Librémonos de esta locura

 

No hay semana sin que la guerra comercial que Donald Trump inició, y que se está generalizando, ocupe los titulares de los diferentes medios informativos. Esta generalización está aguijoneando a los diferentes organismos económicos oficiales para intentar prever el impacto que ésta generaría. Hacer tales previsiones es imposible; cada una de las consecuencias en cadena que esta situación puede crear, en este mundo capitalista en crisis, puede actuar como una verdadera bomba de relojería.

No cabe duda que una de las razones por las cuales Trump desencadenó esa guerra comercial es política, con un objetivo a corto plazo: las elecciones del próximo mes de noviembre, llamadas elecciones de medio término, en las que se renueva la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Trump espera que su slogan “America first”  (Estados Unidos primero) sume una mayoría de votos a pesar y a sabiendas de que sus medidas arancelarias son ya efectivas, con lo cual, sea cual sea el voto poca cosa cambiaría.

Esta  guerra comercial no se está empleando únicamente contra China, pero también contra sus colindantes vecinos, Canadá y México, a pesar de estar vinculados, en teoría, por un acuerdo comercial prohibiendo cualquier tasa aduanera entre ellos. Sí inicialmente los aranceles impuestos por Estados Unidos a Europa se aplicaban al acero, estos pueden extenderse hoy a otras industrias como el automóvil o ya se extendieron a otros productos, como es el caso de las aceitunas negras españolas.

En pocas semanas esta guerra comercial pasó a ser uno de los problemas clave de la economía mundial. Son varios los organismos económicos oficiales en el mundo que entrevén la posibilidad de un retroceso considerable de la producción mundial. Según ellos, este retroceso sería comparable al consecutivo a la crisis de 2008-2009; periodo que vio en pocos meses la destrucción de empleos sumando, a escala mundial, decenas de millones.

Un repliegue de las economías detrás de sus fronteras nacionales sería desastroso para la economía mundial. Hoy, como nunca lo ha sido en la historia del capitalismo, las economías son completamente interdependientes. El conjunto de la producción mundial – y en todos sus aspectos – ve sus diferentes elementos pasearse y cruzar cinco, diez o veinte veces las fronteras antes de estar a la venta. En su conjunto, la interdependencia de la economía mundial, actualmente, está a años luz con respecto a la que existía en la época de la crisis de 1929.

Si se ha necesitado 25 años para curar los estragos de esa crisis mediante dictaduras y una guerra mundial, hoy las consecuencias de un repliegue nacional serían mucho más catastróficas, incluso para los propios capitalistas estadounidenses. De los 34 000 millones de productos chinos, – según el propio gobierno chino – sometidos a los aranceles impuestos por Estados Unidos, 20 000 millones están fabricados por empresas con capital extranjero y entre las cuales se encuentran, en primera fila, las empresas estadounidenses.

Con la agravación de la crisis, la carrera por los beneficios se hace más áspera. Por una parte asistimos a una guerra abierta y feroz contra el mundo del trabajo, y por la otra, a una competencia creciente entre los diferentes capitalistas. Además, las decisiones de Trump y de los otros jefes de Estado, pueden provocar una crisis financiera en esta economía convertida en casino por la masa de capitales especulativos puesta en circulación.

Está claro, Estados Unidos, como primera potencia mundial, quiere hacer valer sus prerrogativas y los beneficios de sus propios capitalistas en detrimento de sus competidores. ¿Corriendo el riesgo de un desplome económico general? Sin duda alguna. Si los capitalistas fuesen “razonables” e impulsados por otro afán que no sea la carrera a los beneficios inmediatos, el cada uno por su cuenta o el después de mí el diluvio, no serían capitalistas. Es urgente librar el mundo de esta locura.         

 

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