“En el Estado español la izquierda revolucionaria tiene que romper con la mezquindad y el rutinarismo”

Entrevistamos a Santiago Lupe, referente de la CRT y director de Izquierda Diario, sobre el llamamiento publicado por la CRT frente al fracaso del neorreformismo y la necesidad de dar pasos para construir una izquierda anticapitalista y revolucionaria en el Estado español

 

Hace unos días la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) ha hecho público un llamamiento a abrir el debate sobre la construcción de una izquierda anticapitalista y revolucionaria en el Estado español ¿Podrías explicar para las y los lectores de Izquierda Diario en qué se fundamenta vuestra propuesta?

 

La propuesta que hacemos desde la CRT tiene un fundamento objetivo en dos sentidos. Por un lado, consideramos que la crisis orgánica que se abrió en el Régimen del 78 del 15M en adelante permanece abierta. Cuando hablamos de “crisis orgánica” nos referimos a una crisis de conjunto –económica, política y social- producida por la crisis del neoliberalismo a nivel mundial y que crujir la forma que esta “gran empresa” de la clase dominante había adquirido en el Estado español, el Régimen del 78. Utilizamos esta categoría del revolucionario italiano Antonio Gramsci por ser la que más se ajusta a la situación, ya que a pesar de estar en medio de una crisis generalizada la lucha de clases no es todavía lo que prima como tendencia generalizada, aunque la crisis orgánica plantea esta perspectiva.

 

La profunda crisis de representación ha dejado un cuatripartidismo todavía inestable, el modelo autonómico quedó cuestionado con la emergencia de la cuestión catalana y la profunda crisis social ha dejado a millones de trabajadores, en especial los más jóvenes, completamente divorciados del régimen nacido de la Transición. A su vez, estamos en medio de un intento de restauración conservadora del Régimen que impulsan el PP, el PSO, Cs y la Corona, partiendo de la escalada represiva en Catalunya.

 

Por otro lado, esta crisis ha dado grandes procesos de movilización, como el ciclo que se abrió con los indignados, pasando por las huelgas general, luchas duras en el movimiento obrero y las Marchas de la Dignidad, hasta el ascenso electoral de Podemos, o más recientemente el movimiento catalán. Sin embargo, el rol de las mediaciones políticas y sindicales han servido para llevarlas a callejones sin salida y desvíos electorales. Entre estas mediaciones no solo está la burocracia sindical, clave para mantener al movimiento obrero fuera de escena y perpetuar la división de las filas de la clase trabajadora, o la dirección procesista en el caso catalán, sino también el nuevo reformismo que encarna Podemos, IU y los “comunes”, e incluso la izquierda independentista de la CUP.

 

En este marco la izquierda que se reivindica anticapitalista durante el último período y especialmente en la crisis catalana mostró debilidad para plantear una alternativa política. Por ello consideramos que para las organizaciones que planteamos una salida revolucionaria y de independencia de clase es urgente, junto con los sectores de la juventud, el movimiento obrero, de las mujeres o del movimiento democrático catalán, que en base a su experiencia hayan llegado a la conclusión de que hay que construir otra izquierda, abrir el debate y buscar las vías para poner en pie una izquierda revolucionaria en el Estado español.

 

El llamamiento hace referencia a la “bancarrota” del neorreformismo, cuyo máximo exponente es Unidos Podemos. Sin embargo, estamos hablando de una fuerza que cuenta con 71 diputados, decenas de cargos municipales y autonómicos y gobierna las principales capitales. Mucha gente puede preguntarse, ¿de qué bancarrota están hablando?

 

Hablamos de bancarrota midiéndolo, no ya desde nuestra estrategia que obviamente no es la suya -nosotros luchamos por una revolución obrera y socialista-, sino desde sus propios objetivos. Podemos, IU y los comunes se basaron en la ilusión de que por la vía electoral se podrían ocupar espacios institucionales desde donde impugnar el Régimen del 78 -aquello de “acabar con los candados”-, abrir un proceso constituyente y aplicar una serie de reformas sociales para atenuar los graves problemas de paro, vivienda o pobreza.

 

En los últimos dos años hemos visto como los objetivos democráticos se han ido relegando en favor de intentar “convencer” al PSOE para que acuerden con ellos. Hoy estas fuerzas ya no hablan de proceso constituyente, sino a lo sumo de reforma constitucional respetando los mecanismos del 78 que la hacen casi irreformable en lo esencial. Han dejado de cuestionar la Corona y en la cuestión catalana han pasado de una defensa testimonial del derecho a decidir a enarbolar un constitucionalismo que defiende que todo referéndum debe estar encorsetado en los mecanismos del Régimen que niega por activa y por pasiva el derecho de autodeterminación.

 

Su programa social ha sufrido los mismos “recortes”, y en este caso llevados a la práctica en los llamados “ayuntamientos del cambio”. Madrid, Barcelona, Zaragoza o Cádiz son la constatación de que al negarse a tomar medidas que enfrenten los intereses de los grandes capitalistas, hasta los programas de tibias reformas quedan en papel mojado, ya no digo la resolución real de los grandes problemas sociales. No se han tomado medidas contra la precariedad, ni siquiera en el empleo municipal, ni se ha remunicipalizado nada, ni se ha enfrentado a la banca que sigue acumulando viviendas vacías y desahuciando familias. Incluso en un tema vital como la deuda, se ha pasado de la promesa de “auditarla” a ser los campeones de pagarla, así como aceptar los techos de gasto de Montoro.

 

En el llamamiento se presenta el proceso catalán como una suerte de “prueba” que no ha sido superada por esta izquierda…

 

Si, porque el movimiento catalán ha sido el principal desafío al Estado y el Régimen herederos de la Dictadura. Una gran oportunidad para transformar esa gran pelea democrática en un ariete para tumbar el Régimen del 78 y poder imponer procesos constituyentes desde una gran movilización social, con la clase trabajadora al frente, tanto en Catalunya como en el resto del Estado. Sin embargo, esto no sólo no ha estado en la “hoja de ruta” de los partidos históricos de la burguesía y la pequeña burguesía catalanas, sino que tampoco lo estuvo en la política de Podemos, ni siquiera de la CUP, que sigue subordinada al procesismo.

 

Podemos adoptó una posición que negaba de entrada que el derecho a decidir se pudiera conquistar con la movilización, debía pactarse con el mismo Estado que lo niega y persigue. Consecuentemente no llamó a ninguna movilización de apoyo y solidaridad en el resto del Estado, en vez de favorecer que el movimiento catalán reactivara un movimiento contra el Régimen del 78 dejó vía libre a que el españolismo se extendiera entre muchos sectores populares.

 

En el caso de Podemos su posición ha sido bastante cuestionada desde la izquierda revolucionaria, pero sin embargo para muchos la CUP es una formación anticapitalista, casi un “ejemplo a seguir”. ¿En qué se basa vuestro balance tan crítico con su política de estos últimos años?

 

La CUP practicó una política inversa a la de Podemos, pero igual de impotente, ya no para transformar el movimiento en una crisis revolucionaria, sino incluso para conquistar una república capitalista como prometía Puigdemont y aceptaba en los hechos la CUP. Su alianza con la dirección procesista contribuyó a la “ilusión” de que la República se podría realizar sin una ruptura desde la lucha de clases. Renunciar a esta vía era condición sine qua non para mantener la unidad con la dirección burguesa y pequeñoburguesa del PDeCAT y ERC. En la misma línea abandonaron la pelea por el contenido de la República, es decir, si se planteaba construir una república democrático burguesa o una república de los trabajadores.

 

Este aspecto es el más grave de la estrategia de conciliación de clases de la CUP. Porque al no estar claramente ligada la conquista de la República a un programa que atacara los intereses de las grandes familias y empresas catalanas para resolver el paro, la precariedad o el desmantelamiento de los servicios públicos, algo que hubiera puesto en peligro la “unidad nacional”, amplios sectores de la clase trabajadora catalana no se han sumado al movimiento. Y al mismo tiempo ha hecho aún más difícil que sectores de la clase obrera y sectores populares del resto del Estado pudieran identificar que en esta lucha democrática también se podía jugar el cómo acabar con un enemigo común, la democracia del IBEX35.

 

El texto es muy crítico con “Anticapitalistas”, la corriente interna de Podemos que encabeza Teresa Rodríguez Resulta evidente que el llamamiento no está dirigido a ellos…

 

El problema es que “Anticapitalistas” ha dado un auténtico salto en su liquidación, no solo organizativa, sino en cuanto a levantar una estrategia, un programa y llevar adelante una práctica política acorde al menos con su nombre. En Cádiz están a la cabeza del Ayuntamiento y su práctica es la misma que Carmena, Colau o Santiesteve: aceptación sin discusión del marco legal vigente y respeto a los intereses capitalistas que siguen haciendo imposible combatir el paro, la precariedad o la falta de vivienda en una de las capitales más golpeadas por la crisis.

 

Dentro de Podemos han optado por actuar de consejeros de izquierda, con algo más de crítica cuando se han abierto procesos congresuales para volver al perfil bajo inmediatamente. Los giros a la derecha de la dirección de Podemos ni siquiera han sido contestados y resistidos con campañas propias, simplemente se han acatado por pasiva, aunque formalmente no los compartan. Por ejemplo, ¿qué hizo “Anticapitalistas” durante todo el 2016 en que Podemos estuvo tratando de lograr un acuerdo de gobierno con el PSOE? No pasaron de alguna declaración en favor de una negociación más exigente.

 

Más recientemente con la cuestión catalana fuimos testigos de algo lamentable. “Anticapitalistas” sacó una declaración reconociendo la república catalana y acto seguido Teresa Rodríguez y Kichi salieron a desmarcarse y asumir la posición oficial que equiparaba este acto democrático con el golpe del 155. ¿Cuál fue la reacción de los “anticapi”? Silencio y no mover ni un dedo, ni en la calle ni desde las posiciones institucionales que ocupan, en defensa de la república catalana.

 

El llamamiento si hace referencia de manera destacada a distintos grupos que se reivindican trotskistas. Para mucha gente no hay motivos para que existan diferentes grupos que se reivindican de una misma tradición ¿Se está haciendo un llamamiento a la unificación con estas organizaciones?

 

En el llamamiento claramente interpelamos a distintos grupos, como Corriente Roja, Izquierda Revolucionaria o IZAR, que se reivindican de la tradición trotskista. Pero no estamos haciendo un llamamiento a la unificación. Ante todo, porque entre nosotros hay importantes diferencias de programa, estratégicas y teóricas que justifican que existamos como organizaciones independientes. Por ejemplo, con Izquierda Revolucionaria no compartimos su evaluación y política ante fenómenos como el chavismo, que hoy se desnudan más abiertamente como proyectos de un nacionalismo burgués senil y no como ningún “socialismo del siglo XXI”, o su visión de que la construcción de una “izquierda revolucionaria” pasa por practicar el “entrismo” permanente en los partidos reformistas como IU o Podemos, sobre los cuales tienen para nosotros una caracterización oportunista.

 

En el caso de Corriente Roja, por poner otro ejemplo, mantenemos profundas diferencias con su teoría de la “revolución democrática”, la cual los llevó a saludar el golpe militar en Egipto, a ubicarse en Siria con los “rebeldes” que actúan de tropa de las principales potencias imperialistas o en Brasil a apoyar primero el golpe institucional contra Dilma y recientemente el antidemocrático juicio político a Lula, algo más o menos parecido a lo que ahora hace el PP con Puigdemont. Aunque contradictoriamente, en la crisis catalana, mantuvieron durante un período una política muy similar a la de la CUP de “presionar” sobre el Govern para que este “realizara” la República.

 

Es decir, las diferencias son importantes y para nosotros estas discusiones son claves. Por ello lo que hacemos es un llamamiento al debate franco. Porque es justamente sobre las lecciones estratégicas y conclusiones comunes que podamos ir extrayendo de los principales hitos de la lucha de clases, tanto nacionales como internacionales, que creemos que se podrían dar pasos en una confluencia.

 

Pero no creemos que haya que esperar pasivamente a que esto suceda, sino que quienes nos reivindicamos anticapitalistas y revolucionarios tenemos la responsabilidad de abordar el debate sobre una nueva hipótesis política para la izquierda. ¿Como empezar? En primer lugar, asumiendo que hay diferencias y que estas se pueden y deben discutir públicamente, algo que parece un tabú o una deslealtad para muchos en la izquierda del Estado español donde suele primar la “diplomacia”, pero que no es ni más ni menos que la tradición del marxismo revolucionario, empezando por el Partido Bolchevique de Lenin, que se fue forjando al calor de los grandes debates y luchas fraccionales del marxismo ruso y europeo. Pero, al mismo tiempo, explorando qué acuerdos hay y qué iniciativas podemos impulsar en común, desde campañas políticas, intervención en la lucha de clases, e incluso un posible frente político o electoral sobre un programa común.

 

Además de estas organizaciones, ¿a qué otros sectores o grupos provenientes de otras tradiciones se dirige el llamamiento?

 

Hay que partir del hecho de que las tendencias a la militancia política en el Estado español son todavía débiles, de hecho, partimos de reconocer la misma debilidad de la izquierda anticapitalista. Obviamente Podemos e Izquierda Unida contribuyeron mucho a esta “pasivización” política. Sin embargo, sí que hay un amplio fenómeno de militancia social y sindical, en distintos movimientos, los sindicatos o los centros de estudio. Por ello nuestro llamamiento se dirige también a aquellos jóvenes, trabajadores, activistas del movimiento de mujeres, del movimiento democrático catalán o de la izquierda sindical que también están sacando conclusiones sobre los profundos límites de los proyectos hegemónicos en la izquierda del Estado español y están buscando una nueva perspectiva política. Por lo tanto, no se cierra solo a aquellos grupos que nos reivindicamos trotskistas. Puede haber también individuos o incluso agrupamientos que provengan de otras tradiciones o que las estén revisando críticamente con quienes podamos profundizar el debate y esperamos que sea así.

 

Con el único sector que nos delimitamos tajantemene es con aquellos grupos que se reivindican abiertamente estalinistas. Estas organizaciones aspiran a regenerar (o al menos reproducir como farsa) el que fue el mayor obstáculo para el triunfo de la revolución socialista en el siglo XX, el estalinismo, que está en la base de la monstruosa degeneración burocrática del estado obrero ruso. Consecuentemente, este tipo de grupos levantan distintas variantes de estrategia de revolución por etapas, políticas de conciliación de clases con sectores de la burguesía democrática y una vuelta al “estado nación” en clave soberanista. Es decir, distintas formulaciones para una política anti revolucionaria.

 

En 2016 fuisteis parte, junto con IZAR y otros grupos, del lanzamiento del frente “No Hay Tiempo Que Perder” ¿qué similitud tiene esta iniciativa con aquella?, y especialmente, ¿qué balance hace la CRT de aquella experiencia?

 

Para nosotros NHTQP fue una buena experiencia en el mismo sentido que va este llamamiento, en el de abrir el debate en la izquierda y tratar de conformar un frente político detrás de un programa de independencia de clase y anticapitalista y para la intervención en la lucha de clases.

 

Desde 2015 lo impulsamos la CRT -entonces Clase contra Clase-, IZAR y otros grupos más pequeños. Como decimos en el llamamiento, para nosotros fue una muy importante iniciativa, aún a pequeña escala, de avanzar en una experiencia político práctica y de debate programático y estratégico. Sin embargo, no logró desarrollarse en el sentido de ser polo de atracción de sectores que fueran haciendo su experiencia con Podemos. Tuvimos algunas intervenciones importantes como bloque, como en el 1º de mayo de 2016 o en la última manifestación de las Marchas de la Dignidad en Madrid. Pero como no podía ser de otra manera, también hubo desacuerdos tácticos -por ejemplo, sobre la participación en las elecciones de 2016-, para nosotros secundarios. Desde la CRT propusimos relanzar el frente en torno a algunas propuestas concretas, como abrir el debate público programático sobre temas como cuál debía ser la relación entre las reivindicaciones democráticas, como el proceso constituyente, y el programa revolucionario, realizar un gran acto en Madrid en el aniversario de la revolución rusa y estudiar algunas intervenciones y campañas políticas comunes. Pero no fueron compartidas y se llegó a una situación de parálisis.

 

Pero para ser una experiencia novedosa y de muy poco tiempo creemos que el balance general no sólo es positivo, sino un punto de apoyo para seguir avanzando. Sobre todo, porque el marco en el que impulsamos NHTQP creemos que se ha desarrollado todavía más. Hay más fundamentos para impulsar un agrupamiento así. La bancarrota del neorreformismo es mayor y más evidente, y el Régimen no solo está en crisis, sino que trata de recomponerse por la vía reaccionaria. Por ello esperamos que los compañeros y compañeras de IZAR, con quienes la impulsamos y seguimos compartiendo espacios comunes de intervención como las Marchas de la Dignidad, estén abiertos a discutirlo.

 

El Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) de Argentina aparece en el llamamiento como gran punto de referencia. ¿Puedes explicar por qué para quienes en el Estado español aún no conocen esta experiencia?

 

Así es, el FIT es una experiencia internacional que demuestra que es posible construir otra izquierda muy diferente a la que representa Syriza o Podemos. Mientras en Europa el neorreformismo se establecía como hegemónico en la izquierda, en Argentina este frente, encabezado por nuestra organización hermana allí, el Partido de Trabajadores por el Socialismo (PTS), junto a otras organizaciones trotskistas como el Partido Obrero o Izquierda Socialista, se conformaba como un polo de independencia de clase, dotado de un programa transicional anticapitalista y que lucha por la perspectiva de un gobierno de trabajadores.

 

El FIT no solamente ha logrado más de un millón de votos y más de 40 diputados entre nacionales y provinciales, sino que también demuestra que se puede hacer un uso de las posiciones “institucionales” no para gestionar el capitalismo, si no para fortalecer la lucha de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

 

La labor de diputados como nuestros compañeros Nicolás del Caño o Myriam Bregman, del PTS, estando en primera línea de conflictos contra los cierres de fábrica, denunciando a la burocracia sindical, enfrentando el ajuste de Macri en las calles... y a la vez llevando esas demandas al Parlamento, pone en evidencia todo lo que la izquierda reformista se niega sistemáticamente a hacer. Qué diferente sería si los 71 diputados de Unidos Podemos en vez de estar rogándole al PSOE un pacto de gobierno, se dedicasen a reforzar y promover la lucha de clases en las fábricas, las empresas, los centros de estudio y la calle. No tenemos ninguna esperanza en que eso ocurra porque esta no es su estrategia, al contrario: se proponen como los médicos de cabecera del capital. Por eso hace falta construir otra izquierda radicalmente distinta en el Estado español.

 

¿Como se enmarca el llamamiento en el escenario internacional posterior a la crisis del 2008?

 

El marco internacional para nosotros reactualiza las características esenciales de nuestra época. La crisis capitalista de 2008 está lejos de haberse superado para abrir un nuevo ciclo de crecimiento. Muchos analistas burgueses reconocen esto parcialmente con la tesis del “estancamiento secular”, y las posibilidades de recaídas y nuevos episodios catastróficos están inscriptas en la situación, como estamos viendo en los últimos días con la caída de las bolsas. La propia recuperación económica española, además de sus propias debilidades y de estar basada en un incremento sustancial de la explotación, está cuestionada por este escenario incierto.

 

A su vez esto ha generado un incremento de las tensiones geopolíticas e interimperialistas. La más cercana es la de la UE, con el Brexit como punto más crítico, pero también incluso con conflictos regionales como el de Ucrania o Siria, que sigue candente. La asunción de Trump en EEUU es a la vez un síntoma y un estimulante de mayores tensiones y enfrentamientos.

 

También hemos visto como se producen fenómenos de polarización, se hunden los partidos tradicionales en Europa, surgen procesos revolucionarios como los de las primaveras árabes, o fenómenos aberrantes como el ascenso de la extrema derecha en Europa.

 

El capitalismo ha entrado en un periodo en el que su equilibrio ha quedado tocado y tratará de recuperarlo como lo ha hecho siempre, con procesos cargados de barbarie como los que vimos en el siglo XX. Como entonces, esta dinámica también puede ser partera de revoluciones. La izquierda reformista y las direcciones pequeñoburguesas ya han demostrado que solo pueden conducir a derrotas y desmoralización. Lo vimos en la “primavera árabe” y más recientemente en Grecia con Syriza, que hoy aplica el memorándum de la Troika. En ese marco, la tarea estratégica de construir partidos revolucionarios y un gran partido de la revolución mundial, que para nosotros es la IV Internacional, se plantea con toda su actualidad y urgencia en el siglo XXI para que los oprimidos y explotados podamos triunfar y realmente poder cambiar el mundo de base.

 

Para la CRT esta tarea preparatoria es una cuestión de vida y muerte, y no concebimos el no adoptar políticas que puedan servir para dar pasos en esta dirección. En esto se enmarca el llamamiento que acabamos de publicar. En el Estado español la izquierda revolucionaria tiene que romper con la mezquindad y el rutinarismo y, al menos, abrir el debate sobre cómo podemos avanzar en construir una izquierda clasista, anticapitalista y revolucionaria.

 

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