Por un Proceso Constituyente (33)

 

Viñeta: Daniel Murphy

 

"La involución democrática, el sistema oligárquico de gestión de la actividad pública, el autoritarismo constitutivo de un Estado heredero del franquismo, la desproporcionada influencia de las élites, el control de los medios de comunicación por las grandes corporaciones económicas, la parcialidad ideológica del poder arbitral del Estado encarnado en la monarquía, el abandono de las mayorías sociales ha supuesto la quiebra de un Estado complejo y frágil. Para contar con alguna argamasa que pudiera sostener un muro de contención ante este deterioro social y político se ha procedido a la reinvención del viejo y carpetovetónico nacionalismo español de charanga y pandereta, del viva la muerte y muera la inteligencia, de los buenos y los malos españoles, donde hay límites rotundos a lo posible y a lo opinable, nacionalismo de inexistentes imperios y onerosos caudillajes"

Juan Antonio Molina

 

Todos estos desaguisados no se arreglan de un día para otro, pero tampoco se arreglan parcheando por aquí y por allá, que es lo que pretenden hacer las formaciones políticas mayoritarias. La necesidad del Proceso Constituyente fue definida entonces muy bien por Raúl Zibechi, quien afirmó textualmente: "Estamos en un problema: llegar para gobernar lo que hay, no sirve si antes no se destruye lo que hay, si antes no se hace entrar en crisis lo que hay". El Proceso Constituyente no es por tanto sólo la lucha por la República, sino la lucha por transformar completa y absolutamente nuestra sociedad, para ponerla al servicio de las personas. El Proceso Constituyente representa la imperiosa necesidad de acabar con el régimen del 78, con ese régimen "del palo, la tijera y la mordaza", como afirmaban los CDR catalanes en su Manifiesto del pasado 14 de abril. El Proceso Constituyente es la base de partida para poder alcanzar un Estado Federal y una sociedad completamente democrática, sobre los pilares del republicanismo, de la justicia social y de los derechos humanos. Ya no tenemos señores y siervos, ya no tenemos dueños y esclavos, pero tenemos una Monarquía heredera de un régimen fascista, y unos poderes públicos que explotan, recortan, precarizan, desahucian y empobrecen al pueblo a marchas forzadas. El Proceso Constituyente es el mecanismo para recuperar el pan, el trabajo, el techo, la memoria y la dignidad perdidas. Un Proceso Constituyente de base, popular y vinculante, que levante los pilares económicos, políticos, sociales, culturales y medioambientales que nos permitan diseñar y proyectar un nuevo modelo de país. 

 

Un Proceso Constituyente para decidir qué modelo laboral queremos, qué servicios públicos queremos, qué escuelas públicas queremos, qué modelo de Universidad queremos, qué modelo energético queremos, qué derechos queremos blindar, cómo queremos que nadie se quede sin ingresos, cómo queremos que nadie se quede sin vivienda, donde reforcemos nuestra sanidad, nuestros servicios sociales, nuestra ayuda a la dependencia, nuestro reforzamiento de las pensiones, nuestro modelo de Ejército, nuestro modelo de relación con Europa, si deseamos o no continuar con la moneda única, si deseamos o no continuar en la OTAN, si deseamos o no seguir siendo súbditos de un Rey, qué modelo de democracia queremos, qué modelo de inmigración queremos, cómo queremos darle salidas dignas a los jóvenes, cómo queremos atender a nuestros ancianos y ancianas, y así hasta recorrer todos los aspectos que regulan el funcionamiento de nuestra sociedad. El Proceso Constituyente debe abordarlo todo, debe poder decidirlo todo, debe ponerlo todo sobre la mesa, sin limitaciones, sin tabús, sin represión ni ocultación, sobre una base democrática. Todas las mesas del Proceso Constituyente deben ser públicas, cualquiera puede intervenir en los debates, y todas las decisiones abordadas democráticamente se elevarán al conjunto del pueblo que deberá refrendarlas antes de plasmarlas en la nueva Constitución surgida del mismo proceso. Una Constitución que reflejará un nuevo país, una España Federal y Republicana, una sociedad democrática, laica, participativa y solidaria. Una sociedad que funcione con otros valores, que recupere la función social de la propiedad, que respete los bienes comunes, y que termine de una vez por todas con la España negra de pandereta que se implantó a sangre y fuego en el Golpe de Estado fascista de 1936.

 

En aquél terrible año las clases obreras, populares y trabajadoras comenzaron a sufrir una masacre no sólo física, sino ideológica, de la cual todavía no se han recuperado, a tenor de las fuerzas políticas que son mayoritariamente elegidas en las urnas cada cuatro años aproximadamente. Como nos cuenta Alejandro Martínez en este artículo para el medio digital Rebelion.org, que tomamos como referencia a continuación, nos arrebataron la idea de España, abortando un proyecto para nuestro país de dignidad, de igualdad y de justicia social. Se hicieron los dueños del país, se hicieron amigos del capital, y así llevamos más de 80 años. Durante los años de la Transición perdimos nuevamente la oportunidad de establecer un sistema que surgiera de la ruptura democrática con el anterior, y poder así recuperar un proyecto colectivo y solidario en beneficio de las clases populares. Hoy día, con la crisis terminal del régimen del 78, que muestra su cara más fascista y reaccionaria, volvemos a tener otra oportunidad de llevar a cabo nuestro sueño, nuestro modelo de sociedad. Pero las mentalidades, muchas de ellas, continúan ancladas al pasado. Por miedo, por ignorancia, por desidia o por falta de madurez política, nuestra sociedad continúa otorgando su confianza a fuerzas políticas que representan lo más oscuro del actual mundo globalizado: el capitalismo, la intolerancia, el racismo, la desigualdad, la barbarie en una palabra. Frente a todo ello, el Proceso Constituyente debe forjar un nuevo imaginario colectivo incluyente, solidario y participativo. Un imaginario donde vuelvan a tener cabida los conceptos de cooperación, solidaridad, bien común, reparto, etc., ideas hoy día rechazadas por el pensamiento dominante. 

 

Esta contra-hegemonía ideológica necesita marcos nuevos de conceptualización, que deben emanciparnos de las ideas que hasta ahora nos han dominado, y que han sido difundidas a través de todos los poderes fácticos del régimen: Iglesia, Estado, Ejército, banca privada, medios de comunicación, etc. Hay que comenzar a difundir nuevos idearios, pensando y recreando una nueva cosmovisión ideológica antagonista a la que hoy día domina la mente de muchas personas. Para ello necesitamos voluntarios de los frentes de lucha que se han venido abriendo durante estos últimos años, las famosas Mareas, porque cada una de ellas disputa una faceta del nuevo modelo de país que queremos, y entre todas ayudan a proyectar el tipo de sociedad al que pretendemos evolucionar. El Proceso Constituyente debe ser la argamasa, el pegamento que proporcione el contexto integral donde todas esas luchas, modelos e imaginarios se desenvuelven y se proyectan. Hasta ahora, las luchas de los diferentes colectivos afectados por las injusticias del régimen (las mujeres, los trabajadores y trabajadoras, los pensionistas, los estudiantes, los dependientes, los parados, etc.) han sido dispersas, independientes, autónomas, pero el Proceso Constituyente debe abordarlas al unísono, debe plasmarlas en un sólo objetivo común, debe proyectarlas para hilvanar de manera colectiva el futuro del país. Porque como decíamos, a partir de la dictadura franquista nos impusieron a sangre y fuego un modelo de "su" España, un modelo excluyente, uninacional, antidemocrático y antisocial, que monopolizó el sentimiento nacional, que se apropió del concepto de "patria" de una forma obscena y autoritaria, y que impuso sus símbolos de identidad por la fuerza de las armas. 

 

Ese fue su modelo de país. Un país violento e inculto, un país de charanga que veneraba a Cristos y Vírgenes por doquier, que esclavizaba a la mujer y a la clase trabajadora, y que extirpaba de las mentes republicanas "el gen marxista". Aún nos movemos bajo esos mimbres. Porque esta identificación de la idea de "España" con la derecha es utilizada para esconder cuestiones de clase, utilizando el burdo patrioterismo para "salir todos juntos de la crisis" (o ramplonas frases por el estilo). La derecha ha sabido hacer bien su trabajo, y la izquierda lo ha hecho muy mal, casi autodestruyéndose. Pero las ideas no se destruyen. Las ideas se recuperan, y desde gobernantes valientes, se pueden volver a implementar, como ya se estaba haciendo durante la II República, que por ello fue violentamente abortada. Dentro de esta cosmovisión ideológica se nos ha inoculado una idea de patria equivocada (que alude a los instintos y sentimientos más bajos, en vez de acudir a la solidaridad y a la justicia social para toda la población) y una idea de España única e indivisible, en la que los pueblos históricos y naciones de nuestro Estado deben ser sometidas a su vecindad por la fuerza. Y así hemos llegado a los tiempos actuales, en pleno siglo XXI, con esta idea predominante de España, donde sus símbolos representan al antiguo régimen (el que abortó por la fuerza el modelo republicano), al nacional-catolicismo, a la oligarquía, a la opresión y al caudillaje. Pero esta no es la España que queremos. Es justo lo que el Proceso Constitueynte debe debatir. Esa es la España que se nos ha impuesto hasta ahora, antes bajo un sistema fascista y dictatorial y ahora mediante un sistema disfrazado de democrático, pero ausente de esta característica. Como afirma Alejandro Martínez: "La suya es la España de la Inquisición, la que luce banderola y evade impuestos, la que vende la soberanía energética, alimentaria, política, económica y militar a la Troika, a la UE, a los mercados, al capital y nos subordina a la OTAN. La que pisotea los derechos nacionales y la cultura de los pueblos de España". El Proceso Constituyente debe poner en solfa todo eso. Continuaremos en siguientes entregas.

 

Viñeta: Daniel Murphy

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