Trump: La guerra arancelaria de los mundos

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, finalmente se decidió por encender la mecha del cañón cuyo disparo desde la Casa Blanca anuncia lo que podría convertirse en una nueva guerra comercial: la imposición arancelaria a las importaciones de acero (25 por ciento) y aluminio (10 por ciento).

 

Es una aberración económica en tanto que es muy improbable que el presunto objetivo de recuperar la industria metalúrgica nacional se pueda cumplir por la vía proteccionista sin una previa y larga preparación de reconversión y modernización que la ponga a la par tecnológicamente con la de alto rendimiento de Europa, China y Rusia.

 

Por el contrario, un incremento de los aranceles a materiales primarios clave de amplio espectro industrial puede ocasionar lo que los expertos denominan “efectos en cascada dentro de la economía estadounidense” por un previsible aumento de los costos que harán perder competitividad a sus manufacturas frente a las del mercado internacional.

 

La advertencia de los especialistas a Trump, en especial de su exasesor económico Gary Cohn, de que los nuevos aranceles afectarán en forma negativa a las empresas y trabajadores de las industrias usuarias del acero y aluminio importados, no ha encontrado oídos receptivos ni en la Casa Blanca, ni en la Secretaría de Comercio, a pesar del dramatismo con el que el anuncio ha sido recibido en Wall Street donde los tenedores de acciones se lanzaron a una venta masiva.

 

Trump parece regocijarse con la guerra comercial que desata, la cual intenta minimizar con absurdas afirmaciones de que estas son buenas y fáciles de ganar cuando en realidad todas han sido malas, muy perjudiciales e imposibles de ganar porque los daños son muy generales y abarcadores.

 

La decisión de Trump tiene otro aspecto grave y hasta cierto punto infame porque ha sido rodeada de una atmósfera mentirosa, falaz, populista, de que la imposición de aranceles permitirá una expansión de la industria del acero y el aluminio, cuando lo más probable es que afecte severamente sectores como el automotriz, el de electrodomésticos y el de la construcción por el incremento del costo de sus insumos.

 

Es obvio que un aumento de los aranceles no frenará la declinación industrial en Estados Unidos porque el origen del problema no radica en las importaciones sino en una estrategia errónea y de larga data que relegó tecnológicamente al sector frente a sus actuales competidores. La modernización no se logra de un día para otro.

 

Tampoco frenará su ralentización comercial. El déficit comercial de Estados Unidos aumentó a sus máximos en los últimos nueve años, y la brecha con China se amplió marcadamente, y continúa ampliándose un año después de que Trump asumió el poder.

 

El Departamento del Comercio admitió que el déficit comercial saltó un 5 por ciento, a 56.600 millones de dólares, en enero de este año, el mayor desde octubre de 2008 inicio de la gran crisis financiera. El déficit comercial con China, un dato políticamente sensible, aumentó un 16,7 por ciento a 36.000 millones de dólares, el mayor nivel desde septiembre del 2015. La brecha con Canadá escaló un 65 por ciento a un máximo de tres años de 3.600 millones de dólares. Son cifras oficiales reproducidas por todas partes.

 

A fines de enero, Trump impuso fuertes aranceles sobre los paneles solares importados y las grandes lavadoras de ropa, pero no logró absolutamente nada. La situación deficitaria no pudo ser revertida. Los aranceles al acero y el aluminio no parece que tampoco tengan buen futuro.

 

En cambio, sí son un explosivo factor para desatar una guerra comercial por la represalia natural y lógica de Europa y Asia donde los exportadores amenazan con poner fuertes aranceles a productos estadounidenses, incluidos los del propio sector metalúrgico, automovilístico y de electrodomésticos, entre otros muchos.

 

Proliferarán, además, las demandas en la Organización Mundial del Comercio (OMC) contra Estados Unidos, y en todos los continentes las fronteras serán blindadas con medidas de salvaguarda que se sentirán de manera muy fuerte en toda la estructura comercial estadounidense.

 

Los europeos, que exportan cada año a Estados Unidos acero por unos seis mil 200 millones de dólares, y aluminio por mil millones, buscarán fórmulas para contrarrestar daños estimados en cerca de tres mil millones de dólares si se aplican esos aranceles, y lo mismo hará China.

 

Ya en los medios especializados se habla de una lista de productos de Estados Unidos que serán gravados en Europa, y figuran entre ellos algunos tipos de whisky, crema de maní, arándanos, jugo de naranja, jeans, ciertos aceros, maquillaje, vehículos, motocicletas, yates, pilas, baterías, arroz, maíz, puros y cigarrillos, lo cual indica que la guerra comercial desbordará todos los sectores y no será tan fácil como asegura mentirosamente Trump.

 

El propio mandatario se contradice al confirmar que si Europa reacciona con medidas de represalia, Estados Unidos responderá con una escalada arancelaria y puso como ejemplo un gravamen del 25 por ciento sobre los autos europeos.

 

Habrá que ver qué hace con China, pues el gigante mundial de la industria ya advirtió que adoptará una respuesta necesaria en caso de una guerra comercial con Estados Unidos, como declaró el ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, quien advirtió que un enfrentamiento de este tipo solo dañaría a todas las partes.

 

“Especialmente dada la globalización de hoy, elegir una guerra comercial es una prescripción errónea. El resultado solo será perjudicial”, declaró Wang al reiterarle a la Casa Blanca que “China tendría que adoptar una respuesta justificada y necesaria”.

 

La guerra comercial no será limitada ni geográfica ni sectorialmente. Ya las naciones del Acuerdo Global y Progresivo para la Asociación Transpacífico, que incluye a Australia, Brunei, Canadá, Chile, Malasia, México, Japón, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam, un mercado de 498 millones de personas que representa un 13 por ciento de la economía global, ha encendido sus alarmas para enfrentar una guerra comercial de la manera más ventajosa posible.

 

Contradictoriamente, el gobierno de Trump redujo los impuestos a las empresas y a las personas más ricas del país lo cual tendrá influencia en el aumento de la demanda exacerbado por las exenciones tributarias de 1,5 billones de dólares. Esa masa de dinero probablemente producirá un alza de las importaciones, lo que impactará más en el déficit comercial.

 

La productividad se ralentizará más aun posiblemente a un ritmo inferior al 2,6 por ciento actual, un avance demasiado débil que podría complicar los esfuerzos de su administración por alcanzar su meta de crecimiento del PIB de 3 por ciento para este año.

 

Hay mucha gente alarmada, como sucedió cuando Orson Wells dramatizó para la radio la novela de HG Wells, La guerra de los mundos y aquellos que no escucharon la advertencia inicial de que era una fantasía, se aterrorizaron. Algunos incluso se suicidaron.

 

La gran diferencia con Trump es que, en el caso de los aranceles al acero y el aluminio, no hay ficción, sino una grave, consciente y mal intencionada distorsión de la realidad.

 

Esperemos que no ocurra lo mismo que en la gran depresión de 1929 cuando las morgues de Estados Unidos estuvieron muy activas y pocos se imaginaron que estaban en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial.

 

Foto: footage.framepool.com

 

https://www.alainet.org/es/articulo/191514
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