enseñaban el cargamento del viaje de ida, compuesto por armas. En pantalla, los antiguos colaboradores de Jacques Foccart, repantigados en sus butacas Luis XV, detallan sin pestañear aquellas tramas ilegales. Los funcionarios, tenientes de entonces, generales de ahora, relatan aquella excursión sonriendo. Fin del documental. Ni una palabra, ni una línea en los libros de historia.

 

Francia en el seno de la guerra de Biafra y de la masacre de los Bamilekes en Camerún.

 

África contiene decenas de dramas similares, todos cuidadosamente silenciados. (…)

 

Pero los pueblos son como las familias. No pueden escoger lo que recuerdan. Hay secretos muy bien escondidos cuya onda expansiva va más allá de una o dos generaciones. Los niños lo heredan todo: tanto la desgracia como la felicidad, tanto la riqueza como las deudas.

 

Hoy, la República francesa paga la factura de su pasado. Basta con desenrollar la lista de las denominaciones oficiales de los magrebíes nacidos en un departamento francés antes de 1962 o en suelo galo desde los años 70. Por ley, eran y son franceses como los demás.

 

Sin embargo, los gobiernos sucesivos no han parado de inventarse perífrasis: «indígena musulmán», «sujeto africano no naturalizado», «JFOM» (Joven francés originario del Magreb), «joven resultado de la inmigración», «hijo de harkis», «joven de barrio», «árabe-musulmán», «francés de origen árabe», «francés musulmán»…

 

Francia sigue viviendo como si en África estuviese en su casa y como si sus hijos de ascendencia africana no fueran franceses. El desarrollo de la presencia francesa en África, nuestra tolerancia hacia estas tramas, todo conduce hasta este secreto colonial, ese imperio que nos atormenta como si fuera un fantasma. Sí, total, la primera empresa francesa, es rica y próspera.

 

Pero la forma en que la compañía fue levantada forma también parte de su herencia. ¿Quién se atreverá algún día a devolver a Nigeria, Camerún, Gabón o Congo-Brazzaville lo que Francia les debe? ¿Quién impugnará los contratos suscritos por Areva por el uranio de Níger o los de las minas de oro de Sadiola, en Malí, dos de los países más pobres del mundo, que no ven más que una parte irrisoria de las riquezas extraídas de sus suelos? La República ha contraído una deuda que deberá saldar.

 

Nuestra prosperidad se alimenta de las riquezas que malversamos. A algunos de los sin papeles que arriesgan sus vidas para llegar a Europa se les podría dar una renta en vez de un aviso de expulsión. Sueño con un despertar colectivo para el país que amo.

 

Una Francia a la altura de sus ideales y de su herencia de 1789 es incompatible con una Francia en África: lo que ha hecho una generación lo puede deshacer la siguiente. Es posible.

 

Extraído de: La force qui nous manque [La fuerza que nos falta]. Eva Joly. Editions des Arènes (París) 190 páginas.

 

Fuente: "Eva Joly balance tout sur la Françafrique", 
en Investig’Action (3 de julio de 2019).

Traducido por María Valdunciel Blanco para Umoya,
Eva Joly. Foto: Investig’Action.
https://umoya.org/2019/08/19/eva-joly-presencia-francia-africa/Eva Joly.
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