Cuando el Gobierno aparca los principios y da paso a las prioridades

 

 

 

Como alguien dijo un día, “exceso de información asfixia la información”, y cuanto más leo los periódicos, escucho los informativos a la radio o veo los telediarios, me produce un efecto similar al que me produciría la ingestión de una grasienta e inconsiderada exquisitez culinaria. Además, lo problemático de ese exceso de información, no se debe a la amplitud de los temas abarcados –si así fuese podríamos aceptarlo– pero al carácter machacón y dirigido de los pocos temas abarcados que podríamos calificar sin duda alguna de mantras. Un buen ejemplo de lo que quiero decir es el embrollo de la venta de las bombas a Arabia Saudí.

 

 

 

“O bombas o trabajo”, nos sacudía Pepa Bueno por la mañana al desayuno; añadiendo en tono socarrón, por lo menos eso me ha parecido, “es la cruda realidad, la diferencia entre la política deseada y la política real”. Como si la única alternativa para la plantilla de Navantia es aceptar el envío de artefactos asesinos a una dictadura sanguinaria para que pueda seguir masacrando a la población yemenita. Hay que decir que desgraciadamente Pepa no es la única a enfocar el tema desde esa perspectiva, día tras otro, y con el mismo ahínco, y es precisamente eso lo que lo convierte en mantra.

 

 

 

Al fin y al cabo las veleidades de los que entonces, e incluso actualmente, se las daban de humanistas progres, de adalides del pacifismo o exhibidores de la miseria y desgracias para sacarnos una lágrima, ni se han planteado ser atados a un mástil, como Ulises, para resistir a la llamada de las sirenas. Los saudís no necesitaron utilizar gigantescas inversiones para comprarlos, con 1.800 millones de euros lo lograron sin dificultad. Aparquemos los principios, dejemos paso a las prioridades.

 

 

 

Que un gobierno al mando del Estado, con la totalidad de su aparato a disposición, no supla un contratiempo de tal índole, no es que sea incapaz o no pueda hacerlo, es que no quiere. En ciertas circunstancias los Estados no necesitan meses para reorientar la producción de una factoría. En vísperas y durante la Segunda Guerra Mundial, factorías contando decenas de miles de personas en sus plantillas, como Renault o Citroën, han pasado de la fabricación de coches a la de material bélico y de material bélico a la fabricación de coches al final de la guerra, en un abrir y cerrar de ojos.  

 

 

 

No me parece que todas las necesidades en materia de construcción naval civil estén cubiertas. Entre los navíos mercantes que surcan los mares de un lado para otro sin discontinuar, hay verdaderos ataúdes flotantes. Un peligro no solo para los tripulantes pero para el conjunto de la población mundial. Obligar los ricos armadores a renovar su flota no sería una política inepta por parte del gobierno. Como tampoco lo sería cubrir las necesidades navieras  públicas, faltan buques de salvamento marítimo, buques para luchar  contra la contaminación marítima o buques científicos, por ejemplo.

 

 

 

En cuanto a la clase trabajadora, no debemos olvidar que los intereses de los líderes de la industria armamentística –como la de no importa que líder capitalista– son exclusivamente lucrativos, importándoles un pepino todo lo demás. Aceptar e incluso hacer suya la defensa de la industria armamentística, so pretexto de salvaguardar puestos de trabajo, es equivalente a aceptar las imposiciones dictatoriales de la patronal cuando ponen en un lado de la báscula la aceptación de cualquier deterioro en nuestras condiciones de trabajo y del otro el cierre de la empresa. No debemos aceptar tales chantajes.

 

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