El habla del silencio, cuarto centenario de la expulsión de los moriscos

En 1609 el primer gran genocidio en Europa, el despiadado régimen clerical de Felipe III deportó a los moriscos, cristianizados a la fuerza en generaciones anteriores
 

En estos pagos en que cualquier mequetrefe es capaz de comparar por cualquier nimiedad a cualquiera con Hitler y compañía… ¡qué llamativo, que escandaloso, resulta el silencio que puede «oírse» estos días! Al menos para quienes somos capaces de sentir el daño intelectual que nos deja la ausencia de lo que debería oírse.

Y es que en 1609 ―ahora mismo se están cumpliendo cuatrocientos años, por tanto― comenzó la primera y decisiva fase del primer gran genocidio acaecido en la Europa occidental moderna. El despiadado régimen clerical de Felipe III deportó por la fuerza a todo un pueblo, los moriscos, cristianizados a la fuerza en generaciones anteriores, habiendo sufrido anteriormente prohibiciones (uso de la lengua, vestido y costumbres) e injusticias de toda suerte, expolio económico y represión social. Después de robarles el patrimonio, transportarlos y embarcarlos como animales, los abandonaron en lugares carentes de modo alguno de ganarse la vida, la mayoría de las veces en el norte de África. Lo mismo niños que viejos, mujeres que hombres. Unos 120.000 de Valencia, 60.000 de Aragón, 45.000 de Castilla y Extremadura, 30.000 de Andalucía, 15.000 de Murcia…

Hasta la llegada de los grandes genocidios del siglo xx (el del Congo, el armenio, el de los nazis, el del estalinismo, el de Indonesia, el de Kampuchea), una de las más espantosas barbaridades cometidas en nuestro mundo fue, sin duda, la que sufrieron los moriscos. Dejó muy corta la que se había cometido ciento diecisiete años antes con los judíos de Castilla. A pesar de que la historiografía española la suele llamar expulsión, fue una pura y vulgar deportación, precedente de las muchas que vendrían después. Muchos moriscos murieron en las revueltas contra su deportación, en los trances del camino o en los apuros del exilio, para regocijo de los genocidas e indiferencia de los observadores. Y la Península Ibérica quedó así «étnicamente limpia» (no tanto como debía, pueden pensar algunos hoy).

Pues el cuarto centenario de esta memorable injusticia ha empezado con un llamativo silencio. Hay anunciados tres o cuatro actos, casi totalmente académicos, de la mano de instituciones o colectivos que tratan cuestiones de patrimonio andalusí, cultura árabe o relaciones con el mundo islámico… Y, más allá de eso, ¡ni una palabra! En el entorno de la Alianza de Civilizaciones de Zapatero, a semejanza de lo que se hiciera en su momento con los judíos sefardíes, las intenciones de reconocer (de nuevo) la nacionalidad española a los descendientes de los moriscos parece habérselas llevado el viento. Al parecer, el tema se ha convertido en tabú.

¿Cómo hay que interpretar este silencio? Como estoy seguro de que al menos olvido no es, y pensando que puede ser iluminador echar una mirada al pasado, me viene a la memoria lo que sucedió hace unos cien años: el «regeneracionismo», o lo que fuera, la vergonzosa apología de Cánovas, Menéndez y Pelayo, Boronat y compañía se impuso a la visión algo crítica de la deportación de los moriscos. Acaso puedan tener ahora los apologistas de ese crimen contra la humanidad algo más de reparo, porque podría estar cerca de constituir delito, y de ahí puede venir su silencio. Lo que en modo alguno entiendo es la inhibición de los críticos. ¿Es que han desaparecido totalmente?

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