La OTAN se prepara para «desembarcar» en Oriente Medio

Según este mapa, extraído del Powerpoint presentado en 2003 por ‎T. P. M. Barnett en una conferencia impartida en el Pentágono, habría que destruir ‎todas las estructuras de los Estados en los países situados en el área rosa‎.

 

El presidente Donald Trump dedicará el último año de su actual mandato a traer los boys ‎de regreso a casa. Todas las tropas estadounidenses desplegadas en el Gran Medio Oriente (o ‎Medio Oriente ampliado) y en África se retirarían por orden del presidente. Pero esa retirada de ‎los militares estadounidenses no significa el fin de la influencia de Estados Unidos en esas ‎regiones del mundo. ‎

La estrategia del Pentágono

‎Desde el año 2001, Estados Unidos adoptó en secreto la estrategia que habían enunciado ‎Donald Rumsfeld y el almirante Arthur Cebrowski –estrategia que fue incluso una de las razones ‎de los hechos del 11 de septiembre. Sólo 2 días después de los atentados del 11 de septiembre, ‎el coronel Ralf Peters mencionaba esa estrategia en la publicación de las fuerzas terrestres de ‎Estados Unidos [1] y 5 años después fue ‎confirmada con la publicación del mapa, trazado por el estado mayor ‎estadounidense, que mostraba los contornos del nuevo Medio Oriente [2]. ‎

Thomas Barnett, asistente del almirante Cebrowski, se ocupó de describir detalladamente esa ‎estrategia en un libro titulado The Pentagon’s New Map (“El nuevo mapa del Pentágono”) [3].‎

Inicialmente, había que adaptar las misiones de los ejércitos estadounidenses a una nueva forma ‎de capitalismo donde la finanza prevalece ante la economía.

Habrá que dividir el mundo en ‎dos sectores separados. De un lado estarían los Estados estables integrados a la globalización, ‎incluyendo Rusia y China; del otro lado quedaría una amplia zona destinada sólo a la explotación ‎de sus materias primas.

Por eso lo más conveniente es debilitar al máximo las estructuras de ‎los Estados en los países que quedan dentro de esa “reserva de recursos” –lo ideal sería destruir completamente ‎los Estados de esos países– para impedir que sus poblaciones puedan organizarse y alcanzar algún ‎tipo de desarrollo.

Ese «caos constructor», según la fórmula utilizada por Condoleeza Rice ‎cuando era miembro de la administración Bush, no debe confundirse con el concepto rabínico ‎homónimo… aunque los partidarios de la teopolítica han hecho todo lo posible para alimentar esa ‎confusión.

No se trata de destruir un orden “malo” para construir uno mejor sino de destruir ‎toda forma de organización humana para hacer imposible cualquier forma de resistencia de los ‎pobladores y permitir que las transnacionales puedan explotar los territorios de esa segunda zona ‎sin encontrar ningún tipo de obstáculo de orden político.

Por consiguiente, se trata de un ‎proyecto colonial en el sentido anglosajón del término, que no debe confundirse con el tipo de ‎colonización que implica el envío de colonos y su implantación en las tierras colonizadas. ‎

Al iniciar la aplicación de esta estrategia, el presidente estadounidense George Bush hijo habló de ‎‎«guerra sin fin». En efecto, ya no se trata de ganar guerras y de derrotar adversarios sino ‎de manejar los conflictos para hacerlos durar el mayor tiempo posible –Bush habló específicamente de ‎‎«un siglo». ‎

Esa es la estrategia que ha venido aplicándose en el «Gran Medio Oriente», que abarca todo el ‎territorio que va desde Pakistán hasta Marruecos, todo el «teatro de operaciones» del CentCom ‎estadounidense, y el norte del territorio que el Pentágono atribuye al AfriCom. ‎

En el pasado, los soldados estadounidenses garantizaban el acceso de Estados Unidos al ‎petróleo del Golfo Pérsico –siguiendo la «doctrina Carter». Hoy en día están desplegados en ‎una zona 4 veces más amplia y su objetivo es acabar con cualquier forma de orden. Así fueron ‎destruidos los Estados de Afganistán (a partir del 2001), de Irak (a partir de 2003), de Libia ‎‎(a partir de 2011), se trató de destruir el Estado sirio (a partir de 2012), y se destruyó ‎el Estado en Yemen (a partir de 2015), de manera que esos países ya no son capaces de ‎proteger a sus ciudadanos. ‎

En resumen, a pesar del discurso oficial, el verdadero objetivo nunca fue derrocar «regímenes» ‎sino destruir Estados e impedir su resurgimiento. Por ejemplo, la caída de los talibanes –‎hace 19 años– no mejoró la situación de los afganos, que más bien ha seguido empeorando ‎desde entonces. El único contraejemplo podría ser el caso de Siria, país que, conforme a su ‎tradición histórica, ha logrado preservar su Estado a pesar de la guerra y que, aun con su ‎economía prácticamente en la ruina, ha logrado capear el temporal. ‎

De paso, hay que señalar que el Pentágono nunca consideró Israel como un Estado del Medio ‎Oriente sino como un Estado europeo, lo cual quiere decir que Israel no debe verse perjudicado ‎por la estrategia que acabamos de describir. ‎

En 2001, el coronel estadounidense Ralf Peters aseguraba entusiasmado que la limpieza étnica ‎‎«¡funciona!» (sic) pero que las leyes de la guerra prohibían a Estados Unidos poner en práctica ‎ese recurso… al menos directamente. Eso explica la transformación de al-Qaeda y la creación del ‎Emirato Islámico (Daesh), que hicieron lo que el Pentágono quería lograr pero sin poder hacerlo por ‎sí mismo ni públicamente. ‎

Para entender bien la estrategia Rumsfeld/Cebrowski, hay que diferenciarla de la operación de las ‎llamadas «primaveras árabes», concebida por los británicos según el modelo de la ‎‎«Gran Revuelta Árabe». El objetivo de las «primaveras árabes» era poner en el poder a la Hermandad ‎Musulmana, exactamente como Lawrence de Arabia puso en ‎el poder a los wahabitas en 1915. ‎

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